<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777</id><updated>2011-11-27T23:39:55.160Z</updated><category term='El guardavías (Charles Dickens)'/><category term='El horror de Dunwich (Lovecraft)'/><category term='El color que cayó del cielo (H.P. Lovecraft)'/><category term='El Horla (Guy de Maupassant)'/><category term='El Extraño (Lovecraft)'/><category term='Un expreso del futuro (Julio Verne)'/><category term='La casa del juez (Bram Stoker)'/><category term='El gato negro (Edgar Allan Poe)'/><category term='La Balsa (Stephen King)'/><category term='Barba Azul (Charles Perrault)'/><category term='El Enemigo (Chejov)'/><category term='El Convenio de sir Dominick (Joseph Sheridan Le Fanu)'/><category term='Espanto en las alturas (Arthur Conan Doyle)'/><category term='Los Ojos Verdes (Bécquer)'/><category term='Un Destripador de Antaño (Emilia Pardo Bazán)'/><category term='El Miserere (G.A. Bécquer)'/><category term='La pata de mono (W.W. Jacobs)'/><category term='El fantasma de Canterville(OscarWilde)'/><category term='Medium (Pio Baroja)'/><category term='El Demonio de la Perversidad (E.A. Poe)'/><category term='Casa tomada ( Julio Cortázar)'/><category term='El monte de las ánimas (Bécquer)'/><category term='La mujer negra o una antigua capilla de templario (José Zorrilla)'/><category term='El alquimista (H.P. Lovecraft)'/><category term='Creed en Dios (G.A.Bécquer)'/><category term='Frritt-Flacc (Julio Verne)'/><category term='El corazón delator (Edgar A. Poe)'/><category term='Una tumba sin fondo (Ambrose Bierce)'/><category term='Vinum Sabbati (Arthur Machen)'/><category term='El Cuervo (Edgar Allan Poe)'/><category term='El miedo (Guy de Maupassant)'/><category term='El entierro prematuro (E.A.Poe)'/><category term='El huesped de Drácula (B.Stoker)'/><category term='El fantasma y el ensalmador (Joseph Sheridan Le Fanu)'/><category term='El clérigo malvado (Lovecraft)'/><title type='text'>Cuentos de miedo</title><subtitle type='html'>Una variada colección de cuentos de miedo, recopilada entre miles de relatos terroríficos de los más grandes autores de todos los tiempos</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>35</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-5030109385114188934</id><published>2009-03-20T03:10:00.000Z</published><updated>2009-03-20T03:11:47.130Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Una tumba sin fondo (Ambrose Bierce)'/><title type='text'>Una tumba sin fondo</title><content type='html'>Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para fabricar granos de café con arcilla; pero era un hombre honrado y no quiso involucrarse en la fabricación. Por esta razón era sólo moderadamente rico, pues las regalías de su muy valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar los gastos de los pleitos contra los bribones culpables de infracción.  Fue así que yo carecí de muchas de las ventajas que gozan los hijos de padres deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota (quien descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente mi educación), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela. Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le habían notificado la adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas de caudales por presión hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había declarado que era la más ingeniosa, efectiva y benemérita invención que él hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre previó una honrosa, próspera vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una profunda decepción. Mi madre, en cambio, cuyas piedad y resignación ante los designios del Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre fue alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de esta manera:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más desagradables incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que me resulta poco agradable. Les ruego que crean que yo no he tenido nada que ver en su ejecución. Desde luego -añadió después de una pausa en la que bajó sus ojos abatidos por un profundo pensamiento-, desde luego es mejor que esté muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dijo estas palabras como si fuera una verdad tan obvia e incontrovertible que ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su asombro pidiendo una explicación. Cuando cualquiera de nosotros se equivocaba en algo, el aire de sorpresa de mi madre nos resultaba terrible. Un día, cuando en un arranque de mal humor me tomé la libertad de cortarle la oreja al bebé, sus simples palabras: "¡John, me sorprendes!", fueron para mí una recriminación tan severa que al fin de una noche de insomnio, fui llorando hasta ella y, arrojándome a sus pies, exclamé: "¡Madre, perdóname por haberte sorprendido!" Así, ahora, todos -incluso el bebé de una sola oreja- sentimos que aceptar sin preguntas el hecho de que era mejor, en cierto modo, que nuestro querido padre estuviese muerto, provocaría menos fricciones. Mi madre continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Debo decirles, hijos míos, que en el caso de una repentina y misteriosa muerte, la ley exige que venga el médico forense, corte el cuerpo en pedazos y los someta a un grupo de hombres, quienes, después de inspeccionarlos, declaran a la persona muerta. Por hacer esto el forense recibe una gran suma de dinero. Deseo eludir tan penosa formalidad; eso es algo que nunca tuvo la aprobación de... de los restos. John -aquí mi madre volvió hacia mí su rostro angelical- tú eres un joven educado y muy discreto. Ahora tienes la oportunidad de demostrar tu gratitud por todos los sacrificios que nos impuso tu educación. John, ve y mata al forense.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inefablemente complacido por esta prueba de confianza de mi madre y por la oportunidad de distinguirme por medio de un acto que cuadraba con mi natural disposición, me arrodillé ante ella, llevé sus manos hasta mis labios y las bañé con lágrimas de emoción. Esa tarde, antes de las cinco, había eliminado al médico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De inmediato fui arrestado y arrojado a la cárcel. Allí pasé una noche muy incómoda: me fue imposible dormir a causa de la irreverencia de mis compañeros de celda, dos clérigos, a quienes la práctica teológica había dado abundantes ideas impías y un dominio absolutamente único del lenguaje blasfemo. Pero ya avanzada la mañana, el carcelero que dormía en el cuarto contiguo y a quien tampoco habían dejado dormir, entró en la celda y con un feroz juramento advirtió a los reverendos caballeros que, si oía una blasfemia más, su sagrada profesión no le impediría ponerlos en la calle. En consecuencia moderaron su objetable conversación sustituyéndola por un acordeón. Así, pude dormir el pacífico y refrescante sueño de la juventud y la inocencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente me condujeron ante el Juez Superior, un magistrado de sentencia, y se me sometió al examen preliminar. Alegué que no tenía culpa, y añadí que el hombre al que yo había asesinado era un notorio demócrata. (Mi bondadosa madre era republicana y desde mi temprana infancia fui cuidadosamente instruido por ella en los principios de gobierno honesto y en la necesidad de suprimir la oposición sediciosa.) El juez, elegido mediante una urna republicana de doble fondo, estaba visiblemente impresionado por la fuerza lógica de mi alegato y me ofreció un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Con el permiso de Su Excelencia -comenzó el Fiscal-, no considero necesario exponer ninguna prueba en este caso. Por la ley de la nación se sienta usted aquí como juez de sentencia y es su deber sentenciar. Tanto testimonio como argumentos implicarían la duda acerca de la decisión de Su Excelencia de cumplir con su deber jurado. Ese es todo mi caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi abogado, un hermano del médico forense fallecido, se levantó y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Con la venia de la Corte... mi docto amigo ha dejado tan bien y con tanta elocuencia establecida la ley imperante en este caso, que sólo me resta preguntar hasta dónde se la ha acatado. En verdad, Su Excelencia es un magistrado penal, y como tal es su deber sentenciar... ¿qué? Ese es un asunto que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su propio arbitrio, y sabiamente ya ha descargado usted cada una de las obligaciones que la ley impone. Desde que conozco a Su Excelencia no ha hecho otra cosa que sentenciar. Usted ha sentenciado por soborno, latrocinio, incendio premeditado, perjurio, adulterio, asesinato... cada crimen del código y cada exceso conocido por los sensuales y los depravados, incluyendo a mi docto amigo, el Fiscal. Usted ha cumplido con su deber de magistrado penal, y como no hay ninguna evidencia contra este joven meritorio, mi cliente, propongo que sea absuelto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se hizo un solemne silencio. El Juez se levantó, se puso la capa negra y, con voz temblorosa de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después, volviéndose hacia mi consejero, dijo fría pero significativamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo veré luego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido tan escrupulosamente contra el cargo de haber asesinado a su propio hermano -con quien había tenido una pelea por unas tierras- desapareció, y se desconoce su suerte hasta el día de hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entretanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido secretamente sepultado a medianoche en el patio de su último domicilio, con sus últimas botas puestas y el contenido de su fallecido estómago sin analizar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Él se oponía a cualquier ostentación -dijo mi querida madre mientras terminaba de apisonar la tierra y ayudaba a los niños a extender una capa de paja sobre la tierra removida-, sus instintos eran domésticos y amaba la vida tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pedido de sucesión de mi madre decía que ella tenía buenas razones para creer que el difunto estaba muerto, puesto que no había vuelto a comer a su casa desde hacía varios días; pero el Juez de la Corte del Cuervo -como siempre despreciativamente la llamó después- decidió que la prueba de muerte no era suficiente y puso el patrimonio en manos de un Administrador Público, que era su yerno. Se descubrió que el pasivo daba igual que el activo; sólo había quedado la patente de invención del dispositivo para forzar cajas de seguridad por presión hidráulica y en silencio, y ésta había pasado a ser propiedad legítima del Juez Testamentario y del Administrador Público, como mi querida madre prefería llamarlo. Así, en unos pocos meses, una acaudalada y respetable familia fue reducida de la prosperidad al delito; la necesidad nos obligó a trabajar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diversas consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación, etc., nos guiaban en la selección de nuestras ocupaciones. Mi madre abrió una selecta escuela privada para enseñar el arte de alterar las manchas sobre las alfombras de piel de leopardo; el mayor de mis hermanos, George Henry, a quien le gustaba la música, se convirtió en el corneta de un asilo para sordomudos de los alrededores; mi hermana Mary María, tomaba pedidos de Esencias de Picaportes del Profesor Pumpernickel, para sazonar aguas minerales, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. Los demás, demasiado jóvenes para trabajar, continuaron con el robo de pequeños artículos expuestos en las vidrieras de las tiendas, tal como se les había enseñado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En nuestros ratos de ocio atraíamos a nuestra casa a los viajeros y enterrábamos los cuerpos en un sótano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una parte de este sótano guardábamos vinos, licores y provisiones. De la rapidez con que desaparecían nos sobrevino la supersticiosa creencia de que los espíritus de las personas enterradas volvían a la noche y se daban un festín. Al menos era cierto que con frecuencia, de mañana, solíamos descubrir trozos de carnes adobadas, mercaderías envasadas y restos de comida ensuciando el lugar, a pesar de que había sido cerrado con llave y atrancado, previendo toda intromisión humana. Se propuso sacar las provisiones y almacenarlas en cualquier otro sitio, pero nuestra querida madre, siempre generosa y hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a ser descubiertos; si a los fantasmas les era negada esta insignificante gratificación, podrían promover una investigación que echaría por tierra nuestro esquema de la división del trabajo, desviando las energías de toda la familia hacia la simple industria a la cual yo me dedicaba: todos terminaríamos decorando las vigas de las horcas. Aceptamos su decisión con filial sumisión, que se debía a nuestro respeto por su sabiduría y la pureza de su carácter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche, mientras todos estábamos en el sótano -ninguno se atrevía a entrar solo- ocupados en la tarea de dispensar al alcalde de una ciudad vecina los solemnes oficios de la cristiana sepultura, mi madre y los niños pequeños sosteniendo cada uno una vela, mientras que George Henry y yo trabajábamos con la pala y el pico, mi hermana Mary María profirió un chillido y se cubrió los ojos con las manos. Estábamos todos sobrecogidos de espanto y las exequias del alcalde fueron suspendidas de inmediato, a la vez que, pálidos y con la voz temblorosa, le rogamos que nos dijera qué cosa la había alarmado. Los niños más pequeños temblaban tanto que sostenían las velas con escasa firmeza, y las ondulantes sombras de nuestras figuras danzaban sobre las paredes con movimientos toscos y grotescos que adoptaban las más pavorosas actitudes. La cara del hombre muerto, ora fulgurando horriblemente en la luz, ora extinguiéndose a través de alguna fluctuante sombra, parecía adoptar cada vez una nueva y más imponente expresión, una amenaza aún más maligna. Más asustadas que nosotros por el grito de la niña, las ratas echaron a correr en multitudes por el lugar, lanzando penetrantes chillidos, o con sus ojos fijos estrellando la oscura opacidad de algún distante rincón, meros puntos de luz verde haciendo juego con la pálida fosforescencia de la podredumbre que llenaba la tumba a medio cavar y que parecía la manifestación visible de un leve olor a moribundo que corrompía el aire insalubre. Ahora los niños sollozaban y se pegaban a las piernas de sus mayores, dejando caer sus velas, y nosotros estábamos a punto de ser abandonados a la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra que fluía despaciosamente por encima de la tierra revuelta e inundaba los bordes de la tumba como una fuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entretanto, mi hermana, arrodillada sobre la tierra extraída de la excavación, se había quitado las manos de la cara y estaba mirando con ojos dilatados en el interior de un oscuro espacio que había entre dos barriles de vino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Allí está! -Allí está! -chilló, señalando- ¡Dios del cielo! ¿No pueden verlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y realmente estaba allí: una figura humana apenas discernible en las tinieblas; una figura que se balanceaba de un costado a otro como si se fuera a caer, agarrándose a los barriles de vino para sostenerse; dio un paso hacia adelante, tambaleándose y, por un momento, apareció a la luz de lo que quedaba de nuestras velas; luego se irguió pesadamente y cayó postrada en tierra. En ese momento todos habíamos reconocido la figura, la cara y el porte de nuestro padre. ¡Muerto estos diez meses y enterrado por nuestras propias manos! ¡Nuestro padre, sin duda, resucitado y horriblemente borracho!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los incidentes ocurridos durante la fuga precipitada de ese terrible lugar; en la aniquilación de todo humano sentimiento en ese tumultuoso, loco apretujarse por la húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, derribándose y trepando uno sobre la espalda del otro, las luces extinguidas, los bebés pisoteados por sus robustos hermanos y arrojados de vuelta a la muerte por un brazo maternal; en todo esto no me atrevo a pensar. Mi madre, mi hermano y mi hermana mayores y yo escapamos; los otros quedaron abajo, para morir de sus heridas o de su terror; algunos, quizá, por las llamas, puesto que en una hora, nosotros cuatro, juntando apresuradamente el poco dinero y las joyas que teníamos, y la ropa que podíamos llevar, incendiamos la casa y huimos bajo la luz de las llamas, hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro, y mi querida madre dijo en su lecho de muerte, años después en una tierra lejana, que ése había sido el único pecado de omisión que quedaba sobre su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró que, bajo tales circunstancias, el Cielo le perdonaría su descuido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca de diez años después de nuestra desaparición de los escenarios de mi infancia, yo, entonces un próspero falsificador, regresé disfrazado al lugar con la intención de recuperar algo de nuestro tesoro, que había sido enterrado en el sótano. Debo decir que no tuve éxito: el descubrimiento de muchos huesos humanos en las ruinas obligó a las autoridades a excavar por más. Encontraron el tesoro y lo guardaron. La casa no fue reconstruida; todo el vecindario era una desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos extraterrenos habían sido denunciados desde entonces, que nadie quería vivir allí. Como no había a quien preguntar o molestar, decidí gratificar mi piedad filial con la contemplación, una vez más, de la cara de mi bienamado padre, si era cierto que nuestros ojos nos habían engañado y estaba todavía en su tumba. Recordaba además que él siempre había usado un enorme anillo de diamante, y yo como no lo había visto ni había oído nada acerca de él desde su muerte, tenía razones como para pensar que debió haber sido enterrado con el anillo puesto. Procurándome una pala, rápidamente localicé la tumba en lo que había sido el patio de mi casa, y comencé a cavar. Cuando hube alcanzado cerca de cuatro pies de profundidad, la tumba se desfondó y me precipité a un gran desagüe, cayendo por el largo agujero de su desmoronado codo. No había ni cadáver ni rastro alguno de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imposibilitado para salir de la excavación, me arrastré por el desagüe, quité con cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de ennegrecida mampostería que lo obstaculizaba, y salí por lo que había sido aquel funesto sótano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa que fuera lo que le había provocado esa descompostura durante la cena (y pienso que mi santa madre hubiera podido arrojar algo de luz sobre ese asunto) había sido, indudablemente, enterrado vivo. La tumba se había excavado accidentalmente sobre el olvidado desagüe hasta el recodo del caño, y como no utilizamos ataúd, en sus esfuerzos por sobrevivir había roto la podrida mampostería y caído a través de ella, escapando finalmente hacia el interior del sótano. Sintiendo que no era bienvenido en su propia casa, pero sin tener otra, había vivido en reclusión subterránea como testigo de nuestro ahorro y como pensionista de nuestra providencia. Él era quien se comía nuestra comida; él quien se bebía nuestro vino; no era mejor que un ladrón. En un instante de intoxicación y sintiendo, sin duda, necesidad de compañía, que es el único vínculo afín entre un borracho y su raza, abandonó el lugar de su escondite en un momento extrañamente inoportuno, acarreando deplorables consecuencias a aquellos más cercanos y queridos. Un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-5030109385114188934?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/5030109385114188934/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=5030109385114188934' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5030109385114188934'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5030109385114188934'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2009/03/una-tumba-sin-fondo.html' title='Una tumba sin fondo'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-8397748930914092843</id><published>2009-01-03T04:03:00.000Z</published><updated>2009-01-03T04:05:17.286Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Convenio de sir Dominick (Joseph Sheridan Le Fanu)'/><title type='text'>El Convenio de sir Dominick</title><content type='html'>Así como los contratos de compra-venta y de alquiler están rigurosamente legislados, los pactos diabólicos tendrían que estar incluidos en la ley. Por ejemplo, el artículo primero enumeraría los elementos necesarios:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Viejo pergamino&lt;br /&gt;- Pluma&lt;br /&gt;- Aguja Esterilizada&lt;br /&gt;- ALMANAQUE PERPETUO...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los primeros días del otoño de 1838 un asunto de negocios me llevó al sur de Irlanda. El tiempo era agradable, el lugar y la gente me eran nuevos. Alquilé un caballo en una taberna y envié mi equipaje con un sirviente a bordo de una diligencia de correo y luego, con la curiosidad de un explorador, inicié un recorrido de 25 millas a caballo, por caminos inhóspitos, hasta llegar a mi destino. Atravesé pantanos, colinas, planicies y castillos en ruinas, siempre bajo un consistente viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inicié la marcha tarde, y habiendo hecho poco menos de la mitad del camino, ya estaba pensando en hacer un alto en el próximo lugar conveniente, para que descansase el caballo y se alimentase, y también para hacerme de algunas provisiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran cerca de las cuatro cuando el camino, que ascendía gradualmente, se desvió a través de un desfiladero entre la abrupta terminación de unas montañas a mi izquierda, y una colina que se elevaba a mi derecha. Abajo se erguía una precaria villa bajo una larga línea de gigantescos árboles de hayas, cuyas ramas cobijaban a pequeñas chimeneas que emitían sus respectivas columnas de humo. A mi izquierda, separadas por millas, ascendiendo el cordón montañoso antes nombrado, había un bosque salvaje, cuyos follajes y helechos terminaban en las rocas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A medida que descendía, el camino daba algunas curvas, siempre teniendo a mi izquierda el paredón de piedra gris, cubierto aquí y allá con hiedra. Y al acercarme a la villa, a través de sendas en el bosque, pude ver el largo murallón de una vieja y ruinosa casa ubicada entre los árboles, a medio camino entre el pintoresco paisaje montañoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La soledad y la melancolía de esa ruina picó mi curiosidad, y una vez que hube llegado a la posada de St. Columbkill, habiendo puesto a descansar a mi caballo y permitiéndome a mí mismo una buena comida, comencé a pensar nuevamente en el bosque y la casa ruinosa, resolviendo dar luego un paseo por aquellas soledades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nombre del lugar, supe, era Dunoran; y luego de traspasar el portón de entrada a la propiedad, inicié un paseo por la dilapidada mansión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una larga senda en la que sobresalían muchas ligustrinas, me llevó, luego de algunas curvas y recodos, a la vieja casona, bajo la sombra de los árboles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino traspasaba una hondonada recubierta de malezas, pequeños árboles y arbustos, y la silente casa tenía su puerta principal abierta hacia esta oscura cañada. Más allá se extendían robustos árboles por entre la casa, en sus desiertos parques y establos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entré y vagué por todos lados, viendo ortigas y ligustrinas a través de los pasillos; de cuarto en cuarto los cielorrasos estaban caídos, y por aquí y por allá había vigas oscuras y raídas, con zarcillos de hiedra por todos lados. Las paredes altas, con el yeso picado, estaban manchadas y enmohecidas. Las ventanas estaban opacadas por la hiedra y, cerca de la gran chimenea unos grajos, especie de pequeños cuervos, revoloteaban mientras que de los árboles que cubrían la cañada, desde el otro lado, se escuchaban los graznidos de sus pichones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, mientras caminaba por entre aquellos melancólicos pasillos, mirando solo en las habitaciones cuyos entarimados no estaban hundidos (circunstancia que hacía de mi exploración una actividad peligrosa), comencé a preguntarme por qué una casa tan grande, en el medio de tan pintoresco paisaje, se había permitido decaer; soñé con la hospitalidad de quienes mucho tiempo antes fueran sus dueños, e imaginé la escena de fiestas y francachelas que se habría visto en medianoche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gran escalera era de roble, y había aguantado maravillosamente el tiempo. Me senté en sus escalones pensando vagamente en la transitoriedad de todas las cosas bajo el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Excepto por el ronco y distante clamor de los pichones, apenas perceptible desde donde yo me encontraba sentado, ningún sonido quebraba la profunda quietud del lugar. Raras veces había experimentado tal sentimiento de soledad. No había viento; ni siquiera el crepitar de una hoja marchita a través del pasillo. Todo era opresivo. Los altos árboles que se erguían alrededor de la casa la oscurecían y añadían algo de terror a la melancolía del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento, cercano a mí, escuché con desagradable sorpresa una voz muy particular, que repitió estas palabras:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Comida para los gusanos, muerta y podrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había una pequeña ventana en la pared, y a través de su oscuro hueco vi, casi entre las sombras, la forma difusa de un hombre, sentado y bamboleando su pie. Me miraba fijo y reía cínicamente; antes de que pudiera recuperarme de la sorpresa, repitió este dicho:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si la muerte fuera una cosa que con dinero se pudiese evitar, los ricos vivirían y los pobres habrían de morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Fue una gran casa, señor -continuó- la Casa Dunoran, de los Sarsfield. Sir Dominick Sarsfield fue el último de su familia. Perdió la vida a no más de seis pies de distancia de donde usted está sentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras decía esto, saltó con un leve brinco al piso. Tenía el rostro oscuro, rasgos afilados, un poco encorvado. Tenía un bastón para caminar con el cual señaló a un punto en la pared. Una mancha en el yeso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ve usted la marca, señor? -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -respondí, al tiempo que me paraba y miraba con curiosa anticipación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está a unos siete u ocho pies del piso, señor, y usted no adivinará de qué proviene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me temo que no -dije- supongo que es una mancha de humedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada de eso, señor -respondió con la misma sonrisa cínica, aún apuntando al manchón con su bastón-. Es un manchón de sesos y sangre. Está ahí desde hace más de cien años; y nunca se irá mientras la pared esté en pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entonces, ¿fue asesinado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Peor que eso, señor -respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Tal vez se suicidó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Peor que eso, señor. Soy más viejo de lo que parezco, señor; usted no podrá adivinar mis años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se quedó en silencio, mirándome, como invitándome a una conjetura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, yo diría que usted tiene unos cincuenta y cinco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rió, tomó una pizca de rapé y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cumplí setenta hace poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le doy mi palabra que no lo aparenta; aún no lo puedo creer. ¿Usted no recuerda la muerte de sir Dominick Sarsfield? -dije, mirando la ominosa mancha de la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, señor, eso ocurrió mucho antes de que yo naciera. Pero mi abuelo fue mayordomo aquí y muchas veces escuché de su boca el relato de la muerte de sir Dominick. No hubo mayordomo en la casa desde que ocurrió aquello, pero hubo dos sirvientes que la mantuvieron, y mi tía fue una de ellas. Ella me crió aquí hasta que tuve 9 años, hasta que se marchó a Dublín, desde ese momento todo comenzó a decaer. El viento fue despojando el tejado y la lluvia pudrió el maderamen. Poco a poco, a través de estos sesenta años, la casa se fue convirtiendo en esto que hoy ve usted. Pero yo aún tengo cierto afecto por el lugar, por los viejos tiempos. Nunca vengo por aquí, pero quise echar un vistazo. No pienso que esté viniendo muchas veces a ver la vieja casa, ya que estaré bajo el césped en no mucho tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted se mantiene joven -dije, y dejando este trivial tema, comenté-: No me sorprende que le guste este viejo lugar; es un bello lugar, con muchos árboles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Desearía que lo hubiera visto cuando las nueces estaban maduras; son las nueces más dulces de toda Irlanda, creo -contestó con un práctico sentido de lo pintoresco-. Usted se llenaría los bolsillos mientras lo recorría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Este es un bosque muy antiguo -comenté-. No he visto ninguno más hermoso en toda Irlanda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eiah! Usía, todas las montañas de por aquí ya tenían bosques cuando mi padre era mozo, y Murroa Wood era el más grande de todos. La mayoría eran robles, y hoy han sido en gran parte talados. Ni uno quedó que se pueda comparar con los de aquellos tiempos. ¿Qué camino tomó, usía, para llegar hasta aquí? ¿Vino desde Limerick?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No. Killaloe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, entonces pasó por el lugar donde estaba en los viejos tiempos el Murroa Wood. Fue cerca de allí que sir Dominick Sarsfield se encontró por primera vez con el Diablo, el Señor nos libre, y este fue un mal encuentro para él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había tomado interés en esta aventura que había tenido lugar en el mismo marco que ahora me atraía tanto; y mi nuevo conocido, el pequeño encorvado, estaba bien dispuesto a narrarme la historia. Y comenzando a hablar, pronto nos sentamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cuando sir Dominick estaba aquí, la propiedad estaba esplendorosa; y aquí tenían lugar grandes fiestas, había música y se le daba la bienvenida a todos aquellos que se acercaban. Había vino de tonel de clase, comida caliente, como para incendiar una ciudad, y cerveza y sidra, como para hacer flotar un buque. Esto duraba casi todo el mes, hasta que el tiempo y la lluvia estropeaban las diversiones de nuestras danzas. Por esa época comenzaba la feria de Allybally Killudeen, distrayéndonos con sus diversiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Pero sir Dominick sólo estaba comenzando, y no le había quedado método por intentar que lo llevase a deshacerse de su fortuna (bebida, dados, carreras, naipes y todo tipo de azares), con lo que no pasaron muchos años para que se viera en deuda y se convirtiera en un hombre muy desgraciado. Al mundo exterior mostró, mientras pudo, como que no ocurría nada. Luego vendió todos sus perros y luego fueron casi todos los caballos. Con eso se marchó a Francia, y nadie escuchó nada de él durante algo así como dos o tres años. Hasta que al final, muy inesperadamente, una noche se escuchó un golpe en la gran ventana de la cocina. Eran pasadas las diez y el viejo Connor Hanlon, mi abuelo el mayordomo, estaba sentado al lado del fuego, solo, calentándose. Soplaba un viento fuerte por las montañas, y silbaba a través de la copa de los árboles y hacía un ruido triste a través de la gran chimenea."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El narrador miró fijo a la más cercana chimenea, visible desde su asiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como no estaba seguro acerca del golpe en la ventana, se levantó y vio el rostro de su patrón. Mi abuelo se alegró de verlo bien, ya que hacía bastante tiempo que no tenía noticias de él; pero al mismo tiempo estaba triste porque habían cambiado las cosas y sólo estaban a cargo de la casa el viejo Juggy Broadrick y mi abuelo mismo, habiendo apenas un hombre en el establo, y era cosa muy lamentable volver a la propia casa en tal estado. Él le dio la mano a Connor y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Vine aquí para hablarle. Dejé mi caballo con Dick en el establo; si no lo vuelvo a buscar antes del amanecer, quiere decir que jamás lo volveré a utilizar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Dicho esto, fue a la gran cocina y tomó un taburete, donde se sentó para tomar un poco de calor del fuego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Siéntate, Connor, frente a mí, y escucha lo que voy a contar, y no temas decir lo que pienses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Habló todo el tiempo mirando al fuego, con sus manos extendidas. Se veía muy cansado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Y por qué habría de temer, amo Dominick? -preguntó mi abuelo-. Usted ha sido un buen amo para mí, lo mismo que su padre, que su alma descanse en paz, antes de usted. Y soy sincero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Todo terminó para mí, Con -dijo sir Dominick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¡Dios no lo permita! -dijo mi abuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Reza por ello -dijo sir Dominick-. Perdí mi última moneda; sólo queda esta vieja casa. Debo venderla y he venido, sin saber bien por qué, a dar un último vistazo y luego marcharme hacia la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Con, dicen que el Diablo te da dinero durante la noche que al otro día se convierte en guijarros, astillas y cáscaras de nuez. Si juega limpio, creo que podré hacer negocios con él esta noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¡Dios no lo permita! -dijo mi abuelo, con un sobresalto, mientras se santiguaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¡Cómo pasa el tiempo! ¿Cuánto tiempo pasó desde que el capitán Waller lidió conmigo por la joya en New Castle?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-'Seis años, amo Dominick, y con el primer disparo le rompió la pierna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Lo hice, Con -dijo él- y ahora desearía que, en cambio, él me hubiera atravesado el corazón. ¿Tienes un whisky?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Mi abuelo tomó una botella de un aparador y sir Dominick lo sirvió en una copa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Saldré para echar un vistazo a mi caballo -dijo, levantándose y enfundándose con su capa, y con la mirada fija como si estuviese pensando en algo malo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"No tardaré más que un minuto en ir al establo y mirar el caballo por usted, señor -dijo mi abuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-No iba a ir al establo -dijo sir Dominick-; puedo decirte la verdad, ya que lo sabrás tarde o temprano. Iba a ir a través del bosque; si vuelvo me verás en no más de una hora. De cualquier manera, no sería bueno que me siguieras, ya que si lo haces te dispararía y sería un mal fin para nuestra amistad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Dicho esto, caminó por este pasillo de ahí. Abrió la puerta y salió hacia la espesura bajo la luz de la luna y el viento frío. Mi abuelo lo vio caminar a través del bosque, hasta que entró y cerró la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Sir Dominick se detuvo para pensar cuando se encontró en el medio del bosque. No se había dado cuenta cuando dejó la casa, pero el whisky no le había aclarado la mente, tan solo le había dado coraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Ya no sentía el viento, no temía a la muerte, ni pensaba en nada más que en la vergüenza y la caída de su familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"De pronto no le vino mejor idea que seguir caminando hasta Murroa Wood, en donde podía subirse a uno de los robles para colgarse con su pañuelo de una de las ramas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Era una brillante noche de luna llena, tan solo había una pequeña nube que de cuando en cuando ocultaba al satélite que, sin embargo, daba tanta luz como si fuera día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Marchó hacia el bosque de Murroa, iba tan rápido que cada uno de sus pasos equivalía a tres normales. No tardó mucho tiempo en llegar al lugar en que los robles extendían sus sarmentosas raíces y sus ramas como si fueran los maderos de un techo, dejando filtrar, empero, algo de la luz lunar, y provocando unas sombras gruesas y tan espesas como la suela de mi zapato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Ya estaba volviendo a su sobriedad, y comenzaba a afloja su paso, pensando que sería mejor enlistarse en el ejército del Rey de Francia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"En ese momento, cuando había resuelto para sí mismo no quitarse la vida, fue que comenzó a escuchar un leve tintineo a través del bosque y, de pronto, vio a un gran caballero justo enfrente suyo, que venía caminando por ese mismo lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Era joven, tal como él, y vestía un sombrero ladeado, con un listón dorado a su alrededor, como el de un oficial, y una indumentaria como la que en algunas ocasiones vestían los oficiales franceses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Los dos caballeros se quitaron sus respectivos sombreros, y el extraño dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Estoy reclutando, señor -dijo él- para mi soberano, y usted se dará cuenta de que mi dinero no se convertirá en guijarros, astillas y cáscaras de nuez a la mañana siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Al mismo tiempo sacó una gran bolsa repleta de oro; sir Dominick sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-No tema -dijo el extraño- el dinero no te consumirá. Si pruebas ser honesto y si esto prospera contigo, desearía proponerte un pacto. Hoy estamos a último día de febrero -continuó- te serviré durante siete años exactos, y al término de los mismos tú me servirás a mí. Volveré a buscarte cuando el séptimo año se cumpla, cuando el reloj surque el minuto entre febrero y marzo. Tú no me verás como un mal amo, ni tampoco como un mal sirviente. Amo mis propiedades; y ordeno todos los placeres y glorias del mundo. El contrato se iniciará hoy, y el arriendo se cumplirá en la medianoche del último día nombrado; y en el año de -me dijo el año, pero ciertamente lo olvidé- y si tú prefieres esperar para ver el progreso antes de firmar, tendrás un plazo de ocho meses y 28 días. Pero en este lapso no puedo hacer gran cosa por ti; y si llegado el día no quieres firmar, todo lo que te otorgué se desvanecerá, y te encontrarás tal y como esta noche, listo para colgarte del primer árbol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Bien, sir Dominick eligió esperar, y regresó a la casa con la bolsa llena de oro, tan redonda como su sombrero. Mi abuelo se alegró de ver a su amo seguro y regresando tan pronto. Llamó nuevamente por la cocina y dejó caer la bolsa sobre la mesa. Se quedó parado y moviendo los hombros, como si hubiera estado cargando un gran peso sobre ellos; miró la bolsa y mi abuelo lo miró a él, y de él a la bolsa y nuevamente a él. Sir Dominick se veía pálido como una hoja de papel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-No lo se, Con, ¿qué habrá dentro? Es la carga más pesada que jamás acarreé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Se mostró tímido para abrirla y antes de hacerlo hizo que mi abuelo avivara el fuego de la chimenea. Una vez abierta, vieron que la bolsa estaba repleta de monedas de oro, nuevas y brillosas, como si fueran recién salida de la casa de la moneda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Sir Dominick hizo que mi abuelo se sentara a su lado mientras contaba cada una de las monedas de la bolsa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"No faltaba mucho para que rompiera el día cuando terminó de contar, y sir Dominick le hizo jurar a mi abuelo que no diría palabra de aquel asunto a nadie. Y él lo guardó en secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Cuando el plazo de los ocho meses y veintiocho días estaba cerca de expirar, sir Dominick regresó muy preocupado a esta casa. No sabía bien qué hacer. Nadie más que mi abuelo sabía algo sobre el tema, y no conocía ni la mitad de lo que había pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"A medida que se acercaba el final del mes de octubre, sir Dominick se iba angustiando cada vez más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Una vez que pudo tranquilizarse pensando que no tendría que decir más nada sobre el asunto, ni hablar nuevamente con aquel que conociera en el bosque de Murroa, las deudas volvieron a hacer palpitar su corazón. Sólo unas semanas antes de la expiración del plazo, todo comenzó a andar mal. Un hombre le escribió desde Londres para decir que sir Dominick había pagado trescientas libras al hombre equivocado, y que debería pagar de nuevo; otro reclamaba una deuda de la que nunca antes había oído nada; y otro más, en Dublín, negaba el pago de una gran deuda, y sir Dominick no tenía idea de dónde había puesto los recibos. Por la misma fecha tuvo una cincuentena de reclamos similares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Una vez que llegó la noche del 28 de octubre, estaba por volverse loco con la cantidad de reclamos que le llegaban de todos lados. Sólo veía como salida el recurrir a su terrible amigo, aquel a quien había conocido aquella noche en el bosque de aquí cerca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Así que decidió marchar para cumplimentar el asunto que ya había iniciado, a la misma hora que había ido la última vez. Se quitó el crucifijo que llevaba en torno al cuello, ya que era católico, y su pequeño evangelio, y se deshizo de la astilla de la Sagrada Cruz que guardaba en un relicario, ya que desde que había tomado dinero proveniente del El Maligno, había comenzado a sentir miedo, y se había hecho de diversos elementos para protegerse del poder del demonio. Pero esa noche no se atrevía a llevarlos consigo, así que se los dio en la mano a mi abuelo, sin decirle palabra, con el rostro tan blanco como el papel. Luego tomó su sombrero y espada y le dijo a mi abuelo que estuviera pendiente de su regreso para luego salir hacia el bosque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Era una noche tranquila, y la luna, no tan brillante como la primera noche, iluminaba el brezal y las rocas y caía sobre el solitario bosque de robles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Su corazón iba latiendo, a medida que se acercaba al lugar, con mayor fuerza. No había sonido alguno, ni siquiera el aullido distante del perro de la villa cercana. Si no fuera por sus deudas y pérdidas que lo estaban por volver loco y, a pesar del temor por su alma, esperanzas del paraíso y de todo lo que su buen ángel le susurraba al oído, se habría dado la vuelta, habría enviado por su clérigo para que le tomare la confesión y le diera una penitencia, para poder cambiar su camino hacia una buena vida, ya que había llegado al punto de aterrorizarse por el pacto que iba a realizar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Aligeró el paso hasta que llegó al mismo lugar bajo las grandes ramas del viejo roble. Se detuvo y se sintió tan frío como un muerto. Imagínese que no se sintió mucho mejor cuando vio venir al mismo hombre por detrás del gran árbol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Encontró que el dinero fue bueno -dijo éste- pero no fue suficiente. No importa, tendrás suficiente como para ahorrar. Te haré una sugerencia para que cada vez que necesites mi servicio, cada vez que desees verme, sólo tendrás que acudir a este lugar y recordar mi rostro en tu mente, y desear mi presencia. Ahora para fin de año ya no deberás ni un centavo, y nunca perderás a los naipes, siempre tendrás el mejor lanzamiento de dados y apostarás al caballo correcto. ¿Estás complacido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"La voz de sir Dominick casi se atenazaba en su garganta, pero emitió una o dos palabras que significaban su consentimiento. Y con esto El Maligno lo tocó con una aguja, invitándolo a escribir unas palabras que tenía que repetir y que sir Dominick no comprendió, sobre dos delgadas hojas de pergamino. Con una de ellas se quedó el caballero, y la otra se la entregó a sir Dominick, dándosela en la misma mano de la que había tomado su sangre. También le cerró la herida, ¡y esto es verdad, como que usted está ahí sentado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Bueno, sir Dominick regresó a casa. Estaba muy asustado. Pero poco a poco iba calmándose. En breve tiempo se vio librado de sus deudas. El dinero pronto le cayó en avalancha, y nunca hizo apuesta o tomó parte en juego de azar que no ganara; y por sobre todo, no hubo pobre en sus propiedades que no fuese menos feliz que sir Dominick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Él volvió a los viejos tiempos, cuando el dinero propiciaba que hubiera sabuesos, caballos y vino en abundancia, muchos invitados, diversiones y todo aquello que alegraba la gran casa. Y algunos dijeron que sir Dominick estaba pensando en casarse, en tanto otros decían que no. De cualquier modo, algo había que lo preocupaba más de lo común y una noche, sin que nadie lo supiera, marchó al bosque de robles. Mi abuelo pensó que sería algún problema con una joven y bella dama de la que estaba celoso y enamorado. Pero es sólo una suposición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Bien, sir Dominick se metió en el bosque, caminando y espantándose cada vez más a medida que se iba acercando al punto de encuentro; luego de un rato allí, se estaba por volver sobre sus pasos, cuando vio a quien había ido a ver, sentado sobre una gran roca, bajo uno de los árboles. En lugar de estar ataviado como un elegante caballero, con el listón dorado y la gran vestimenta, ahora estaba vestido con harapos y su estatura era del doble que antes. Su rostro estaba embadurnado de hollín y tenía un gran martillo metálico, que se veía tan pesado como cincuenta, con un mango de casi un metro de largo entre sus rodillas. Estaba tan oscuro que no le vio claramente por un largo rato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Se paró, vio que tenía un tamaño descomunal. Qué ocurrió entre ellos mi abuelo jamás escuchó, pero sir Dominick se empezó a volver un tipo melancólico, noche tras noche, y no reía por nada ni decía palabra alguna a nadie. Cada vez empeoraba más y se volvía más solitario. Y esa cosa, cualquiera que fuera, solía atacarle espontáneamente, algunas veces de una forma y otras veces de otra, podía ser en lugares solitarios o cuando regresaba cabalgando solo a casa. Al final se desesperó tanto que envió por el sacerdote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El cura estuvo con él por largo tiempo, y cuando hubo escuchado toda la historia se marchó rápidamente en busca del obispo, quien estuvo aquí al día siguiente, dándole un buen consejo a sir Dominick. Le dijo que debía cortar por lo sano con los dados, los juramentos y la bebida, y que debía deshacerse de las malas compañías, para vivir en la virtud hasta que se cumpliera el plazo de siete años. Y si el Diablo no venía por él durante el minuto posterior a las doce en punto del primero de marzo, él estaría a salvo del pacto. No faltaban más de ocho o diez meses para que se cumpliera el plazo de los siete años, y sir Dominick vivió todo ese tiempo de acuerdo al consejo del obispo, tan estrictamente como si estuviera en un retiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Bien, usted puede suponer que se sintió raro hasta que llegó la mañana del 28 de febrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El cura llegó ese día, y sir Dominick y el reverendo se encerraron juntos en el cuarto que usted ve ahí, donde estuvieron rezando hasta casi la medianoche y durante la siguiente hora. No hubo signos de desorden ni mayor disturbio, y el obispo durmió esa noche en la habitación contigua de sir Dominick, despertando confortable al otro día, estrechando sus manos y besándose como dos camaradas luego de una victoria en la guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Sir Dominick creyó que tendría una placentera velada, luego de todas sus abstinencias y oraciones, así que invitó a una docena de sus camaradas, incluidos el cura, a cenar con él, y hubo copas y un sinfín de vino, juramentos, dados, naipes, cantinelas y cuentos, pero nada bueno para escuchar, de manera que él sacerdote se marchó cuando vio el rumbo que habían tomado las cosas. No faltaba mucho para la medianoche cuando sir Dominick, sentado a la cabeza de su mesa, exclamó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¡Este es el mejor primero de marzo que jamás pasé con mis amigos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Pero si no estamos a primero de marzo -dijo el señor Hiffernan de Ballyvoreen. Era un hombre erudito y siempre tenía un almanaque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Qué día es entonces? -preguntó sir Dominick, pasmado, dejando caer una cuchara en el plato y mirándolo fijamente, como si tuviera dos cabezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Estamos a veintinueve de febrero, año bisiesto -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Y mientras hablaban de esto, el reloj anunció las doce de la noche; y mi abuelo, que estaba medio dormido en su silla junto a la chimenea del vestíbulo, abrió los ojos y vio a un caballero robusto y no muy alto, con una capa y un cabello muy largo y negro, que escapaba de su sombrero, parado en ese lugar donde se ve esa luz contra la pared."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi encorvado amigo apuntó con su bastón a una pequeña franja que iluminaba la luz del atardecer, que hacía un relieve sobre la profunda oscuridad del pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dile a tu amo -dijo él con una voz espantosa, como la del gruñido de una bestia- que estoy aquí por un contrato, y que lo esperaré durante un minuto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Mi abuelo subió por esas escaleras sobre las cuales usted está sentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Dile que aún no puedo bajar -dijo sir Dominick, y volviéndose a sus compañeros en el cuarto, les dijo, con un sudor frío en la frente-: Por el amor de Dios, caballeros, ¿alguno de ustedes podría saltar por la ventana e ir en busca del cura?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Todos se miraron entre sí, sin saber qué hacer, y en ese momento mi abuelo regresó diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-Señor, dice que, a no ser que baje, él subirá por usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-No comprendo esto, caballeros, veré que significa -dijo sir Dominick, al tiempo que recomponía su semblante y caminaba a través del cuarto, como un hombre condenado al que su verdugo espera fuera. Al bajar las escaleras, algunos de sus camaradas espiaron a través del pasamanos. Mi abuelo iba caminando seis u ocho escalones detrás suyo, y llegó a ver al extraño dar unas zancadas en dirección a sir Dominick. Lo tomó entre sus brazos e hizo girar su cabeza contra la pared. En ese momento las velas y los leños de las chimeneas se apagaron con un fuerte viento que recorrió todo el piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Los compañeros bajaron corriendo. Un golpe provino de la puerta principal. Algunos corrieron para arriba y otros para abajo, con faroles. Encontraron a sir Dominick. Alumbraron su cadáver y pusieron sus hombros contra la pared; pero no pudo decir ni media palabra, ya se había enfriado y se estaba poniendo tieso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Pat Donovan llegaba tarde esa noche. Luego que traspasó el pequeño arroyo, y que su carruaje se encaminó hacia la casa, faltando unos veinticinco metros para llegar, su perro, que estaba a su lado, dio un giro súbito y brincó, dando un aullido que se habrá escuchado a una milla a la redonda; en ese momento dos hombres pasaron a su lado en silencio, provenientes de la casa. Uno de ellos era pequeño y robusto y el otro como sir Dominick, pero sólo la forma, ya que como había muy poca luz bajo los árboles por donde pasaron, sólo se veían como sombras. Cuando pasaron por ahí, él no pudo escuchar sus pasos. Se asustó bastante y, cuando llegó a la casa, encontró a todos en una gran confusión, en torno al cadáver del dueño, con la cabeza en pedazos, yaciendo en aquel lugar."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El narrador se detuvo y me indicó con la punta de su bastón el sitio exacto en donde estaba el cuerpo de sir Dominick, y mientras miraba, las sombras iban oscureciendo el manchón rojizo, a medida que el sol se iba ocultando tras las distantes colinas de New Castle, dejando la fantasmagórica escena en el profundo gris de la penumbra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fin el narrador y yo partimos, no sin despedirnos con buenos deseos y una pequeña "propina" de mi parte que no fue mal venida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba oscuro y la luna brillaba en lo alto cuando llegué a la villa, monté mi caballo y di una última mirada al lugar de la terrible leyenda de Dunoran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-8397748930914092843?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/8397748930914092843/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=8397748930914092843' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/8397748930914092843'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/8397748930914092843'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2009/01/el-convenio-de-sir-dominick.html' title='El Convenio de sir Dominick'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-5798574594585477908</id><published>2008-11-24T02:12:00.000Z</published><updated>2008-11-24T02:13:49.917Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Un Destripador de Antaño (Emilia Pardo Bazán)'/><title type='text'>Un Destripador de Antaño (Historias y cuentos de Galicia)</title><content type='html'>La leyenda del «destripador», asesino medio sabio y medio brujo, es muy antigua en mi tierra. La oí en tiernos años, susurrada o salmodiada en terroríficas estrofas, quizá al borde de mi cuna, por la vieja criada, quizá en la cocina aldeana, en la tertulia de los gañanes, que la comentaban con estremecimientos de temor o risotadas oscuras. Volvió a aparecérseme, como fantasmagórica creación de Hoffmann, en las sombrías y retorcidas callejuelas de un pueblo que hasta hace poco permaneció teñido de colores medievales, lo mismo que si todavía hubiese peregrinos en el mundo y resonase aún bajo las bóvedas de la catedral el himno de Ultreja. Más tarde, el clamoreo de los periódicos, el pánico vil de la ignorante multitud, hacen surgir de nuevo en mi fantasía el cuento, trágico y ridículo como Quasimodo, jorobado con todas las jorobas que afean al ciego Terror y a la Superstición infame. Voy a contarlo. Entrad conmigo valerosamente en la zona de sombra del alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- I -&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un paisajista sería capaz de quedarse embelesado si viese aquel molino de la aldea de Tornelos. Caído en la vertiente de una montañuela, dábale alimento una represa que formaba lindo estanque natural, festoneado de canas y poas, puesto, como espejillo de mano sobre falda verde, encima del terciopelo de un prado donde crecían áureos ranúnculos y en otoño abrían sus corolas moradas y elegantes lirios. Al otro lado de la represa habían trillado sendero el pie del hombre y el casco de los asnos que iban y volvían cargados de sacas, a la venida con maíz, trigo y centeno en grano, al regreso, con harina oscura, blanca o amarillenta. ¡Y qué bien «componía», coronando el rústico molino y la pobre casuca de los molineros, el gran castaño de horizontales ramas y frondosa copa, cubierto en verano de pálida y desmelenada flor; en octubre de picantes y reventones erizos! ¡Cuán gallardo y majestuoso se perfilaba sobre la azulada cresta del monte, medio velado entre la cortina gris del humo que salía, no por la chimenea -pues no la tenía la casa del molinero, ni aun hoy la tienen muchas casas de aldeanos de Galicia-, sino por todas partes; puertas, ventanas, resquicios del tejado y grietas de las desmanteladas paredes!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El complemento del asunto -gentil, lleno de poesía, digno de que lo fijase un artista genial en algún cuadro idílico- era una niña como de trece a catorce años, que sacaba a pastar una vaca por aquellos ribazos siempre tan floridos y frescos, hasta en el rigor del estío, cuando el ganado languidece por falta de hierba. Minia encarnaba el tipo de la pastora: armonizaba con el fondo. En la aldea la llamaba roxa, pero en sentido de rubia, pues tenía el pelo del color del cerro que a veces hilaba, de un rubio pálido, lacio, que, a manera de vago reflejo lumínico, rodeaba la carita, algo tostada por el sol, oval y descolorida, donde sólo brillaban los ojos con un toque celeste, como el azul que a veces se entrevé al través de las brumas del montañés celaje. Minia cubría sus carnes con un refajo colorado, desteñido ya por el uso; recia camisa de estopa velaba su seno, mal desarrollado aún; iba descalza, y el pelito lo llevaba envedijado y revuelto y a veces mezclado -sin asomo de ofeliana coquetería- con briznas de paja o tallos de los que segaba para la vaca en los linderos de las heredades. Y así y todo, estaba bonita, bonita como un ángel, o, por mejor decir, como la patrona del santuario próximo, con la cual ofrecía -al decir de las gentes- singular parecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La célebre patrona, objeto de fervorosa devoción para los aldeanos de aquellos contornos, era un «cuerpo santo», traído de Roma por cierto industrioso gallego, especie de Gil Blas, que, habiendo llegado, por azares de la fortuna a servidor de un cardenal romano, no pidió otra recompensa, al terminar, por muerte de su amo, diez años de buenos y leales servicios, que la urna y efigie que adornaban el oratorio del cardenal. Diéronselas y las trajo a su aldea, no sin aparato. Con sus ahorrillos y alguna ayuda del arzobispo, elevó modesta capilla, que a los pocos años de su muerte las limosnas de los fieles, la súbita devoción despertada en muchas leguas a la redonda, transformaron en rico santuario, con su gran iglesia barroca y su buena vivienda para el santero, cargo que desde luego asumió el párroco, viniendo así a convertirse aquella olvidada parroquia de montaña en pingue canonjía. No era fácil averiguar con rigurosa exactitud histórica, ni apoyándose en documentos fehacientes e incontrovertibles, a quién habría pertenecido el huesecillo del cráneo humano incrustado en la cabeza de cera de la Santa. Solo un papel amarillento, escrito con letra menuda y firme y pegado en el fondo de la urna, afirmaba ser aquellas las reliquias de la bienaventurada Herminia, noble virgen que padeció martirio bajo Diocleciano. Inútil parece buscar en las actas de los mártires el nombre y género de muerte de la bienaventurada Herminia. Los aldeanos tampoco lo preguntaban, ni ganas de meterse en tales honduras. Para ellos, la Santa no era figura de cera, sino el mismo cuerpo incorrupto; del nombre germánico de la mártir hicieron el gracioso y familiar de Minia, y a fin de apropiárselo mejor, le añadieron el de la parroquia, llamándola Santa Minia de Tornelos. Poco les importaba a los devotos montañeses el cómo ni el cuándo de su Santa; veneraban en ella la Inocencia y el Martirio, el heroísmo de la debilidad; cosa sublime.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la rapaza del molino le habían puesto Minia en la pila bautismal, y todos los años, el día de la fiesta de su patrona, arrodillábase la chiquilla delante de la urna tan embelesada con la contemplación de la Santa, que ni acertaba a mover los labios rezando. La fascinaba la efigie, que para ella también era un cuerpo real, un verdadero cadáver. Ello es que la Santa estaba preciosa; preciosa y terrible a la vez. Representaba la cérea figura a una jovencita como de quince años, de perfectas facciones pálidas. Al través de sus párpados cerrados por la muerte, pero ligeramente revulsos por la contracción de la agonía, veíanse brillar los ojos de cristal con misterioso brillo. La boca, también entreabierta, tenía los labios lívidos, y transparecía el esmalte de la dentadura. La cabeza, inclinada sobre el almohadón de seda carmesí que cubría un encaje de oro ya deslucido, ostentaba encima del pelo rubio una corona de rosas de plata; y la postura permitía ver perfectamente la herida de la garganta, estudiada con clínica exactitud; las cortadas arterias, la laringe, la sangre, de la cual algunas gotas negreaban sobre el cuello. Vestía la Santa dalmática de brocado verde sobre túnica de tafetán color de caramelo, atavío más teatral que romano en el cual entraban como elemento ornamental bastantes lentejuelas e hilillos de oro. Sus manos, finísimamente modeladas y exangües, se cruzaban sobre la palma de su triunfo. Al través de los vidrios de la urna, al reflejo de los cirios, la polvorienta imagen y sus ropas, ajadas por el transcurso del tiempo, adquirían vida sobrenatural. Diríase que la herida iba a derramar sangre fresca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chiquilla volvía de la iglesia ensimismada y absorta. Era siempre de pocas palabras; pero un mes después de la fiesta patronal, difícilmente salía de su mutismo, ni se veía en sus labios la sonrisa, a no ser que los vecinos le dijesen que «se parecía mucho con la Santa».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los aldeanos no son blandos de corazón; al revés, suelen tenerlo tan duro y callado como las palmas de las manos; pero cuando no esta en juego su interés propio, poseen cierto instinto de justicia que los induce a tomar el partido del débil oprimido por el fuerte. Por eso miraban a Minia con profunda lástima. Huérfana de padre y madre, la chiquilla vivía con sus tíos. El padre de Minia era molinero, y se había muerto de intermitentes palúdicas, mal frecuente en los de su oficio; la madre le siguió al sepulcro, no arrebatada de pena, que en una aldeana sería extraño género de muerte, sino a poder de un dolor de costado que tomó saliendo sudorosa de cocer la hornada de maíz. Minia quedó solita a la edad de año y medio, recién destetada. Su tío, Juan Ramón -que se ganaba la vida trabajosamente en el oficio de albañil, pues no era amigo de labranza-, entró en el molino como en casa propia, y, encontrando la industria ya fundada, la clientela establecida, el negocio entretenido y cómodo, ascendió a molinero, que en la aldea es ascender a personaje. No tardó en ser su consorte la moza con quien tenía trato, y de quien poseía ya dos frutos de maldición: varón y hembra. Minia y estos retoños crecieron mezclados, sin más diferencia aparente sino que los chiquitines decían al molinero y a la molinera papai y mamai, mientras Minia, aunque nadie se lo hubiese enseñado, no los llamó nunca de otro modo que «señor tío» y «señora tía».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se estudiase a fondo la situación de la familia, se verían diferencias más graves. Minia vivía relegada a la condición de criada o moza de faena. No es decir que sus primos no trabajasen, porque el trabajo a nadie perdona en casa del labriego; pero las labores más viles, las tareas más duras, guardábanse para Minia. Su prima Melia, destinada por su madre a costurera, que es entre las campesinas profesión aristocrática, daba a la aguja en una sillita, y se divertía oyendo los requiebros bárbaros y las picardihuelas de los mozos y mozas que acudían al molino y se pasaban allí la noche en vela y broma, con notoria ventaja del diablo y no sin frecuente e ilegal acrecentamiento de nuestra especie. Minia era quien ayudaba a cargar el carro de tojo; la que, con sus manos diminutas, amasaba el pan; la que echaba de comer al becerro, al cerdo y a las gallinas; la que llevaba a pastar la vaca, y, encorvada y fatigosa, traía del monte el haz de leña, o del soto el saco de castañas, o el cesto de hierba del prado. Andrés, el mozuelo, no la ayudaba poco ni mucho; pasábase la vida en el molino, ayudando a la molienda y al maquileo, y de riola, fiesta, canto y repiqueteo de panderetas con los demás rapaces y rapazas. De esta temprana escuela de corrupción sacaba el muchacho pullas, dichos y barrabasadas que a veces molestaban a Minia, sin que ella supiese por qué ni tratase de comprenderlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El molino, durante varios años, produjo lo suficiente para proporcionar a la familia cierto desahogo. Juan Ramón tomaba el negocio con interés, estaba siempre a punto aguardando por la parroquia, era activo, vigilante y exacto. Poco a poco, con el desgaste de la vida que corre insensible y grata, resurgieron sus aficiones a la holgazanería y al bienestar, y empezaron los descuidos, parientes tan próximos de la ruina. ¡El bienestar! Para un labriego estriba en poca cosa: algo más del torrezno y unto en el pote, carne de vez en cuando, pantrigo a discreción, leche cuajada o fresca, esto distingue al labrador acomodado del desvalido. Después viene el lujo de la indumentaria: el buen traje de rizo, las polainas de prolijo pespunte, la camisa labrada, la faja que esmaltan flores de seda, el pañuelo majo y la botonadura de plata en el rojo chaleco. Juan Ramón tenía de estas exigencias, y acaso no fuesen ni la comida ni el traje lo que introducía desequilibrio en su presupuesto, sino la pícara costumbre, que iba arraigándose, de «echar una pinga» en la taberna del Canelo, primero, todos los domingos; luego, las fiestas de guardar; por último muchos días en que la Santa Madre Iglesia no impone precepto de misa a los fieles. Después de las libaciones, el molinero regresaba a su molino, ya alegre como unas pascuas, ya tétrico, renegando de su suerte y con ganas de arrimar a alguien un sopapo. Melia, al verle volver así, se escondía. Andrés, la primera vez que su padre le descargó un palo con la tranca de la puerta, se revolvió como una fiera, le sujetó y no le dejó ganas de nuevas agresiones; Pepona, la molinera, más fuerte, huesuda y recia que su marido, también era capaz de pagar en buena moneda el cachete; sólo quedaba Minia, víctima sufrida y constante. La niña recibía los golpes con estoicismo, palideciendo a veces cuando sentía vivo dolor -cuando, por ejemplo, la hería en la espinilla o en la cadera la punta de un zueco de palo-, pero no llorando jamás. La parroquia no ignoraba estos tratamientos, y algunas mujeres compadecían bastante a Minia. En las tertulias del atrio, después de misa; en las deshojas del maíz, en la romería del santuario, en las ferias, comenzaba a susurrarse que el molinero se empeñaba, que el molino se hundía, que en las maquilas robaban sin temor de Dios, y que no tardaría la rueda en pararse y los alguaciles en entrar allí para embargarles hasta la camisa que llevaban sobre los lomos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una persona luchaba contra la desorganización creciente de aquella humilde industria y aquel pobre hogar. Era Pepona, la molinera, mujer avara, codiciosa, ahorrona hasta de un ochavo, tenaz, vehemente y áspera. Levantada antes que rayase el día, incansable en el trabajo, siempre se la veía, ya inclinada labrando la tierra, ya en el molino regateando la maquila, ya trotando, descalza, por el camino de Santiago adelante con una cesta de huevos, aves y verduras en la cabeza, para ir a venderla al mercado. Mas ¿qué valen el cuidado y el celo, la economía sórdida de una mujer, contra el vicio y la pereza de dos hombres? En una mañana se bebía Juan Ramón, en una noche de tuna despilfarraba Andrés el fruto de la semana de Pepona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mal andaban los negocios de la casa, y peor humorada la molinera, cuando vino a complicar la situación un año fatal, año de miseria y sequía, en que, perdiéndose la cosecha del maíz y trigo, la gente vivió de averiadas habichuelas, de secos habones, de pobres y héticas hortalizas, de algún centeno de la cosecha anterior, roído ya por el cornezuelo y el gorgojo. Lo más encogido y apretado que se puede imaginar en el mundo, no acierta a dar idea del grado de reducción que consigue el estómago de un labrador gallego y la vacuidad a que se sujetan sus elásticas tripas en años así. Berzas espesadas con harina y suavizadas con una corteza de tocino rancio; y esto un día y otro día, sin sustancia de carne, sin gota de vino para reforzar un poco los espíritus vitales y devolver vigor al cuerpo. La patata, el pan del pobre, entonces apenas se conocía, porque no sé si dije que lo que voy contando ocurrió en los primeros lustros del siglo décimonono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Considérese cuál andaría con semejante añada el molino de Juan Ramón. Perdida la cosecha, descansaba forzosamente la muela. El rodezno, parado y silencioso, infundía tristeza; semejaba el brazo de un paralítico. Los ratones, furiosos de no encontrar grano que roer, famélicos también ellos, correteaban alrededor de la piedra, exhalando agrios chillidos. Andrés, aburrido por la falta de la acostumbrada tertulia, se metía cada vez más en danzas y aventuras amorosas, volviendo a casa como su padre, rendido y enojado, con las manos que le hormigueaban por zurrar. Zurraba a Minia con mezcla de galantería rústica y de brutalidad, y enseñaba los dientes a su madre porque la pitanza era escasa y desabrida. Vago ya de profesión, andaba de feria en feria buscando lances, pendencias y copas. Por fortuna, en primavera cayó soldado y se fue con el chopo camino de la ciudad. Hablando como la dura verdad nos impone, confesaremos que la mayor satisfacción que pudo dar a su madre fue quitársele de la vista: ningún pedazo de pan traía a casa, y en ella solo sabía derrochar y gruñir, confirmando la sentencia: «Donde no hay harina, todo es mohína».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La víctima propiciatoria, la que expiaba todos los sinsabores y desengaños de Pepona, era..., ¿quién había de ser? Siempre había tratado Pepona a Minia con hostil indiferencia; ahora, con odio sañudo de impía madrastra. Para Minia los harapos; para Melia los refajos de grana; para Minia la cama en el duro suelo; para Melia un leito igual al de sus padres; a Minia se le arrojaba la corteza de pan de borona enmohecido, mientras el resto de la familia despachaba el caldo calentito y el compango de cerdo. Minia no se quejaba jamás. Estaba un poco más descolorida y perpetuamente absorta, y su cabeza se inclinaba a veces lánguidamente sobre el hombro, aumentándose entonces su parecido con la Santa. Callada, exteriormente insensible, la muchacha sufría en secreto angustia mortal, inexplicables mareos, ansias de llorar, dolores en lo más profundo y delicado de su organismo, misteriosa pena, y, sobre todo, unas ganas constantes de morirse para descansar yéndose al cielo... Y el paisajista o el poeta que cruzase ante el molino y viese el frondoso castaño, la represa con su agua durmiente y su orla de cañas, la pastorcilla rubia, que, pensativa, dejaba a la vaca saciarse libremente por el lindero orlado de flores, soñaría con idilios y haría una descripción apacible y encantadora de la infeliz niña golpeada y hambrienta, medio idiota ya a fuerza de desamores y crueldades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- II -&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día descendió mayor consternación que nunca sobre la choza de los molineros. Era llegado el plazo fatal para el colono: vencía el término del arriendo, y, o pagaba al dueño del lugar, o se verían arrojados de él y sin techo que los cobijase, ni tierra donde cultivar las berzas para el caldo. Y lo mismo el holgazán Juan Ramón que Pepona la diligente, profesaban a aquel quiñón de tierra el cariño insensato que apenas profesarían a un hijo pedazo de sus entrañas. Salir de allí se les figuraba peor que ir para la sepultura: que esto, al fin, tiene que suceder a los mortales, mientras lo otro no ocurre sino por impensados rigores de la suerte negra. ¿Dónde encontrarían dinero? Probablemente no había en toda la comarca las dos onzas que importaba la renta del lugar. Aquel año de miseria -calculó Pepona-, dos onzas no podían hallarse sino en la boeta o cepillo de Santa Minia. El cura si que tendría dos onzas, y bastantes más, cosidas en el jergón o enterradas en el huerto... Esta probabilidad fue asunto de la conversación de los esposos, tendidos boca a boca en el lecho conyugal, especie de cajón con una abertura al exterior, y dentro un relleno de hojas de maíz y una raída manta. En honor de la verdad, hay que decir que a Juan Ramón, alegrillo con los cuatro tragos que había echado al anochecer para confortar el estómago casi vacío, no se le ocurría siquiera aquello de las onzas del cura hasta que se lo sugirió, cual verdadera Eva, su cónyuge; y es justo observar también que contestó a la tentación con palabras muy discretas, como si no hablase por su boca el espíritu parral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oyes, tú, Juan Ramón... El clérigo sí que tendrá a rabiar lo que aquí nos falta... Ricas onciñas tendrá el clérigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Tú roncas, o me oyes, o qué haces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, ¡rayo!, y si las tiene, ¿qué rayos nos interesa? Dar, no nos las ha de dar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Darlas, ya se sabe; pero... emprestadas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Emprestadas! Sí, ve a que te empresten...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo digo emprestadas así, medio a la fuerza... ¡Malditos!... No sois hombres, no tenéis de hombres sino la parola... Si estuviese aquí Andresiño..., un día..., al oscurecer...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como vuelvas a mentar eso, los diaños lleven si no te saco las muelas del bofetón...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cochinos de cobardes; aún las mujeres tenemos más riñones...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Loba, calla; tú quieres perderme. El clérigo tiene escopeta... y a más quieres que Santa Minia mande una centella que mismamente nos destrice...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Santa Minia es el miedo que te come...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Toma, malvada!...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pellejo, borranchón!...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba echada Minia sobre un haz de paja, a poca distancia de sus tíos, en esa promiscuidad de las cabañas gallegas, donde irracionales y racionales, padres e hijos, yacen confundidos y mezclados. Aterida de frío bajo su ropa, que había amontonado para cubrirse -pues manta Dios la diese-, entreoyó algunas frases sospechosas y confusas, las excitaciones sordas de la mujer, los gruñidos y chanzas vinosas del hombre. Tratábase de la Santa... Pero la niña no comprendió. Sin embargo, aquello le sonaba mal; le sonaba a ofensa, a lo que ella, si tuviese nociones de lo que tal palabra significa, hubiese llamado desacato. Movió los labios para rezar la única oración que sabía, y así rezando, se quedó traspuesta. Apenas le salteó el sueño, le pareció que una luz dorada y azulada llenaba el recinto de la choza. En medio de aquella luz, o formando aquella luz, semejante a la que despedía la «madama de fuego» que presentaba el cohetero en la fiesta patronal, estaba la Santa, no reclinada, sino de pie, y blandiendo su palma como si blandiese un arma terrible. Minia creía oír distintamente estas palabras. «¿Ves? Los mato». Y mirando hacia el lecho de sus tíos, los vio cadáveres, negros, carbonizados, con la boca torcida y la lengua de fuera. En este momento se dejó oír el sonoro cántico del gallo; la becerrilla mugió en el establo, reclamando el pezón de su madre... Amanecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si pudiese la niña hacer su gusto, se quedaría acurrucada entre la paja la mañana que siguió a su visión. Sentía gran dolor en los huesos, quebrantamiento general, sed ardiente. Pero la hicieron levantar, tirándola del pelo y llamándola holgazana, y, según costumbre, hubo de sacar el ganado. Con su habitual pasividad no replicó; agarró la cuerda y echó hacia el pradillo. La Pepona, por su parte, habiéndose lavado primero los pies y luego la cara en el charco más próximo a la represa del molino, y puéstose el dengue y el mantelo de los días grandes y también -lujo inaudito- los zapatos, colocó en una cesta hasta dos docenas de manzanas, una pella de manteca envuelta en una hoja de col, algunos huevos y la mejor gallina ponedora, y, cargando la cesta en la cabeza, salió del lugar y tomó el camino de Compostela con aire resuelto. Iba a implorar, a pedir un plazo, una prórroga, un perdón de renta, algo que les permitiese salir de aquel año terrible sin abandonar el lugar querido, fertilizado con su sudor... Porque las dos onzas del arriendo..., ¡quia! en la boeta de Santa Minia o en el jergón del clérigo seguirían guardadas, por ser un calzonazos Juan Ramón y faltar de la casa Andresiño..., y no usar ella, en lugar de refajos, las mal llevadas bragas del esposo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No abrigaba Pepona grandes esperanzas de obtener la menor concesión, el más pequeño respiro. Así se lo decía a su vecina y comadre Jacoba de Alberte, con la cual se reunió en el crucero, enterándose de que iba a hacer la misma jornada, pues Jacoba tenía que traer de la ciudad medicina para su hombre, afligido con un asma de todos los demonios, que no le dejaba estar acostado, ni por las mañanas casi respirar. Resolvieron las dos comadres ir juntas para tener menos miedo a los lobos o a los aparecidos, si al volver se les echaba la noche encima; y pie ante pie, haciendo votos porque no lloviese, pues Pepona llevaba a cuestas el fondito del arca, emprendieron su caminata charlando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi matanza -dijo la Pepona- es que no podré hablar cara a cara con el señor marqués, y al apoderado tendré que arrodillarme. Los señores de mayor señorío son siempre los más compadecidos del pobre. Los peores, los señoritos hechos a puñetazos, como don Mauricio, el apoderado; esos tienen el corazón duro como las piedras y le tratan a uno peor que a la suela del zapato. Le digo que voy allá como el buey al matadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Jacoba, que era una mujercilla pequeña, de ojos ribeteados, de apergaminadas facciones, con dos toques, cual de ladrillos en los pómulos, contestó en voz plañidera:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay comadre! Iba yo cien veces a donde va, y no quería ir una a donde voy. ¡Santa Minia nos valga! Bien sabe el Señor Nuestro Dios que me lleva la salud del hombre, porque la salud vale más que las riquezas. No siendo por amor de la salud, ¿quién tiene valor de pisar la botica de don Custodio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oír este nombre, viva expresión de curiosidad azorada se pintó en el rostro de la Pepona y arrugóse su frente, corta y chata, donde el pelo nacía casi a un dedo de las tupidas cejas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay! Sí, mujer... Yo nunca allá fui. Hasta por delante de la botica no me da gusto pasar. Andan no sé qué dichos, de que el boticario hace «meigallos».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso de no pasar, bien se dice; pero cuando uno tiene la salud en sus manos... La salud vale más que todos los bienes de este mundo; y el pobre que no tiene otro caudal sino la salud, ¿qué no hará por conseguirla? Al demonio era yo capaz de ir a pedirle en el infierno la buena untura para mi hombre. Un peso y doce reales llevamos gastados este año en botica, y nada; como si fuese agua de la fuente; que hasta es un pecado derrochar los cuartos así, cuando no hay una triste corteza para llevar a la boca. De manera es que ayer por la noche, mi hombre, que tosía que casi arreventaba, me dijo, dice: «¡Ei!, Jacoba: o tú vas a pedirle a don Custodio la untura, o yo espicho. No hagas caso del médico; no hagas caso, si a manos viene, ni de Cristo Nuestro Señor; a don Custodio has de ir; que si él quiere, del apuro me saca con sólo dos cucharaditas de los remedios que sabe hacer. Y no repares en dinero, mujer, no siendo que quiéraste quedar viuda.» Así es que... -Jacoba metió misteriosamente la mano en el seno y extrajo, envuelto en un papelito, un objeto muy chico- aquí llevo el corazón del arca... ¡un dobloncillo de a cuatro! Se me van los «espíritus» detrás de él; me cumplía para mercar ropa, que casi desnuda en carnes ando; pero primero es la vida del hombre, mi comadre..., y aquí lo llevo para el ladro de don Custodio. Asús me perdone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Pepona reflexionaba, deslumbrada por la vista del doblón y sintiendo en el alma una oleada tal de codicia que la sofocaba casi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero diga, mi comadre -murmuró con ahínco, apretando sus grandes dientes de caballo y echando chispas por los ojuelos-. Diga: ¿cómo hará don Custodio para ganar tantos cuartos? ¿Sabe qué se cuenta por ahí? Que mercó este año muchos lugares del marqués. Lugares de los más riquísimos. Dicen que ya tiene mercados dos mil ferrados de trigo de renta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay, mi comadre! ¿Y cómo quiere que no gane cuartos ese hombre que cura todos los males que el Señor inventó? Miedo da el entrar allí; pero cuando uno sale con la salud en la mano... Ascuche: ¿quién piensa que le quitó la reúma al cura de Morlán? Cinco años llevaba en la cama, baldado, imposibilitado..., y de repente un día se levanta, bueno, andando como usté y como yo. Pues, ¿qué fue? La untura que le dieron en los cuadriles, y que le costó media onza en casa de don Custodio. ¿Y el tío Gorio, el posadero de Silleda? Ese fue mismo cosa de milagro. Ya le tenían puesto los santolios, y traerle un agua blanca de don Custodio... y como si resucitara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué cosas hace Dios!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Dios? -contestó la Jacoba-. A saber si las hace Dios o el diaño... Comadre, le pido de favor que me ha de acompañar cuando entre en la botica...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Acompañaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cotorreando así, se les hizo llevadero el camino a las dos comadres. Llegaron a Compostela a tiempo que las campanas de la catedral y de numerosas iglesias tocaban a misa, y entraron a oírla en las Ánimas, templo muy favorito de los aldeanos, y, por tanto, muy gargajoso, sucio y maloliente. De allí, atravesando la plaza llamada del pan, inundada de vendedoras de molletes y cacharros, atestada de labriegos y de caballerías, se metieron bajo los soportales, sustentados por columnas de bizantinos capiteles, y llegaron a la temerosa madriguera de don Custodio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajábase a ella por dos escalones, y entre esto y que los soportales roban luz, encontrábase siempre la botica sumergida en vaga penumbra, resultado a que cooperaban también los vidrios azules, colorados y verdes, innovación entonces flamante y rara. La anaquelería ostentaba aún esos pintorescos botes que hoy se estiman como objeto de arte, y sobre los cuales se leían, en letras góticas, rótulos que parecen fórmulas de alquimia: «Rad. Polip. Q.», «Ra, Su. Eboris», «Stirac. Cala», y otros letreros de no menos siniestro cariz. En un sillón de vaqueta, reluciente ya por el uso, ante una mesa, donde un atril abierto sostenía voluminoso libro, hallábase el boticario, que leía cuando entraron las dos aldeanas, y que al verlas entrar se levantó. Parecía hombre de unos cuarenta y tantos años; era de rostro chupado, de hundidos ojos y sumidos carrillos, de barba picuda y gris, de calva primeriza y ya lustrosa, y con aureola de largas melenas, que empezaban a encanecer: una cabeza macerada y simpática de santo penitente o de doctor alemán emparedado en su laboratorio. Al plantarse delante de las dos mujeres, caía sobre su cara el reflejo de uno de los vidrios azules, y realmente se la podía tomar por efigie de escultura. No habló palabra, contentándose con mirar fijamente a las comadres. Jacoba temblaba cual si tuviese azogue en las venas y la Pepona, más atrevida, fue la que echó todo el relato del asma, y de la untura, y del compadre enfermo, y del doblón. Don Custodio asintió, inclinando gravemente la cabeza: desapareció tres minutos tras la cortina de sarga roja que ocultaba la entrada de la rebotica; volvió con un frasquito cuidadosamente lacrado; tomó el doblón, sepultólo en el cajón de la mesa, y volviendo a la Jacoba un peso duro, contentóse con decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Úntele con esto el pecho por la mañana y por la noche -y sin más se volvió a su libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miráronse las comadres, y salieron de la botica como alma que lleva el diablo; Jacoba, fuera ya se persignó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Serían las tres de la tarde cuando volvieron a reunirse en la taberna, a la entrada de la carretera donde comieron un «taco» de pan y una corteza de queso duro, y echaron al cuerpo el consuelo de dos deditos de aguardiente. Luego emprendieron el retorno. La Jacoba iba alegre como unas pascuas; poseía el remedio para su hombre; había vendido bien medio ferrado de habas, y de su caro doblón un peso quedaba aún por misericordia de don Custodio. Pepona, en cambio, tenía la voz ronca y encendidos los ojos; sus cejas se juntaban más que nunca; su cuerpo, grande y tosco, se doblaba al andar, cual si le hubiesen administrado alguna soberana paliza. No bien salieron a la carretera, desahogó sus cuitas en amargos lamentos; el ladrón de don Mauricio, como si fuese sordo de nacimiento o verdugo de los infelices:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-«La renta, o salen del lugar.» ¡Comadre! Allí lloré, grité, me puse de rodillas, me arranqué los pelos, le pedí por el alma de su madre y de quien tiene en el otro mundo. Él, tieso: «La renta, o salen del lugar. El atraso de ustedes ya no viene de este año, ni es culpa de la mala cosecha... Su marido bebe, y su hijo es otro que bien baila... El señor marqués le diría lo mismo... Quemado está con ustedes... Al marqués no le gustan borrachos en sus lugares.» Yo repliquéle: «Señor, venderemos los bueyes y la vaquiña..., y luego, ¿con qué labramos? Nos venderemos por esclavos nosotros...» «La renta, les digo... y lárguese ya.» Mismo así, empurrando, empurrando..., echóme por la puerta. ¡Ay! Hace bien en cuidar a su hombre, señora Jacoba... ¡Un hombre que no bebe! A mí me ha de llevar a la sepultura aquel pellejo... Si le da por enfermarse, con medicina que yo le compre no sanará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tales pláticas iban entreteniendo las dos comadres el camino. Como en invierno anochece pronto, hicieron por atajar, internándose hacia el monte, entre espesos pinares. Oíase el toque del Ángelus en algún campanario distante, y la niebla, subiendo del río, empezaba a velar y confundir los objetos. Los pinos y los zarzales se esfumaban entre aquella vaguedad gris, con espectral apariencia. A las labradoras les costaba trabajo encontrar el sendero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Comadre -advirtió, de pronto y con inquietud, Jacoba-, por Dios le encargo que no cuente en la aldea lo del unto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No tenga miedo, comadre... Un pozo es mi boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Porque si lo sabe el señor cura, es capaz de echarnos en misa una pauliña...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y a él qué le interesa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues como dicen que esta untura «es de lo que es»...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ave María de gracia, comadre! -susurró Jacoba, deteniéndose y bajando la voz, como si los pinos pudiesen oírla y delatarla-. ¿De veras no lo sabe? Me pasmo. Pues hoy, en el mercado, no tenían las mujeres otra cosa que decir, y las mozas primero se dejaban hacer trizas que llegarse al soportal. Yo, si entré allí, es porque de moza ya he pasado; pero vieja y todo, si usté no me acompaña, no pongo el pie en la botica. ¡La gloriosa Santa Minia nos valga!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A fe, comadre, que no sé ni esto... Cuente, comadre, cuente... Callaré lo mismo que si muriera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues si no hay más de qué hablar, señora! ¡Asús querido! Estos remedios tan milagrosos, que resucitan a los difuntos, hácelos don Custodio con «unto de moza».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Unto de moza...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De moza soltera, rojiña, que ya esté en sazón de poder casar. Con un cuchillo le saca las mantecas, y va y las derrite, y prepara los medicamentos. Dos criadas mozas tuvo, y ninguna se sabe qué fue de ella, sino que, como si la tierra se las tragase, que desaparecieron y nadie las volvió a ver. Dice que ninguna persona humana ha entrado en la trasbotica; que allí tiene una «trapela», y que muchacha que entre y pone el pie en la «trapela»..., ¡plas!, cae en un pozo muy hondo, muy hondísimo, que no se puede medir la profundidad que tiene..., y allí el boticario le arranca el unto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería cosa de haberle preguntado a la Jacoba a cuántas brazas bajo tierra estaba situado el laboratorio del destripador de antaño; pero las facultades analíticas de la Pepona eran menos profundas que el pozo, y limitóse a preguntar con ansia mal definida:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y para «eso» sólo sirve el unto de las mozas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sólo. Las viejas no valemos ni para que nos saquen el unto siquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pepona guardó silencio. La niebla era húmeda: en aquel lugar montañoso convertíase en «brétema», e imperceptible y menudísima llovizna calaba a las dos comadres, transidas de frío y ya asustadas por la oscuridad. Como se internasen en la escueta gándara que precede al lindo vallecito de Tornelos, y desde la cual ya se divisa la torre del santuario, Jacoba murmuró con apagada voz:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi comadre..., ¿no es un lobo eso que por ahí va?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Un lobo? -dijo, estremeciéndose, Pepona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por allí..., detrás de aquellas piedras... dicen que estos días ya llevan comida mucha gente. De un rapaz de Morlán sólo dejaron la cabeza y los zapatos. ¡Asús!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El susto del lobo se repitió dos o tres veces antes de que las comadres llegasen a avistar la aldea. Nada, sin embargo, confirmó sus temores, ningún lobo se les vino encima. A la puerta de la casucha de Jacoba despidiéronse, y Pepona entró sola en su miserable hogar. Lo primero con que tropezó en el umbral de la puerta fue con el cuerpo de Juan Ramón, borracho como una cuba, y al cual fue preciso levantar entre maldiciones y reniegos, llevándole en peso a la cama. A eso de medianoche, el borracho salió de su sopor, y con estropajosas palabras acertó a preguntar a su mujer qué teníamos de la renta. A esta pregunta, y a su desconsoladora contestación, siguieron reconvenciones, amenazas, blasfemias, un cuchicheo raro, acalorado, furioso. Minia, tendida sobre la paja, prestaba oído; latíale el corazón; el pecho se le oprimía; no respiraba; pero llegó un momento en que Pepona, arrojándose del lecho, le ordenó que se trasladase al otro lado de la cabaña, a la parte donde dormía el ganado. Minia cargó con su brazado de paja, y se acurrucó no lejos del establo, temblando de frío y susto. Estaba muy cansada aquel día; la ausencia de Pepona la había obligado a cuidar de todo, a hacer el caldo, a coger hierba, a lavar, a cuantos menesteres y faenas exigía la casa... Rendida de fatiga y atormentada por las singulares desazones de costumbre, por aquel desasosiego que la molestaba, aquella opresión indecible, ni acababa de venir el sueño a sus párpados ni de aquietarse su espíritu. Rezó maquinalmente, pensó en la Santa, y dijo entre sí, sin mover los labios: «Santa Minia querida, llévame pronto al Cielo; pronto, pronto...» Al fin se quedó, si no precisamente dormida, al menos en ese estado mixto propicio a las visiones, a las revelaciones psicológicas y hasta a las revoluciones físicas. Entonces le pareció, como la noche anterior, que veía la efigie de la mártir; solo que, ¡cosa rara!, no era la Santa; era ella misma, la pobre rapaza huérfana de todo amparo, quien estaba allí tendida en la urna de cristal, entre los cirios, en la iglesia. Ella tenía la corona de rosas; la dalmática de brocado verde cubría sus hombros; la palma la agarraban sus manos pálidas y frías; la herida sangrienta se abría en su propio pescuezo, y por allí se la iba la vida, dulce, insensiblemente, en oleaditas de sangre muy suaves, que al salir la dejaban tranquila, extática, venturosa... Un suspiro se escapó del pecho de la niña; puso los ojos en blanco, se estremeció..., y quedóse completamente inerte. Su última impresión confusa fue que ya había llegado al cielo, en compañía de la Patrona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- III -&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquella rebotica, donde, según los autorizados informes de Jacoba de Alberte, no entraba nunca persona humana, solía hacer tertulia a don Custodio las más noches un canónigo de la Santa Metropolitana Iglesia, compañero de estudios del farmacéutico, hombre ya maduro, sequito como un pedazo de yesca, risueño, gran tomador de tabaco. Este tal era constante amigo e íntimo confidente de don Custodio, y, a ser verdad los horrendos crímenes que al boticario atribuía el vulgo, ninguna persona más a propósito para guardar el secreto de tales abominaciones que el canónigo don Lucas Llorente, el cual era la quinta esencia del misterio y de la incomunicación con el público profano. El silencio, la reserva más absoluta tomaba en Llorente proporciones y carácter de manía. Nada dejaba transparentar de su vida, y acciones, aun las más leves e inocentes. El lema del canónigo era: «Que nadie sepa cosa alguna de ti.» Y aun añadía (en la intimidad de la trasbotica): «Todo lo que averigua la gente acerca de lo que hacemos o pensamos, lo convierte en arma nociva y mortífera. Vale más que invente que no edifique sobre el terreno que le ofrezcamos nosotros mismos.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por este modo de ser y por la inveterada amistad, don Custodio le tenía por confidente absoluto, y sólo con él hablaba de ciertos asuntos graves, y sólo de él se aconsejaba en los casos peligrosos o difíciles. Una noche en que, por señas, llovía a cántaros, tronaba y relampagueaba a trechos, encontró Llorente al boticario agitado, nervioso, semiconvulso. Al entrar el canónigo se arrojó hacia él, y tomándole las manos y arrastrándole hacia el fondo de la rebotica, donde, en vez de la pavorosa «trapela» y el pozo sin fondo, había armarios, estantes, un canapé y otros trastos igualmente inofensivos, le dijo con voz angustiosa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay, amigo Llorente! ¡De qué modo me pesa haber seguido en todo tiempo sus consejos de usted, dando pábulo a las hablillas de los necios! A la verdad, yo debí desde el primer día desmentir cuentos absurdos y disipar estúpidos rumores... Usted me aconsejó que no hiciese nada, absolutamente nada, para modificar la idea que concibió el vulgo de mí, gracias a mi vida retraída, a los viajes que realicé al extranjero para aprender los adelantos de mi profesión, a mi soltería y a la maldita casualidad (aquí el boticario titubeó un poco) de que dos criadas... jóvenes..., hayan tenido que marcharse secretamente de casa, sin dar cuenta al público de los motivos de su viaje...; porque..., ¿qué calabazas le importaba al público los tales motivos. Me hace usted el favor de decir? Usted me repetía siempre: «Amigo Custodio, deje correr la bola; no se empeñe nunca en desengañar a los bobos, que al fin no se desengañan, e interpretan mal los esfuerzos que se hacen para combatir sus preocupaciones. Que crean que usted fabrica sus ungüentos con grasa de difunto y que se los paguen más caros por eso, bien; dejadles, dejadles que rebuznen. Usted véndales remedios buenos, y nuevos de la farmacopea moderna, que asegura usted está muy adelantada allá en esos países estranjeros que usted visitó. Cúrense las enfermedades, y crean los imbéciles que es por arte de birlibirloque. La borricada mayor de cuantas hoy inventan y propalan los malditos liberales es esa de «ilustrar a las multitudes». ¡Buena ilustración te dé Dios! Al pueblo no puede ilustrársele. Es y será eternamente un hatajo de babiecas, una recua de jumentos. Si le presenta usted las cosas naturales y racionales, no las cree. Se pirra por lo raro, estrambótico, maravilloso e imposible. Cuanto más gorda es una rueda de molino, tanto más aprisa la comulga. Con que, amigo Custodio, usted deje de andar la procesión, y si puede, apande el estandarte... Este mundo es una danza...»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cierto -interrumpió el canónigo, sacando su cajita de rapé y torturando entre las yemas el polvito-; eso le debí decir; y qué, ¿tan mal le ha ido a usted con mis consejos? Yo creí que el cajón de la botica estaba de duros a reventar, y que recientemente había usted comprado unos lugares muy hermosos en Valeiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Los compré, los compré; pero también los amargo! -exclamó el farmacéutico-. ¡Si le cuento a usted lo que me ha pasado hoy! Vaya, discurra. ¿Qué creerá usted que me ha sucedido? Por mucho que prense el entendimiento para idear la mayor barbaridad... lo que es con esta no acierta usted, ni tres como usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué ha sido ello?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Verá, verá! Esto es lo gordo. Entra hoy en mi botica, a la hora en que estaba completamente solo, una mujer de la aldea, que ya había venido días atrás con otra a pedirme un remedio para el asma: una mujer alta, de rostro duro, cejijunta, con la mandíbula saliente, la frente chata y los ojos como dos carbones. Un tipo imponente, créalo usted. Me dice que quiere hablarme en secreto y después de verse a solas conmigo en sitio seguro, resulta... ¡Aquí entra lo mejor! Resulta que viene a ofrecerme el unto de una muchacha, sobrina suya, casadera ya, virgen, roja, con todas las condiciones requeridas, en fin, para que el unto convenga a los remedios que yo acostumbro hacer... ¿Qué dice usted de esto, canónigo? A tal punto hemos llegado. Es por ahí cosa corriente y moliente que yo destripo a las mozas, y que con las mantecas que les saco compongo esos remedios maravillosos, ¡puf!, capaces hasta de resucitar a los difuntos. La mujer me lo aseguró. ¿Lo está usted viendo? ¿Comprende la mancha que sobre mí ha caído? Soy el terror de las aldeas, el espanto de las muchachas y el ser más aborrecible y más cochino que puede concebir la imaginación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un trueno lejano y profundo acompañó las últimas palabras del boticario. El canónigo se reía, frotando sus manos sequitas y meneando alegremente la cabeza. Parecía que hubiere logrado un grande y apetecido triunfo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo sí que digo: ¿lo ve usted, hombre? ¿Ve cómo son todavía más bestias, animales, cinocéfalos y mamelucos de lo que yo mismo pienso? ¿Ve cómo se les ocurre siempre la mayor barbaridad, el desatino de más grueso calibre y la burrada más supina? Basta que usted sea el hombre más sencillo, bonachón y pacífico del orbe; basta que tenga usted ese corazón blandufo, que se interese usted por las calamidades ajenas, aunque le importen un rábano; que sea usted incapaz de matar a una mosca y sólo piense en sus librotes, en sus estudios, y en sus químicas, para que los grandísimos salvajes le tengan por monstruo horrible, asesino, reo de todos los crímenes y abominaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero ¿quién habrá inventado estas calumnias, Llorente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién? La estupidez universal..., forrada en la malicia universal también. La bestia del Apocalipsis..., que es el vulgo, créame, aunque San Juan no lo haya dejado muy claramente dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno! Así será; pero yo, en lo sucesivo, no me dejo calumniar más. No quiero; no, señor. ¡Mire usted qué conflicto! ¡A poco que me descuide, una chica muerta por mi culpa! Aquella fiera, tan dispuesta a acogotarla. Figúrese usted que repetía: «La despacho y la dejo en el monte, y digo que la comieron los lobos. Andan muchos por este tiempo del año, y verá cómo es cierto, que al día siguiente aparece comida.» ¡Ay canónigo! ¡Si usted viese el trabajo que me costó convencer a aquella caballería mayor de que ni yo saco el unto a nadie ni he soñado en tal! Por más que la repetía: «Eso es una animalada que corre por ahí, una infamia, una atrocidad, un desatino, una picardía; y como yo averigüe quién es el que lo propala, a ese sí que le destripo», la mujer firme como un poste, y erre que erre, «señor, dos onzas nada más... Todo calladito, todo calladito..., en dos onzas, tiene los untos. Otra proporción tan buena no la encuentra nunca.» ¡Qué vívora malvada! Las furias del infierno deben de tener una cara así... Le digo a usted que me costó un triunfo persuadirla. No quería irse. A poco la echo con un garrote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y ojalá que la haya usted persuadido! -articuló el canónigo, repentinamente preocupado y agitado, dando vueltas a la tabaquera entre los dedos-. Me temo que ha hecho usted un pan como unas hostias. ¡Ay Custodio! La ha errado usted. Ahora sí que juro yo que la ha errado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué dice usted, hombre, o canónigo, o demonio? -exclamó el boticario, saltando en su asiento alarmadísimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que la ha errado usted. Nada, que ha hecho una tontería de marca mayor por figurarse, como siempre, que en esos brutos cabe una chispa de razón natural, y que es lícito o conducente para algo el decirles la verdad y argüirles con ella y alumbrarlos con las luces del intelecto. A tales horas, probablemente la chica está en la gloria, tan difunta como mi abuela... mañana por la mañana, o pasado le traen el unto envuelto en un trapo... ¡Ya lo verá!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Calle, calle... No puedo oír eso. Eso no cabe en cabeza humana... ¿Yo qué debí hacer? ¡Por Dios, no me vuelva loco!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Que qué debió hacer? Pues lo contrario de lo razonable, lo contrario de lo verdadero, lo contrario de lo que haría usted conmigo o con cualquiera otra persona capaz de sacramentos, y aunque quizá tan mala como el populacho, algo menos bestia... Decirles que sí, que usted compraba el unto en dos onzas, o en tres, o en ciento...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aguarde, déjeme acabar... Pero que el unto sacado por ellos de nada servía. Que usted en persona tenía que hacer la operación y por consiguiente, que le trajesen a la muchachita sanita y fresca... Y cuando la tuviese segura en su poder, ya echaríamos mano de la Justicia para prender y castigar a los malvados... ¿Pues no ve usted claramente que esa es una criatura de la cual se quieren deshacer, que les estorba, o porque es una boca más o porque tiene algo y ansían heredarla? ¿No se le ha ocurrido que una atrocidad así se decide en un día, pero se prepara y fermenta en la conciencia a veces largos años? La chica está sentenciada a muerte. Nada; crea usted que a estar horas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el canónigo blandió la tabaquera, haciendo el expresivo ademán del que acogota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Canónigo, usted acabará conmigo! ¿Quién duerme ya esta noche? Ahora mismo ensillo la yegua y me largo a Tornelos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un trueno más cercano y espantoso contestó al boticario que su resolución era impracticable. El viento mugió y la lluvia se desencadenó furiosa, aporreando los vidrios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y usted afirma -preguntó con abatimiento don Custodio- que serán capaces de tal iniquidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De todas. Y de inventar muchísimas que aún no se conocen. ¡La ignorancia es invencible, y es hermana del crimen!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues usted -arguyó el boticario- bien aboga por la perpetuidad de la ignorancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay amigo mío! -respondió el oscurantista-. ¡La ignorancia es un mal. Pero el mal es necesario y eterno, de tejas abajo, en este pícaro mundo! Ni del mal ni de la muerte conseguiremos jamás vernos libres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué noche pasó el honrado boticario tenido, en concepto del pueblo, por el monstruo más espantable y a quien tal vez dos siglos antes hubiesen procesado acusándole de brujería!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al amanecer echó la silla a la yegua blanca que montaba en sus excursiones al campo y tomó el camino de Tornelos. El molino debía de servirle de seña para encontrar presto lo que buscaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol empezaba a subir por el cielo, que después de la tormenta se mostraba despejado y sin nubes, de una limpidez radiante. La lluvia que cubría las hierbas se empapaban ya, y secábase el llanto derramado sobre los zarzales por la noche. El aire diáfano y transparente, no excesivamente frío, empezaba a impregnarse de olores ligeros que exhalaban los mojados pinos. Una pega, manchada de negro y blanco, saltó casi a los pies del caballo de don Custodio. Una liebre salió de entre los matorrales, y loca de miedo, graciosa y brincadora, pasó por delante del boticario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo anunciaba uno de esos días espléndidos de invierno que en Galicia suelen seguir a las noches tempestuosas y que tienen incomparable placidez, y el boticario, penetrado por aquella alegría del ambiente, comenzaba a creer que todo lo de la víspera era un delirio, una pesadilla trágica o una extravagancia de su amigo. ¿Cómo podía nadie asesinar a nadie, y así, de un modo tan bárbaro e inhumano? Locuras, insensateces, figuraciones del canónigo. ¡Bah! En el molino, a tales horas, de fijo que estarían preparándose a moler el grano. Del santuario de Santa Minia venía, conducido por la brisa, el argentino toque de la campana, que convocaba a la misa primera. Todo era paz, amor y serena dulzura en el campo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Custodio se sintió feliz y alborozado como un chiquillo, y sus pensamientos cambiaron de rumbo. Si la rapaza de los untos era bonita y humilde... se la llevaría consigo a su casa, redimiéndola de la triste esclavitud y del peligro y abandono en que vivía. Y si resultaba buena, leal, sencilla, modesta, no como aquellas dos locas, que la una se había escapado a Zamora con un sargento, y la otra andado en malos pasos con un estudiante, para que al fin resultara lo que resultó y la obligó a esconderse... Si la molinerita no era así, y al contrario, realizaba un suave tipo soñado alguna vez por el empedernido solterón..., entonces, ¿quién sabe, Custodio? Aún no eres tan viejo que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Embelesado con estos pensamientos, dejó la rienda a la yegua..., y no reparó que iba metiéndose monte adentro, monte adentro, por lo más intrincado y áspero de él. Notólo cuando ya llevaba andado buen trecho del camino. Volvió grupas y lo desanduvo; pero con poca fortuna, pues hubo de extraviarse más, encontrándose en un sitio riscoso y salvaje. Oprimía su corazón, sin saber por qué, extraña angustia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, allí mismo, bajo los rayos del sol, del alegre, hermoso, que reconcilia a los humanos consigo mismos y con la existencia, divisó un bulto, un cuerpo muerto, el de una muchacha... Su doblada cabeza descubría la tremenda herida del cuello. Un «mantelo» tosco cubría la mutilación de las despedazadas y puras entrañas; sangre alrededor, desleída ya por la lluvia, las hierbas y malezas pisoteadas, y en torno, el gran silencio de los altos montes y de los solitarios pinares...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- IV -&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Pepona la ahorcaron en La Coruña. Juan Ramón fue sentenciado a presidio. Pero la intervención del boticario en este drama jurídico bastó para que el vulgo le creyese más destripador que antes, y destripador que tenía la habilidad de hacer que pagasen justos por pecadores, acusando a otros de sus propios atentados. Por fortuna, no hubo entonces en Compostela ninguna jarana popular; de lo contrario, es fácil que le pegasen fuego a la botica, lo cual haría frotarse las manos al canónigo Llorente, que veía confirmadas sus doctrinas acerca de la estupidez universal e irremediable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-5798574594585477908?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/5798574594585477908/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=5798574594585477908' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5798574594585477908'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5798574594585477908'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2008/11/un-destripador-de-antao-historias-y.html' title='Un Destripador de Antaño (Historias y cuentos de Galicia)'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-8696188340764446199</id><published>2008-11-13T15:55:00.000Z</published><updated>2008-11-13T15:56:15.063Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El alquimista (H.P. Lovecraft)'/><title type='text'>El alquimista</title><content type='html'>Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida&lt;br /&gt;Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete1 y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Necio! -gritaba-. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Casquete: Pieza de la armadura, de forma redondeada y de pequeñas dimensiones, que servía para resguardo de la cabeza. // Cubierta de tela, cuero, etc., que se ajusta a la cabeza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-8696188340764446199?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/8696188340764446199/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=8696188340764446199' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/8696188340764446199'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/8696188340764446199'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2008/11/el-alquimista.html' title='El alquimista'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-341817455635574093</id><published>2008-10-25T22:47:00.000Z</published><updated>2008-10-25T22:48:36.286Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Espanto en las alturas (Arthur Conan Doyle)'/><title type='text'>Espanto en las alturas</title><content type='html'>(En el que se transcribe el manuscrito conocido con el nombre de Notas Fragmentarias de Joyce-Amstrong.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha quedado descartada por cuantos han entrado a fondo en el estudio del caso la idea de que el relato extraordinario conocido con el nombre de Notas-fragmentarias de Joyce-Armstrong, sea una complicada y macabra broma tramada por un desconocido que poseía un sentido perverso del humorismo. Hasta el maquinador más fantástico y tortuoso vacilaría ante la perspectiva de ligar sus morbosas alucinaciones con sucesos trágicos y fehacientes para darles una mayor credibilidad. A pesar de que las afirmaciones hechas en esas notas sean asombrosas y lleguen incluso hasta la monstruosidad, lo cierto es que la opinión general se está viendo obligada a darlas por auténticas, y resulta imprescindible que reajustemos nuestras ideas de acuerdo con la nueva situación. Según parece, este mundo nuestro se encuentra ante un peligro por demás extraño e inesperado, del que únicamente lo separa un margen de seguridad muy ligero y precario. En este relato, en el que se transcribe el documento original en su forma, que es por fuerza algo fragmentaria, trataré de exponer ante el lector el conjunto de los hechos hasta el día de hoy, y como prefacio a lo que voy a narrar, diré que si alguien duda de lo que cuenta Joyce-Armstrong, no puede ponerse ni por un momento en tela de juicio todo cuanto se refiere al teniente Myrtle, R. N. y a míster Harry Connor, que halló su fin, sin ninguna duda posible, de la manera que en el documento se describe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las Notas fragmentarias de Joyce-Armstrong fueron encontradas en el campo conocido con el nombre de Lower Haycook, que queda a una milla al oeste de la aldea de Withyham, en la divisoria de los condados de Kent y de Sussex. El día 15 del pasado mes de septiembre, James Flynn, un peón de labranza que trabaja con el agricultor Mathew Dodd, de la granja Chanutry, de Withyham, vio una pipa de palo de rosa, cerca del sendero que rodea el cierre de arbustos de Lower Haycook. A pocos pasos de distancia recogió unos prismáticos rotos. Por último, distinguió entre algunas ortigas que había en el canal lateral un libro poco abultado, con tapas de lona, que resultó ser un cuaderno de hojas desprendibles, algunas de las cuales se habían soltado y se movían aquí y allá por la base de la cerca. El campesino las recogió, pero algunas de esas hojas, y entre ellas la que debía ser la primera del cuaderno, no se encontraron por más que se las buscó, y esas páginas perdidas dejan un vacío lamentable en este importantísimo relato. El peón entregó el cuaderno a su amo, y éste, a su vez, se lo mostró al doctor H. M. Atherton, de Hartfield. Este caballero comprendió en el acto la necesidad de que tal documento fuese sometido al examen de un técnico, y con ese objeto lo hizo llegar al Club Aéreo de Londres, donde se encuentra actualmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Faltan las dos primeras páginas del manuscrito, y también ha sido arrancada la página final en que termina el relato: sin embargo, su pérdida no le hace perder coherencia. Se supone que las primeras exponían en detalle los títulos que como aeronauta poseía míster Joyce-Armstrong, pero esos títulos pueden buscarse en otras fuentes, siendo cosa reconocida por todos que nadie le superaba entre los muchos pilotos aéreos de Inglaterra. Míster Joyce-Armstrong gozó durante muchos años la reputación de ser el más audaz y el más cerebral de los aviadores. Esa combinación de cualidades lo puso en condiciones de inventar y de poner a prueba varios dispositivos nuevos entre los que está incluido el hoy corriente mecanismo giroscópico bautizado con su apellido. La parte principal del manuscrito está escrita con tinta y buena letra. pero, unas cuantas líneas del final lo están a lápiz y con letra tan confusa, que resultan difíciles de leer. Para ser exactos, diríamos que están escritas como si hubiesen sido garrapateadas apresuradamente desde el asiento de un aeroplano en vuelo. Conviene que digamos también que hay varias manchas, tanto en la última página como en la tapa exterior, y que los técnicos del Ministerio del Interior han dictaminado que se trata de manchas de sangre, sangre humana probablemente y, sin duda alguna, de animal mamífero. Como en esas manchas de sangre se descubrió algo que se parece extraordinariamente al microbio de la malaria, y como se sabe que Joyce-Armstrong padecía de fiebres intermitentes, podemos presentar el caso como un ejemplo notable de las nuevas armas que la ciencia moderna ha puesto en manos de nuestros detectives.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Digamos ahora algunas palabras acerca de la personalidad del autor de este relato que hará época. Según lo que afirman los pocos amigos que sabían en verdad algo de Joyce-Armstrong, era éste un poeta y un soñador, además de mecánico e inventor. Disponía de una fortuna importante, y había invertido buena parte de ella en su afición al vuelo. En sus cobertizos de las proximidades de Devizes tenía cuatro aeroplanos particulares, y se asegura que en el transcurso del año pasado realizó no menos de ciento setenta vuelos. Era hombre reservado y sufría de accesos de misantropía. En esos accesos esquivaba el trato con los demás. El capitán Dangerfield, que era quien más a fondo le trataba, afirma que en ciertos momentos la excentricidad de su amigo amenazaba con adquirir contornos de algo más grave. Una manifestación de esa excentricidad era su costumbre de llevar una escopeta en su aeroplano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro detalle característico era la impresión morbosa que produjo en sus facultades el accidente del teniente Myrtle. Éste había caído desde una altura aproximada de treinta mil pies, cuando intentaba superar la marca. Aunque su cuerpo conservó su apariencia de tal, la verdad horrible fue que no quedó el menor rastro de su cabeza. Joyce-Armstrong, según cuenta Dangerfield, planteaba en toda reunión de aviadores la siguiente pregunta, subrayada con una enigmática sonrisa: ¿Quieren decirme adónde fue a parar la cabeza de Myrtle?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otra ocasión, estando de sobremesa en el comedor común de la Escuela de Aviación de Salisbury Plain, planteó un debate acerca de cuál sería el mayor peligro permanente con el que tendrían que enfrentarse los aviadores. Después de escuchar las opiniones que allí se fueron exponiendo acerca de los baches aéreos, la construcción defectuosa y la pérdida de velocidad, al llegarle el turno para exponer su opinión, se encogió de hombros y rehusó hacerlo, dejando la impresión de que no estaba conforme con ninguna de las expuestas por sus compañeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estará de más que digamos que, al examinar sus asuntos particulares, después de la total desaparición de este aviador, se vio que lo tenía todo arreglado con tal exactitud que parece indicar que había tenido una fuerte premonición de la catástrofe. Hechas estas advertencias esenciales, paso a copiar la narración al pie de la letra, empezando en la página tercera del ensangrentado cuaderno:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Sin embargo, durante mi cena en Reims con Coselli y con Gustavo Raymond, pude convencerme de que ni el uno ni el otro habían percibido ningún peligro especial en las capas más altas de la atmósfera. No les expuse lo que pensaba; pero como estuve tan próximo a ese peligro, tengo la seguridad de que si ellos lo hubiesen percibido de una manera parecida, habrían expuesto, sin duda alguna, lo que les había ocurrido. Ahora bien; esos dos aviadores son hombres hueros y vanidosos, que sólo piensan en ver sus nombres en los periódicos. Es interesante hacer constar que ni el uno ni el otro pasaron nunca mucho más allá de los veinte mil pies de altura. Todos sabemos que en algunas ascensiones en globo y en la escalada de montañas se ha llegado a cifras más elevadas. Tiene que ser bastante más allá de esa altura cuando el aeroplano penetra en la zona de peligro, dando siempre por bueno el que mis barruntos y corazonadas sean exactos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aviación se practica entre nosotros desde hace más de veinte años, y surge en el acto la siguiente pregunta: ¿Por qué este peligro no se ha descubierto hasta el día de hoy? La respuesta es evidente. Antaño, cuando se pensaba que un motor de cien caballos de las marcas Gnome o Green bastaba y sobraba para todas las necesidades, los vuelos eran muy limitados. En la actualidad, cuando el motor de trescientos caballos es la regla y no la excepción, el vuelo hasta las capas superiores de la atmósfera se ha hecho fácil y es más corriente. Algunos de nosotros podemos recordar que, siendo jóvenes, Garros conquistó celebridad mundial alcanzando los mil novecientos pies de altura y que sobrevolar los Alpes fue juzgado hazaña extraordinaria. En la actualidad, la norma corriente es inconmensurablemente más elevada, y se hacen veinte vuelos de altura al año por cada uno de los que se hacían en épocas pasadas. Muchos de esos vuelos de altura se han acometido sin daño alguno. Los treinta mil pies han sido alcanzados una y otra vez sin más molestias que el frío y la dificultad de respirar. ¿Qué demuestra esto? Un visitante ajeno a nuestro planeta podría realizar mil descensos en éste sin ver jamás un tigre. Sin embargo, los tigres existen, y si ese visitante descendiera en el interior de una selva, quizá fuese devorado por ellos. Pues bien: en las regiones superiores del aire existen selvas y habitan en ellas cosas peores que los tigres. Yo creo que se llegará, andando el tiempo, a trazar mapas exactos de esas selvas y junglas. Hoy mismo podría yo citar los nombres de dos de ellas. Una se extiende sobre el distrito Pau-Biarritz, en Francia: la otra queda exactamente sobre mi cabeza en este momento, cuando escribo estas líneas en mi casa de Wiltshire. Y estoy por creer que existe otra en el distrito de Homburg-Wiesbaden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empecé a pensar en el problema al ver cómo desaparecían algunos aviadores. Claro está que todo el mundo aseguraba que habían caído en el mar; pero yo no me quedé en modo alguno satisfecho con esa explicación. Por ejemplo, el caso de Verrier en Francia: su aparato fue encontrado en las proximidades de Bayona, pero nunca se descubrió el paradero de su cadáver. Vino después el caso de Baxter, que desapareció, aunque su motor y una parte de la armazón de hierro fueron descubiertos en un bosque de Leicestershire. El doctor Middleton, de Amesbury, que seguía el vuelo de ese aviador por medio de un telescopio, declara que un momento antes de que las nubes ocultasen el campo visual, vio cómo el aparato, que se encontraba a enorme altura, picó súbitamente en línea perpendicular hacia arriba, y dio una serie de respingos sucesivos de que él jamás habría creído capaz a un aeroplano. Esa fue la última visión que se tuvo de Baxter. Se publicaron en los periódicos cartas, pero no se llegó a nada concreto. Ocurrieron otros casos similares, y de pronto se produjo la muerte de Harry Connor. ¡Qué cacareo se armó a propósito del misterio sin resolver que se encerraba en los aires. y cuántas columnas se imprimieron a ese respecto en los periódicos populares; pero qué, poco se hizo para llegar hasta el fondo mismo del problema! Harry Connor descendió desde una altura ignorada y lo hizo en un fantástico planeo. No salió del aparato y murió en su asiento de piloto. ¿De qué murió? Enfermedad cardíaca, dijeron los médicos. ¡Tonterías! El corazón de Connor funcionaba tan a la perfección como funciona el mío. ¿Qué fue lo que dijo Venables? Venables fue el único que estaba a su lado cuando Connor murió. Dijo que el piloto temblaba y daba la impresión de un hombre que ha sufrido un susto terrible. Murió de miedo, afirmó Venables; pero no podía imaginarse qué fue lo que le asustó. Una sola palabra pronunció el muerto delante de Venables; una palabra que sonó algo así como monstruoso. En la investigación judicial no consiguieron sacar nada en limpio. Pero yo sí que pude sacar. ¡Monstruos! Esa fue la última palabra que pronunció el pobre Harry Connor. Y, en efecto, murió de miedo, tal y como opinó Venables. Tenemos luego el caso de la cabeza de Myrtle. ¿Creen ustedes -cree en realidad nadie- que la fuerza de la caída desde lo alto puede arrancar limpiamente a una persona la cabeza del resto del cuerpo? Bien; quizá eso sea posible pero yo al menos no he creído nunca que a Myrtle le ocurriese una cosa semejante. Tenemos, además, la grasa con que estaban manchadas sus ropas; alguien declaró en la investigación que estaban pegajosas de grasa. ¡Y pensar que esas palabras no intrigaron a nadie! A mí sí que me hicieron meditar, aunque, a decir verdad. ya pensaba en eso hace bastante tiempo. He llevado a cabo tres vuelos de altura, pero nunca llegué a la suficiente&lt;br /&gt; -¡cuántas bromas me dirigía Dangerfield a propósito de mi escopeta! En la actualidad, disponiendo como dispongo de este aparato ligero de Paul Veroner, con su motor Robur de ciento setenta caballos, podría alcanzar fácilmente mañana mismo los treinta mil pies. Llevaré mi escopeta al tratar de superar esa marca, y quizá al mismo tiempo de apuntar a otra cosa. Es peligroso, sin duda alguna. Quien no quiera correr peligros es mejor que renuncie por completo a volar y que se acoja a las zapatillas de franela y al batín. Pero yo haré mañana una visita a la selva de la atmósfera, y si hay algo oculto en ella lo descubriré. Si vuelvo de la escalada, me habré convertido en hombre bastante célebre. Si no regreso este cuaderno podrá servir de explicación de lo que intento hacer, y de cómo perdí mi vida al intentarlo. Pero, por favor, señores: nada de chácharas tontas acerca de accidentes ni de misterios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para realizar mi tarea he elegido mi monoplano Paul Veroner. Cuando se trata de hacer algo práctico, no hay nada como el monoplano. Ya Beaumont lo descubrió en los primeros días de la aviación. Empezando porque no le perjudica la humedad, y se tiene la impresión en todo momento de que se vuela entre nubes, este aparato mío es un pequeño y simpático modelo, que me responde lo mismo que responde a las riendas un caballo de boca blanda. El motor es un Robur de seis cilindros, que desarrolla una potencia de ciento setenta y cinco caballos. Dispone de todos los adelantos modernos: fuselaje cerrado, buen tren de aterrizaje, frenos, estabilizadores giroscópicos y tres velocidades, se timonea mediante la alteración del ángulo de los planos, de acuerdo con el principio de las persianas de Venecia. Llevo conmigo una escopeta y una docena de cartuchos cargados con postas de caza mayor. ¡Qué cara puso Perkins, mi buen mecánico, cuando le ordené que pusiese esas cosas dentro del aparato! Me vestí con la indumentaria de un explorador del Polo Ártico, con dos elásticos debajo de mi traje especial, y con gruesos calcetines dentro de botas acolchadas, un pasamontañas con orejeras, y mis anteojeras de talco. Dentro del cobertizo me ahogaba de calor, pero yo pretendía subir a alturas de Himalayas y tenía que ataviarme en consecuencia. Perkins se dio cuenta de que yo me traía entre manos algo importante, y me suplicó que lo dejara acompañarme. Quizá lo habría hecho si el aparato hubiese sido un biplano, pero el monoplano es cosa de un solo hombre, si de veras se quiere aprovechar toda su capacidad de ascensión. Metí, como es lógico, una bolsa de oxígeno; quien intente superar la marca de altura y no la lleve se quedará helado o se hará pedazos, si no le ocurren ambas cosas a la vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Revisé cuidadosamente los planos del timón, la dirección y la palanca elevadora. Hecho eso, me metí en el aparato. Todo, por lo que pude ver, estaba en condiciones. Entonces puse en marcha el motor y comprobé que funcionaba con toda suavidad. Cuando soltaron el aparato, éste se elevó casi instantáneamente en su velocidad mínima. Tracé un par de círculos por encima de mi campo de aviación para que el motor se calentase; saludé entonces a Perkins y a los demás con la mano, horizontalicé los planos y puse el motor en la máxima velocidad. El aparato se deslizó igual que una golondrina a favor del viento por espacio de ocho o diez millas; luego lo levanté un poco de cabeza y empezó a subir trazando una enorme espiral, en dirección al banco de nubes que tenía por encima de mí. Es de la máxima importancia ir ganando altura lentamente para adaptar el organismo a la presión atmosférica conforme se sube.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día era sofocante y caluroso para lo que suele ser un mes de septiembre en Inglaterra, y se advertían el silencio y la pesadez de la lluvia inminente. De cuando en cuando llegaban por el Sudoeste súbitas ráfagas de viento. Una de ellas fue tan violenta e inesperada que me sorprendió distraído y casi me hizo cambiar de dirección por un instante. Recuerdo los tiempos en que bastaba una ráfaga, un súbito torbellino o un bache en el aire para poner en peligro a un aparato; eso ocurría antes de que aprendiésemos a dotar a nuestros aeroplanos de motores potentes capaces de dominarlo todo. En el momento en que yo alcanzaba los bancos de nubes y el altímetro señalaba los tres mil pies, empezó a caer la lluvia. ¡Qué manera de diluviar! El agua tamborileaba sobre las alas del aparato y me azotaba en la cara, empañando mis anteojos de manera que apenas podía distinguir nada. Puse la máquina a la velocidad mínima, porque resultaba difícil avanzar a contralluvia. Al ganar altura, la lluvia se convirtió en granizo, y no tuve más remedio que volverle la espalda. Uno de los cilindros dejó de funcionar; creo que por culpa de una bujía sucia; pero yo seguía subiendo, a pesar de todo, y a la máquina le sobraba fuerza. Todas esas molestias del cilindro, obedeciesen a la causa que fuere, pasaron al cabo de un rato, y pude oír el runruneo pleno y profundo de la máquina, los diez cilindros cantaban al unísono. Ahí es donde se advierte la belleza de nuestros modernos silenciadores. Nos permiten por lo menos el control de nuestros motores por el oído. ¡Cómo chillan, berrean y sollozan cuando funcionan defectuosamente! Antaño se perdían todos esos gritos con que piden socorro, porque el estruendo monstruoso del aparato se lo tragaba todo. ¡Qué lástima que los aviadores primitivos no puedan resucitar para ver la belleza y la perfección del mecanismo, conseguidas al precio de sus vidas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A eso de las nueve y media me estaba yo aproximando a las nubes. Allá abajo, convertida en borrón oscuro por la lluvia, se extendía la gran llanura de Salisbury. Media docena de aparatos volaban llevando pasajeros a una altura de dos mil pies, y parecían negras golondrinas sobre el fondo verde. Supongo que se preguntaban qué diablos hacía yo tan arriba, en la región de las nubes. De pronto se extendió por debajo de mí una cortina gris y sentí que los pliegues húmedos del vapor formaban torbellinos alrededor de mi cara. Experimenté una sensación desagradable de frío y de viscosidad. Pero me encontraba sobre la tormenta de granizo, y eso era una ventaja. La nube era tan negra y espesa como las nieblas londinenses. Anhelando salir de ella, dirigir el aparato hacia arriba hasta que resonó la campanilla de alarma, y advertí que me estaba deslizando hacia atrás. Las alas de mi aparato, empapadas de agua, le habían dado un peso mayor que el que yo pensaba; pero entré en una nube menos espesa y no tardé en superar la primera capa nubosa. Surgió una segunda capa, de color opalino y como deshilachada, a gran altura por encima de mi cabeza; me encontré, pues, con un techo igualmente blanco por encima mío y con un suelo negro e ininterrumpido por debajo, mientras el monoplano ascendía trazando una espiral enorme entre los dos estratos de nubes. En esos espacios de nube a nube se experimenta una mortal sensación de soledad. En cierta ocasión, se me adelantó una gran bandada de pequeñas aves acuáticas, que volaban rapidísimas hacia Occidente. El rápido revuelo de sus alas y sus chillidos sonoros fueron una delicia para mis oídos. Creo que se tratalra de cercetas, pero valgo poco como zoólogo Ahora que nosotros los hombres nos hemos convertido en pájaros, sería preciso que aprendiésemos a conocer a fondo y de una sola ojeada a nuestras hermanas las aves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por debajo de mí, el viento soplaba con fuerza e imprimía balanceos a la inmensa llanura de nubes. En un momento dado se formó una gran marea, un torbellino de vapores, y a través de su centro, que tomó la configuración de una chimenea, distinguí un trozo del mundo lejano. Un gran biplano blanco cruzó a enorme profundidad por debajo de mí. Me imagino que sería el encargado del servicio matutino de correos entre Bristol y Londres. El agujero provocado por el torbellino de nubes volvió a cerrarse y entonces nada alteró la inmensa soledad en que me encontraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después de las diez alcancé el borde inferior del estrato de nubes sobre mí. Estaban formadas por finos vapores diáfanos que se deslizaban rápidamente desde el Oeste. Durante todo ese tiempo había ido subiendo de manera constante la fuerza del viento hasta convertirse en una fuerte brisa de veintiocho millas por hora, según mi aparato. La temperatura era ya muy fría, a pesar de que mi altímetro sólo señalaba los nueve mil pies. El motor funcionaba admirablemente, y nos lanzamos hacia arriba con firme runruneo. El banco de nubes era de mayor espesor que lo calculado por mí, pero pude salir de él, poco después, descubriendo un cielo sin nubes y un sol brillante, es decir, todo azul y oro por encima; y todo plata brillante por debajo, formando una llanura inmensa y luminosa hasta perderse de vista. Eran ya más de las diez y cuarto, y la aguja del barógrafo señalaba los doce mil ochocientos pies. Seguí subiendo y subiendo, con el oído puesto en el profundo runruneo de mi motor y los ojos clavados tan pronto en el indicador de revoluciones, como en el marcador del combustible y en la bomba de aceite. Con razón se afirma que los aviadores son gente que no conoce el miedo. La verdad es que tienen que pensar en tantas cosas, que no les queda tiempo para preocuparse de sí mismos. Fue en ese momento cuando advertí la poca confianza que se podía tener en la brújula al alcanzar determinadas alturas. A los quince mil pies, la mía señalaba hacia Occidente,&lt;br /&gt;con un punto de desviación hacia el Sur; pero el sol y el viento me proporcionaron la orientación exacta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperaba encontrar en semejantes alturas una inmovilidad absoluta; pero a cada mil pies de nueva elevación, el viento adquiría mayor fuerza. Mi aparato gruñía y se estremecía en todas sus junturas y remaches cuando se ponía de cara al viento, y era arrastrado lo mismo que una hoja de papel cuando yo lo frenaba para hacer un viraje, resbalando a favor del viento a una velocidad superior quizá a la que ha viajado mortal alguno. Sin embargo, tenía que seguir haciendo virajes a sotavento, porque lo que me proponía no era únicamente superar la marca de altura. Según todos mis cálculos mi selva aérea quedaba por encima del pequeño Wiltshire, y todo mi esfuerzo resultaría perdido si saliese a la superficie superior del estrato de nubes más allá de ese punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando alcancé los diecinueve mil pies de altura, a eso del mediodía, el viento soplaba con tal fuerza que no pude menos que observar con algo de preocupación los sostenes de mis alas, temiendo que de un momento a otro estallasen, o se aflojasen. Llegué incluso a soltar el paracaídas que llevaba detrás y aseguré su gancho en la argolla de mi cinturón de cuero, para estar preparado por si ocurría lo peor. Había llegado el momento en que la más pequeña chapucería en la tarea del mecánico se paga con la vida del aviador. El aparato, sin embargo, resistió valerosamente. Todas las fibras y tirantes zumbaban y vibraban lo mismo que cuerdas de arpa bien templada; pero resultaba magnífico ver cómo el aparato seguía imponiéndose a la naturaleza y enseñoreándose del firmamento, a pesar de todos los golpes y sacudidas. Algo hay, sin duda alguna, de divino en el hombre mismo para que haya podido superar las limitaciones que parecían serle impuestas por la creación; para superarlas, además, con el desprendimiento, el heroísmo y la abnegación que ha demostrado en esta conquista del aire. ¡Que se callen los que hablan de que el hombre degenera! ¿En qué época de los anales de nuestra raza se ha escrito hazaña como la de la aviación?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Éstos eran los pensamientos que circulaban por mi cerebro mientras trepaba por aquel monstruoso plano inclinado, y el viento me azotaba unas veces en la cara y otras me silbaba detrás de las orejas, y el país de nubes que quedaba por debajo de mí se hundía a distancia tal, que los pliegues y montículos de plata habían quedado alisados y convertidos en una llanura resplandeciente. Pero tuve de pronto la sensación de algo horrible y sin precedentes. Antes había tenido conciencia práctica de lo que suponía encontrarse metido dentro de un torbellino, pero jamás en un torbellino de semejante magnitud. Aquella enorme y arrebatadora riada de viento de que he hablado ya, tenía, según parece, dentro de su corriente, unos remolinos tan monstruosos como ella. Me vi arrastrado súbitamente y sin un segundo de advertencia hasta el corazón de uno de ellos. Giré sobre mí mismo por espacio de un par de minutos con tal velocidad que perdí casi el sentido, y de pronto caí a plomo, sobre el ala izquierda, dentro de la hueca chimenea que formaba el eje de aquél. Caí lo mismo que una piedra, y perdí casi mil pies de altura. Sólo gracias a mi cinturón permanecí en mi asiento, y el golpe de la sorpresa y la falta de respiración me dejaron tirado y casi insensible, de bruces sobre el costado del fuselaje. Pero yo he sido siempre capaz de realizar un esfuerzo supremo; ése es mi único gran mérito como aviador. Tuve la sensación de que el descenso se retardaba. El torbellino tenía más bien forma de cono que de túnel vertical, y yo me había metido durante mi ascensión en el vértice mismo. Con un tirón terrorífico, echando todo mi peso a un lado, enderecé los planos del timón y me zafé del viento. Un instante después salí como una bala de aquel oleaje y me deslizaba suavemente por el firmamento abajo. Después, zarandeado, pero victorioso, dirigí la cabeza del aparato hacia arriba y reanudé mi firme esfuerzo por la espiral hacia lo alto. Di un gran rodeo para evitar el punto de peligro del torbellino, y no tardé en hallarme a salvo por encima suyo. Muy poco después de la una me encontraba a veintiún mil pies sobre el nivel del mar. Vi jubiloso que había salido por encima del huracán, y que el aire se iba calmando más y más a cada cien metros que subía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado, la temperatura era muy fría, y sentí las nauseas características que se producen por el enrarecimiento del aire. Desatornillé por vez primera la boca de mi bolsa de oxígeno y aspiré de cuando en cuando una bocanada del gas reconfortante. Lo sentía correr por mis venas igual que una bebida cordial, y me sentí jubiloso casi hasta el punto de la borrachera. Me puse a gritar y cantar a medida que me remontaba cada vez más arriba, dentro de un mundo exterior helado y silencioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para mí es cosa completamente clara que la insensibilidad que se apoderó de Glaisher, y en menor grado de Coxnvell, cuando, en 1862, llegaron en su ascensión en globo hasta la altura de treinta mil pies, fue causada por la extraordinaria velocidad con que se realiza una subida perpendicular. No se producen esos síntomas tan espantosos cuando la ascensión se lleva a cabo siguiendo una suave cuesta arriba, acostumbrándose de ese modo, por una graduación lenta, a la menor presión barométrica. A esa misma altura de los treinta mil pies no necesité ni inhalador de oxígeno, y pude respirar sin exagerada fatiga. Sin embargo, el frío era crudísimo, y mi termómetro estaba a cero grado Fahrenheit. A la una y media me hallaba yo casi a siete millas por encima de la superficie de la tierra, y seguía elevándome más y más. Comprobé, sin embargo, que el aire rarificado presentaba un apoyo mucho menos sensible a mis planos, y en consecuencia fue necesario rebajar mucho mi ángulo de ascenso. Era evidente que a pesar de lo ligero de mi peso y de la gran fuerza de mi motor, llegaría a un punto del que no podría pasar. Para empeorar la situación aún más, una de las bujías, empezó a fallar otra vez, y el motor producía explosiones intermitentes a destiempo. Se me angustió el corazón temiendo que iba a fracasar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en esos momentos cuando me ocurrió una cosa extraordinaria. Sentí que pasaba por mi lado y que se me adelantaba algo sibilante que dejaba un reguero de humo y que estalló con un ruido estrepitoso y siseante, despidiendo una nube de vapor. De momento no pude imaginarme lo que había ocurrido. Luego, recordé que la Tierra sufre un constante bombardeo de piedras meteóricas, y que apenas sería habitable si ésas piedras no se convirtiesen casi siempre en vapor al entrar en las capas exteriores de la atmósfera. He ahí un peligro más para el aviador de las grandes alturas; lo digo porque pasaron por mi lado otras dos cuando estaba acercándome a la marca de los cuarenta mil pies. No me cabe la menor duda de que ese peligro ha de ser muy grande en el borde de la envoltura de la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aguja de mi barógrafo marcaba cuarenta y un mil trescientos pies, cuando me di cuenta de que ya no podía seguir subiendo. Físicamente, el esfuerzo no era todavía tan grande que me resultase insoportable; pero mi aparato sí que había llegado a su límite. El aire rarificado no presentaba seguro apoyo a las alas, y el menor movimiento se convertía en un deslizamiento lateral; también sus controles respondían como con pereza. Quizá si el motor hubiese funcionado de una manera perfecta, habríamos podido subir otro millar de pies, pero seguía teniendo fallos, y dos de los diez cilindros parecían estar inutilizados. Si yo no había alcanzado aún la zona del espacio que venía buscando, era evidente que ya no tropezaría con ella en este viaje. ¿Y no sería posible que la hubiese alcanzado ya? Cerniéndome en círculo, lo mismo que un colosal halcón, al nivel de los cuarenta mil pies, dejé que el monoplano marchase libre, y me dediqué a observar con cuidado los alrededores con mis prismáticos Mannheim. El firmamento estaba absolutamente limpio sin indicio alguno de los peligros que yo había supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He dicho que me cernía trazando círculos. Se me ocurrió de pronto que haría bien en dar una mayor amplitud a esos círculos, trazando una nueva ruta aérea. El cazador que penetra en una selva terrestre, la atraviesa cuando busca levantar caza. Mis razonamientos me llevaron a pensar que la selva aérea cuya existencia yo había supuesto tenía que caer más o menos por encima del Wiltshire. En ese caso, debía de estar hacia el Sur y el Oeste de donde yo me encontraba. Me orienté por el sol, puesto que la brújula de nada me servía, y tampoco era visible punto alguno de la Tierra. Únicamente se distinguía la lejana llanura plateada de nubes. Sin embargo, obtuve mi dirección hacia el punto señalado. Calculé que mi provisión de gasolina no duraría sino otra hora más o menos; pero podía permitirme gastarla hasta la última gota, ya que me era posible en cualquier momento lanzarme en un planeo ininterrumpido y magnífico que me condujese hasta la superficie de la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto tuve la sensación de algo nuevo para mí. La atmósfera que tenía delante había perdido su transparencia cristalina. Estaba cubierta de manojitos alargados y desflecados de una cosa que yo podría comparar únicamente con las volutas finísimas del humo de cigarrillos. Flotaba formando roscas y guirnaldas, y se retorcía y giraba lentamente a la luz del sol. Cuando el monoplano los atravesó como una flecha, percibí en mis labios un regusto débil de aceite, y en las partes de madera del aparato apareció una espuma grasienta. Se habría dicho que una materia orgánica infinitamente tenue flotaba en la atmósfera. Orgánica, pero sin vida, como algo difuso y en iniciación, que se extendía por muchos acres cuadrados y que se iba desflecando hasta penetrar en el vacío. No; aquello no tenía vida. ¿Y no podrían ser unos restos de vida? Y, sobre todo, ¿no podría ser el alimento de una vida, de una vida monstruosa, de la misma manera que la pobre grasa del océano sirve de alimento a la enorme ballena? Eso iba pensando cuando alcé los ojos y distinguí la más asombrosa visión que se ofreció nunca a los ojos de un hombre. ¿Podré describírsela al lector tal como yo mismo la vi el jueves pasado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imagínese el lector una medusa de mar como las que cruzan por nuestros mares en verano, en forma de campana y de un tamaño enorme; mucho más voluminosa, por lo que a mí me pareció, que la cúpula de la iglesia de San Pablo. Su color era ligeramente sonrosado con venas de un fino color verde; pero el conjunto de aquella colosal construcción era tan tenue que apenas se vislumbraba su silueta sobre el fondo azul oscuro del firmamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un ritmo suave y regular marcaba sus pulsaciones. De ese cuerpo enorme colgaban dos tentáculos verdes y fláccidos que se balanceaban con lentitud hacia atrás y hacia adelante. Esa visión magnífica cruzó suavemente, con silenciosa majestad, por encima de mi cabeza; era tan ingrávida y frágil como una pompa de jabón, y se deslizó majestuosa por su ruta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo había impreso un medio viraje a mi monoplano, a fin de poder seguir contemplando aquel ser grandioso; de pronto, y de una manera instantánea, me encontré en medio de una verdadera escuadra de otros iguales, de todos los tamaños, aunque ninguno de la magnitud del primero. Algunos eran pequeñísimos, pero la mayoría tenía más o menos el volumen de un globo corriente, con idéntica curvatura en la parte superior. Se observaba en ellos una finura de grano y de color que me trajo a la memoria los espejos venecianos de mejor calidad. Los matices predominantes eran el rosa y el verde, pero todos mostraban encantadoras iridiscencias allí donde el sol brillaba a través de sus formas delicadas. Cruzaron, dejándome atrás, algunos centenares de esos seres, formando una escuadra fantástica y maravillosa de bajeles sorprendentes y desconocidos del océano del firmamento. Eran unas criaturas cuyas formas y sustancia se hallaban tan a tono con aquellas alturas serenas que no podía concebirse cosa tan delicada dentro del radio visual y de sonido de nuestra tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un nuevo fenómeno atrajo casi en seguida mi atención: el de las serpientes de las regiones exteriores de la atmósfera. Eran éstas unas espirales largas, delgadas y fantásticas de una materia vaporosa, que giraban y se enroscaban con gran rapidez, volando y retorciéndose sobre sí mismas con tal velocidad que apenas mis ojos podían seguirlas. Algunos de esos seres fantasmales tenían veinte o treinta pies de largura, y era difícil calcular su grosor, porque sus diluidos perfiles parecían esfumarse en la atmósfera que las circundaba. Esas serpientes aéreas eran de un color gris muy claro, del color del humo, advirtiéndose en su interior algunas líneas más oscuras, que producían la impresión de un auténtico organismo. Una de esas serpientes pasó rozándome casi la cara. Tuve la sensación de un contacto frío y viscoso; pero la composición era tan impalpable, que no me sugirió la idea de ninguna clase de peligro físico, como tampoco me lo sugirieron los bellos seres acompañados que los habían precedido. Su contextura no ofrecía solidez mayor que la espuma flotante que deja una ola al romperse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero me esperaba otra experiencia más terrible. Dejándose caer ingrávida desde una gran altura, vino hacia mí una mancha vaporosa y purpúrea. Cuando la vi por vez primera, me pareció pequeña; pero se fue agrandando rápidamente a medida que se me aproximaba, hasta llegar a ser de centenares de pies cuadrados de volumen. Aunque moldeada en alguna sustancia transparente y como gelatinosa, tenía contornos mucho más marcados y una consistencia más sólida que todo lo que había visto anteriormente. Se advertían también más detalles de que poseía una organización física; destacaban de una manera especial dos láminas circulares, enormes y sombreadas, a uno y otro lado, que podían ser sus ojos, y entre las dos láminas un saliente blanco perfectamente sólido, que presentaba la curvatura y la crueldad del pico de un buitre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aspecto total de aquel monstruo era terrible y amenazador; cambiaba constantemente de colores, pasando desde un malva muy claro hasta un púrpura sombrío e irritado, tan espeso, que, al interponerse entre mi monoplano y el sol, proyectó una sombra. En la curva superior de su cuerpo inmenso se distinguían tres grandes salientes que sólo se me ocurre comparar con enormes burbujas, y al contemplarlas quedé convencido de que estaban repletas de algún gas extraordinariamente ligero, con el fin de sostener la masa informe y semisólida que flota en el aire rarificado. Aquel ser avanzó rápido, manteniéndose paralelo al monoplano y siguiendo fácilmente su misma velocidad: me dio escolta horrible en un trecho de más de veinte millas, cerniéndose sobre mí como ave de presa que espera el instante de lanzarse sobre su víctima. Su sistema de avance -tan rápido que no era fácil seguirlo- consistía en proyectar delante de él un saliente largo y gelatinoso que, a su vez, parecía tirar hacia sí el resto de aquel cuerpo contorsionante. Era tan elástico y gelatinoso, que no ofrecía en dos momentos sucesivos idéntica conformación, y, sin embargo, a cada nuevo cambio parecía más amenazador y repugnante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me di cuenta de que traía malas intenciones. Lo pregonaba con los sucesivos aflujos purpúreos de su repugnante cuerpo. Aquellos ojos difusos y salientes, vueltos siempre hacia mí, eran fríos e implacables dentro de su glutinosidad rencorosa. Lancé mi monoplano en picada hacia abajo para huir de aquello. Al hacer yo esa maniobra, con la rapidez de un relámpago se disparó desde aquella masa de burbuja flotante un largo tentáculo y cayó tan rápido y sinuoso como un trallazo sobre la parte delantera de mi aparato. Al apoyarse por un instante sobre el motor caldeado, se oyó un ruidoso silbido, y el tentáculo se retiró con la misma rapidez, mientras que el cuerpo enorme y sin relieve se encogió como acometido de un dolor súbito. Yo me dejé caer en picada; pero el tentáculo volvió a descargarse sobre mi monoplano, y la hélice lo cortó con la misma facilidad que habría cortado una voluta de humo. Una espiral larga, reptante, pegajosa, parecida al anillo de una serpiente, me agarró por detrás, rodeó mi cintura y comenzó a arrastrarme fuera del fuselaje. Yo pugné por libertarme; mis dedos se hundieron en la superficie viscosa, gelatinosa, y logré desembarazarme por un instante de aquella presión; sólo por un instante, porque otro anillo me aferró por una de mis botas y me dio tal tirón, que casi me hizo caer de espaldas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento disparé los dos cañones de mi escopeta, aunque era lo mismo que atacar a un elefante con un tirador, pues no se podía suponer que ningún arma humana dejara lisiado a aquel volumen gigantesco. Sin embargo, mi puntería fue mejor de lo que yo podía imaginar; una de las grandes ampollas o burbujas que aquel ser tenía en lo alto de la espalda estalló con una tremenda explosión al ser perforada por las postas de mi escopeta. Había acertado en mi suposición: aquellas vejigas enormes y transparentes encerraban un gas que las distendía con su fuerza elevadora; el cuerpo enorme y de aspecto de nube cayó instantáneamente de costado, en medio de retorcimientos desesperados para volver a encontrar el equilibrio, y mientras tanto el pico blanco castañeteaba y jadeaba, presa de una furia espantosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero yo había huido, lanzándome por el plano más escarpado que me atreví a buscar; mi motor a toda marcha y la hélice en plena propulsión, unidos a la fuerza de gravedad, me lanzaron hacia la tierra lo mismo que un aerolito. Al volver la vista, vi que la mancha informe y purpúrea se empequeñecía rápidamente hasta fundirse en el azul del firmamento que tenía detrás. Yo me encontraba fuera de la selva mortal de la región exterior de la atmósfera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me vi fuera de peligro, cerré la válvula del combustible del motor, porque no hay nada que destroce tan rápidamente a un avión como el lanzarse con toda la potencia del motor en marcha desde gran altura. Fue el mío un vuelo planeado magnífico, en espiral, desde casi ocho millas de altura primero, hasta el nivel del banco de nubes de plata; después, hasta la nube tormentosa del estrato inferior, y, por último, atravesando los goterones de lluvia, hasta la superficie de la tierra. Al salir de las nubes, distinguí por debajo de mí el canal de Bristol; pero como aún me quedaba en el depósito algo de gasolina, me metí veinte millas tierra adentro antes de aterrizar en un campo que quedaba a media milla de la aldea de Ashcombe. Un automóvil que pasaba por allí me cedió tres latas de gasolina, y a las seis y diez minutos de aquella tarde logré posarme suavemente en un prado de mi propia casa, en Devizes, después de una excursión que ningún ser humano ha realizado jamás, quedando con vida para contarlo. He visto la belleza y he visto también el espanto de las alturas; una belleza mayor y un espanto mayor que ésos no están al alcance del hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien: tengo el proyecto de volver a esas alturas antes de anunciar al mundo lo que he descubierto. Me mueve a ello el que necesito poder mostrar algo tangible, a manera de prueba, antes de dar a conocer a los hombres lo que llevo relatado. Es cierto que no tardarán otros en seguir mi camino y traerán la confirmación de lo que yo he afirmado; pero quisiera convencer a todos desde el primer momento. No creo que resulte difícil la captura de aquellas burbujas iridiscentes y encantadoras del aire. Se dejan arrastrar tan lentamente en su carrera, que un monoplano rápido no tendría dificultad alguna en cortarles el paso. Es muy probable que se disolverían en las capas más densas de la atmósfera, en cuyo caso todo lo que yo podría traerme a la tierra sería un montoncito de jalea amorfa. Sin embargo, no dejaría de ser algo que proporcionaría consistencia a mi relato. Sí, volveré a subir, aunque con ello corra un peligro. No parece que esos espantables seres purpúreos abunden. Es probable que no tropiece con ninguno; pero si tropiezo, me zambulliré en el acto hacia la tierra. En el peor de los casos, dispongo siempre de mi escopeta y sé que debo apuntar..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí falta, por desgracia, una página del manuscrito. En la siguiente, con letras grandes e inseguras, aparecen estas líneas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Cuarenta y tres mil pies. No volveré ya a ver de nuevo la tierra. Por debajo de mí hay tres de esos seres. ¡Que Dios me valga, porque será morir de muerte espantosa!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal es, al pie de la letra, el relato de Joyce-Armstrong. De su autor nada ha vuelto a saberse. En el coto de míster Budd-Lushington, en los límites de Kent y de Sussex, a pocas millas del lugar en que fue encontrado el cuaderno, han sido recogidas algunas piezas de su monoplano destrozado. Si la hipótesis del desdichado aviador sobre la existencia de lo que él llama la selva aérea en un espacio limitado de las regiones atmosféricas que quedan encima del Sudoeste de Inglaterra resulta exacta, se deduciría de ello que Joyce-Armstrong lanzó su monoplano a toda velocidad para salir de la misma, pero que fue alcanzado y devorado por aquellos seres espantosos en algún lugar por debajo de la atmósfera exterior y por encima del sitio en el que fueron encontrados esos restos dolorosos. Una persona que apreciase su equilibrio cerebral preferiría no hacer hincapié en el cuadro de aquel monoplano resbalando a toda velocidad cielo abajo, perseguido por los seres espantosos e innominados que se deslizaban con igual rapidez por debajo de él, cortándole siempre el camino de la tierra y estrechando el cerco de su víctima gradualmente. Sé muy bien que son muchos los que todavía toman a chacota los hechos que acabo de relatar; pero incluso quienes se mofan tendrán que reconocer por fuerza que Joyce-Armstrong ha desaparecido, y yo les recomendaría que hiciesen caso de las palabras que él escribió: "Este cuaderno puede servir de explicación de lo que estoy intentando y de cómo perdí mi vida en el intento. Pero, por favor, que se dejen de chácharas y no hablen de accidentes y de misterios".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-341817455635574093?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/341817455635574093/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=341817455635574093' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/341817455635574093'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/341817455635574093'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2008/10/espanto-en-las-alturas.html' title='Espanto en las alturas'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-1232266370646336422</id><published>2008-10-17T04:52:00.000Z</published><updated>2008-10-17T04:54:33.044Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El color que cayó del cielo (H.P. Lovecraft)'/><title type='text'>El color que cayó del cielo</title><content type='html'>Al Oeste de Arkham las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del sol. En las laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a la holandesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche. Esto debe ser lo que mantiene a los extranjeros lejos del lugar, ya que el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que él recuerda de los extraños días. Ammi, cuya cabeza ha estado un poco desequilibrada durante años, es el único que sigue allí, y el único que habla de los extraños días; y se atreve a hacerlo, porque su casa está muy próxima al campo abierto y a los caminos que rodean a Arkham.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otra época había un camino sobre las colinas y a través de los valles, que corría en mi recta donde ahora hay un marchito erial1; pero la gente dejó de utilizarlo y se abrió un nuevo camino que daba un rodeo hacia el sur. Entre la selvatiquez del erial pueden encontrarse aún huellas del antiguo camino, a pesar de que la maleza lo ha invadido todo. Luego, los oscuros bosques se aclaran y el erial muere a orillas de unas aguas azules cuya superficie refleja el cielo y reluce al sol. Y los secretos de los extraños días se funden con los secretos de las profundidades; se funden con la oculta erudición del viejo océano, y con todo el misterio de la primitiva tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué a las colinas y valles para acotar los terrenos destinados a la nueva alberca, me dijeron que el lugar estaba embrujado. Esto me dijeron en Arkham, y como se trata de un pueblo muy antiguo lleno de leyendas de brujas, pensé que lo de embrujado debía ser algo que las abuelas habían susurrado a los chiquillos a través de los siglos. El nombre de "marchito erial" me pareció muy raro y teatral, y me pregunté cómo habría llegado a formar parte de las tradiciones de un pueblo puritano. Luego vi con mis propios ojos aquellas cañadas y laderas, y ya no me extrañó que estuvieran rodeadas de una leyenda de misterio. Las vi por la mañana, pero a pesar de ello estaban sumidas en la sombra. Los árboles crecían demasiado juntos, y sus troncos eran demasiado grandes tratándose de árboles de Nueva Inglaterra. En las oscuras avenidas del bosque había demasiado silencio, y el suelo estaba demasiado blando con el húmedo musgo y los restos de infinitos años de descomposición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los espacios abiertos, principalmente a lo largo de la línea del antiguo camino, había pequeñas casas de labor; a veces, con todas sus edificaciones en pie, y a veces con sólo un par de ellas, y a veces con una solitaria chimenea o una derruida bodega. La maleza reinaba por todas partes, y seres furtivos susurraban en el subsuelo. Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión; un toque grotesco de irrealidad, como si fallara algún elemento vital de perspectiva o de claroscuro. No me estuvo raro que los extranjeros no quisieran permanecer allí, ya que aquélla no era una región que invitara a dormir en ella. Su aspecto recordaba demasiado el de una región extraída de un cuento de terror.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero nada de lo que había visto podía compararse, en lo que a desolación respecta, con el marchito erial. Se encontraba en el fondo de un espacioso valle; ningún otro nombre hubiera podido aplicársele con más propiedad, ni ninguna otra cosa se adaptaba tan perfectamente a un nombre. Era como si un poeta hubiese acuñado la frase después de haber visto aquella región. Mientras la contemplaba, pensé que era la consecuencia de un incendio; pero, ¿por qué no había crecido nunca nada sobre aquellos cinco acres de gris desolación, que se extendía bajo el cielo como una gran mancha corroída por el ácido entre bosques y campos? Discurre en gran parte hacia el norte de la línea del antiguo camino, pero invade un poco el otro lado. Mientras me acercaba experimenté una extraña sensación de repugnancia, y sólo me decidí a hacerlo porque mi tarea me obligaba a ello. En aquella amplia extensión no había vegetación de ninguna clase; no había más que una capa de fino polvo o ceniza gris, que ningún viento parecía ser capaz de arrastrar. Los árboles más cercanos tenían un aspecto raquítico y enfermizo, y muchos de ellos aparecían agostados o con los troncos podridos. Mientras andaba apresuradamente vi a mi derecha los derruidos restos de una casa de labor, y la negra boca de un pozo abandonado cuyos estancados vapores adquirían un extraño matiz al ser bañados por la luz del sol. El desolado espectáculo hizo que no me maravillara ya de los asustados susurros de los moradores de Arkham. En los alrededores no había edificaciones ni ruinas de ninguna clase; incluso en los antiguos tiempos, el lugar dejó de ser solitario y apartado. Y a la hora del crepúsculo, temeroso de pasar de nuevo por aquel ominoso lugar, tomé el camino del sur, a pesar de que significaba dar un gran rodeo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la noche interrogué a algunos habitantes de Arkham acerca del marchito erial, y pregunté qué significado tenía la frase "los extraños días" que había oído murmurar evasivamente. Sin embargo, no pude obtener ninguna respuesta concreta, y lo único que saqué en claro era que el misterio se remontaba a una fecha mucho más reciente de lo que había imaginado. No se trataba de una vieja leyenda, ni mucho menos, sino de algo que había ocurrido en vida de los que hablaban conmigo. Había sucedido en los años ochenta, y una familia desapareció o fue asesinada. Los detalles eran algo confusos; y como todos aquellos con quienes hablé me dijeron que no prestara crédito a las fantásticas historias del viejo Ammi Pierce, decidí ir a visitarlo a la mañana siguiente, después de enterarme de que vivía solo en una ruinosa casa que se alzaba en el lugar donde los árboles empiezan a espesarse. Era un lugar muy viejo, y había empezado a exudar el leve olor miásmico que se desprende de las casas que han permanecido en pie demasiado tiempo. Tuve que llamar insistentemente para que el anciano se levantara, y cuando se asomó tímidamente a la puerta me di cuenta de que no se alegraba de verme. No estaba tan débil como yo había esperado; sin embargo, sus ojos parecían desprovistos de vida, y sus andrajosas ropas y su barba blanca le daban un aspecto gastado y decaído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabiendo cómo enfocar la conversación para que me hablara de sus "fantásticas historias", fingí que me había llevado hasta allí la tarea a que estaba entregado; le hablé de ella al viejo Ammi, formulándole algunas vagas preguntas acerca del distrito. Ammi Pierce era un hombre más culto y más educado de lo que me habían dado a entender, y se mostró más comprensivo que cualquiera de los hombres con los cuales había hablado en Arkham. No era como otros rústicos que había conocido en las zonas donde iban a construirse las albercas. Ni protestó por las millas de antiguo bosque y de tierras de labor que iban a desaparecer bajo las aguas, aunque quizá su actitud hubiera sido distinta de no haber tenido su hogar fuera de los límites del futuro lago. Lo único que mostró fue alivio; alivio ante la idea de que los valles por los cuales había vagabundeado toda su vida iban a desaparecer. Estarían mejor debajo del agua..., mejor debajo del agua desde los extraños días. Y, al decir esto, su ronca voz se hizo más apagada, mientras su cuerpo se inclinaba hacia delante y el dedo índice de su mano derecha empezaba a señalar de un modo tembloroso e impresionante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces cuando oí la historia, y mientras la ronca voz avanzaba en su relato, en una especie de misterioso susurro, me estremecí una y otra vez a pesar de que estábamos en pleno verano. Tuve que interrumpir al narrador con frecuencia, para poner en claro puntos científicos que él sólo conocía a través de lo que había dicho un profesor, cuyas palabras repetía como un papagayo, aunque su memoria había empezado ya a flaquear; o para tender un puente entre dato y dato, cuando fallaba su sentido de la lógica y de la continuidad. Cuando hubo terminado, no me extrañó que su mente estuviera algo desequilibrada, ni que a la gente de Arkham no le gustara hablar del marchito erial. Me apresuré a regresar a mi hotel antes de la puesta del sol, ya que no quería tener las estrellas sobre mi cabeza encontrándome al aire libre. Al día siguiente regresé a Boston para dar mi informe. No podía ir de nuevo a aquel oscuro caos de antiguos bosques y laderas, ni enfrentarme otra vez con aquel gris erial donde el negro pozo abría sus fauces al lado de los derruidos restos de una casa de labor. La alberca iba a ser construida inmediatamente, y todos aquellos antiguos secretos quedarían enterrados para siempre bajo las profundas aguas. Pero creo que ni cuando esto sea una realidad, me gustará visitar aquella región por la noche..., al menos, no cuando brillan en el cielo las siniestras estrellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el meteorito. Antes no se habían oído leyendas de ninguna clase, e incluso en la remota época de las brujas aquellos bosques occidentales no fueron ni la mitad de temidos que la pequeña isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencias al lado de un extraño altar de piedra, más antiguo que los indios. Aquéllos no eran bosques hechizados, y su fantástica oscuridad no fue nunca terrible hasta los extraños días. Luego había llegado aquella blanca nube meridional, se había producido aquella cadena de explosiones en el aire y aquella columna de humo en el valle. Y, por la noche, todo Arkham se había enterado de que una gran piedra había caído del cielo y se había incrustado en la tierra, junto al pozo de la casa de Nahum Gardner. La casa que se había alzado en el lugar que ahora ocupaba el marchito erial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nahum había ido al pueblo para contar lo de la piedra, y al pasar ante la casa de Ammi Pierce se lo había contado también. En aquella época Ammi tenía cuarenta años, y todos los extraños acontecimientos estaban profundamente grabados en su cerebro. Ammi y su esposa habían acompañado a los tres profesores de la Universidad de Miskatonic que se presentaron a la mañana siguiente para ver al fantástico visitante que procedía del desconocido espacio estelar, y habían preguntado cómo era que Nahum había dicho, el día antes, que era muy grande. Nahum, señalando la pardusca mole que estaba junto a su pozo, dijo que se había encogido. Pero los sabios replicaron que las piedras no se encogen. Su calor irradiaba persistentemente, y Nahum declaró que había brillado débilmente toda la noche. Los profesores golpearon la piedra con un martillo de geólogo y descubrieron que era sorprendentemente blanda. En realidad, era tan blanda como si fuera artificial, y arrancaron, más bien que escoplearon, una muestra para llevársela a la Universidad a fin de comprobar su naturaleza. Tuvieron que meterla en un cubo que le pidieron prestado a Nahum, ya que el pequeño fragmento no perdía calor. En su viaje de regreso se detuvieron a descansar en la casa de Ammi, y parecieron quedarse pensativos cuando la señora Pierce observó que el fragmento estaba haciéndose más pequeño y había empezado a quemar el fondo del cubo. Realmente no era muy grande, pero quizás habían cogido un trozo menor de lo que habían supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente -todo esto ocurría en el mes de junio de 1882-, los profesores se presentaron de nuevo, muy excitados. Al pasar por la casa de Ammi le contaron lo que había sucedido con la muestra, diciendo que había desaparecido por completo cuando la introdujeron en un recipiente de cristal. El recipiente también había desaparecido, y los profesores hablaron de la extraña afinidad de la piedra con el silicón. Había reaccionado de un modo increíble en aquel laboratorio perfectamente ordenado; sin sufrir ninguna modificación ni expeler ningún gas al ser calentada al carbón, mostrándose completamente negativa al ser tratada con bórax y revelándose absolutamente no volátil a cualquier temperatura, incluyendo la del soplete de oxihidrógeno. En el yunque apareció como muy maleable, y en la oscuridad su luminosidad era muy notable. Negándose obstinadamente a enfriarse, provocó una gran excitación entre los profesores; y cuando al ser calentada ante el espectroscopio mostró unas brillantes bandas distintas a las de cualquier color conocido del espectro normal, se habló de nuevos elementos, de raras propiedades ópticas, y de todas aquellas cosas que los intrigados hombres de ciencia suelen decir cuando se enfrentan con lo desconocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caliente como estaba, fue comprobada en un crisol con todos los reactivos adecuados. El agua no hizo nada. Ni el ácido clorhídrico. El ácido nítrico e incluso el agua regia se limitaron a resbalar sobre su tórrida invulnerabilidad. Ammi se encontró con algunas dificultades para recordar todas aquellas cosas, pero reconoció algunos disolventes a medida que se los mencionaba en el habitual orden de utilización: amoniaco y sosa cáustica, alcohol y éter, bisulfito de carbono y una docena más; pero, a pesar de que el peso iba disminuyendo con el paso del tiempo, y de que el fragmento parecía enfriarse ligeramente, los disolventes no experimentaron ningún cambio que demostrara que habían atacado a la sustancia. Desde luego, se trataba de un metal. Era magnético, en grado extremo; y después de su inmersión en los disolventes ácidos parecían existir leves huellas de la presencia de hierro meteórico, de acuerdo con los datos de Widmanstalten. Cuando el enfriamiento era ya considerable colocaron el fragmento en un recipiente de cristal para continuar las pruebas Y a la mañana siguiente, fragmento y recipiente habían desaparecido sin dejar rastro, y únicamente una chamuscada señal en el estante de madera donde los habían dejado probaba que había estado realmente allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto fue lo que los profesores le contaron a Ammi mientras descansaban en su casa, y una vez más fue con ellos a ver el pétreo mensajero de las estrellas, aunque en esta ocasión su esposa no lo acompañó. Comprobaron que la piedra se había encogido realmente, y ni siquiera los más escépticos de los profesores pudieron dudar de lo que estaban viendo. Alrededor de la masa pardusca situada junto al pozo había un espacio vacío, un espacio que eran dos pies menos que el día anterior. Estaba aún caliente, y los sabios estudiaron su superficie con curiosidad mientras separaban otro fragmento mucho mayor que el que se habían llevado. Esta vez ahondaron más en la masa de piedra, y de este modo pudieron darse cuenta de que el núcleo central no era completamente homogéneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían dejado al descubierto lo que parecía ser la cara exterior de un glóbulo empotrado en la sustancia. El color, parecido al de las bandas del extraño espectro del meteoro, era casi imposible de describir; y sólo por analogía se atrevieron a llamarlo color. Su contextura era lustrosa, y parecía quebradiza y hueca. Uno de los profesores golpeó ligeramente el glóbulo con un martillo, y estalló con un leve chasquido. De su interior no salió nada, y el glóbulo se desvaneció como por arte de magia, dejando un espacio esférico de unas tres pulgadas de diámetro, Los profesores pensaron que era probable que encontraran otros glóbulos a medida que la sustancia envolvente se fuera fundiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conjetura era equivocada, ya que los investigadores no consiguieron encontrar otro glóbulo, a pesar de que taladraron la masa por diversos lugares. En consecuencia, decidieron llevarse la nueva muestra que habían recogido... y cuya conducta en el laboratorio fue tan desconcertante como la de su predecesora. Aparte de ser casi plástica, de tener calor, magnetismo y ligera luminosidad, de enfriarse levemente en poderosos ácidos, de perder peso y volumen en el aire y de atacar a los compuestos de silicón con el resultado de una mutua destrucción. La piedra no presentaba características de identificación; y al fin de las pruebas, los científicos de la Universidad se vieron obligados a reconocer que no podían clasificarla. No era nada de este planeta, sino un trozo del espacio exterior; y, como tal, estaba dotado de propiedades exteriores y desconocidas y obedecía a leyes exteriores y desconocidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche hubo una tormenta, y cuando los profesores acudieron a casa de Nahum al día siguiente, se encontraron con una desagradable sorpresa. La piedra, magnética como era, debió poseer alguna peculiar propiedad eléctrica ya que había "atraído al rayo", como dijo Nahum, con una singular persistencia. En el espacio de una hora el granjero vio cómo el rayo hería seis veces la masa que se encontraba junto al pozo, y al cesar la tormenta descubrió que la piedra había desaparecido. Los científicos, profundamente decepcionados, tras comprobar el hecho de la total desaparición, decidieron que lo único que podían hacer era regresar al laboratorio y continuar analizando el fragmento que se habían llevado el día anterior y que como medida de precaución hablan encerrado en una caja de plomo. El fragmento duró una semana transcurrida la cual no se había llegado a ningún resultado positivo. La piedra desapareció, sin dejar ningún residuo, y con el tiempo los profesores apenas creían que habían visto realmente aquel misterioso vestigio de los insondables abismos exteriores; aquel único, fantástico mensaje de otros universos y otros reinos de materia, energía y entidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era lógico, los periódicos de Arkham hablaron mucho del incidente y enviaron a sus reporteros a entrevistar a Nahum y a su familia. Un rotativo de Boston envío también un periodista, y Nahum se convirtió rápidamente en una especie de celebridad local. Era un hombre delgado, de unos cincuenta años, que vivía con su esposa y sus tres hijos del producto de lo que cultivaba en el valle. Él y Ammi se hacían frecuentes visitas, lo mismo que sus esposas; y Ammi sólo tenía frases de elogio para él después de todos aquellos años. Parecía estar orgulloso de la atención que había despertado el lugar, y en las semanas que siguieron a su aparición y desaparición habló con frecuencia del meteorito. Los meses de julio y agosto fueron cálidos; y Nahum trabajó de firme en sus campos, y las faenas agrícolas lo cansaron más de lo que lo habían cansado otros años, por lo que llegó a la conclusión de que los años habían empezado a pesarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego llegó la época de la recolección. Las peras v manzanas maduraban lentamente, y Nahum aseguraba que sus huertos tenían un aspecto más floreciente que nunca. La fruta crecía hasta alcanzar un tamaño fenomenal y un brillo musitado, y su abundancia era tal que Nahum tuvo que comprar unos cuantos barriles más a fin de poder embalar la futura cosecha. Pero con la maduración llegó una desagradable sorpresa, ya que toda aquella fruta de opulenta presencia resultó incomible. En vez del delicado sabor de las peras y manzanas, la fruta tenía un amargor insoportable. Lo mismo ocurrió con los melones y los tomates, y Nahum vio con tristeza cómo se perdía toda su cosecha. Buscando una explicación a aquel hecho, no tardó en declarar que el meteorito había envenenado el suelo, y dio gracias al cielo porque la mayor parte de las otras cosechas se encontraban en las tierras altas a lo largo del camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El invierno se presentó muy pronto y fue muy frío. Ammi veía a Nahum con menos frecuencia que de costumbre, y observó que empezaba a tener un aspecto preocupado. También el resto de la familia había asumido un aire taciturno; y fueron espaciando sus visitas a la iglesia y su asistencia a los diversos acontecimientos sociales de la comarca. No pudo encontrarse ningún motivo para aquella reserva o melancolía, aunque todos los habitantes de la casa daban muestras de cuando en cuando de un empeoramiento en su estado de salud física y mental. Esto se hizo más evidente cuando el propio Nahum declaró que estaba preocupado por ciertas huellas de pasos que había visto en la nieve. Se trataba de las habituales huellas invernales de las ardillas rojas, de los conejos blancos y de los zorros, pero el caviloso granjero afirmó que encontraba algo raro en la naturaleza y disposición de aquellas huellas. No fue más explícito, pero parecía creer que no era característica de la anatomía y las costumbres de ardillas y conejos y zorros. Ammi no hizo mucho caso de todo aquello hasta una noche que pasó por delante de la casa de Nahum en su trineo, en su camino de regreso de Clark's Corners. En el cielo brillaba la luna, y un conejo cruzó corriendo el camino, y los saltos de aquel conejo eran más largos de lo que les hubiera gustado a Ammi y a su caballo. Este último, en realidad, se hubiera desbocado si su dueño no hubiera empuñado las riendas con mano firme. A partir de entonces, Ammi mostró un mayor respeto por las historias que contaba Nahum, y se preguntó por qué los perros de Gardner parecían estar tan asustados y temblorosos cada mariana. Incluso habían perdido el ánimo para ladrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mes de febrero los chicos de McGregor, de Meadow Hill, salieron a cazar marmotas, y no lejos de las tierras de Gardner capturaron un ejemplar muy especial. Las proporciones de su cuerpo parecían ligeramente alteradas de un modo muy raro, imposible de describir, en tanto que su rostro tenía una expresión que hasta entonces nadie había visto en el rostro de una marmota. Los chicos quedaron francamente asustados y tiraron inmediatamente el animal, de modo que por la comarca sólo circuló la grotesca historia que los mismos chicos contaron. Pero esto, unido a la historia del conejo que asustaba a los caballos en las inmediaciones de la casa de Nahum, dio pie a que empezara a tomar cuerpo una leyenda, susurrada en voz baja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente aseguraba que la nieve se había fundido mucho más rápidamente en los alrededores de la casa de Nahum que en otras partes, y a principios de marzo se produjo una agitada discusión en la tienda de Potter, de Clark's Corners. Stephen Rice había pasado por las tierras de Gardner a primera hora de la mañana y se había dado cuenta de que la hierba fétida empezaba a crecer en todo el fangoso suelo. Hasta entonces no se había visto hierba fétida de aquel tamaño, y su color era tan raro que no podía ser descrito con palabras. Sus formas eran monstruosas, y el caballo había relinchado lastimeramente ante la presencia de un hedor que hirió también desagradablemente el olfato de Stephen. Aquella misma tarde, varias personas fueron a ver con sus propios ojos aquella anomalía, y todas estuvieron de acuerdo en que las plantas de aquella clase no podían brotar en un mundo saludable. Se mencionaron de nuevo los frutos amargos del otoño anterior, y corrió de boca en boca que las tierras de Nahum estaban emponzoñadas. Desde luego, se trataba del meteorito; y recordando lo extraño que les había parecido a los hombres de la Universidad, varios granjeros hablaron del asunto con ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día, hicieron una visita a Nahum; pero como se trataba de unos hombres que no prestaban crédito con facilidad a las leyendas, sus conclusiones fueron muy conservadoras. Las plantas eran raras, desde luego, pero toda la hierba fétida es más o menos rara en su forma y en su color. Quizás algún elemento mineral del meteorito había penetrado en la tierra, pero no tardaría en desaparecer. Y en cuanto a las huellas en la nieve y a los caballos asustados... se trataba únicamente de habladurías sin fundamento, que habían nacido a consecuencia de la caída del meteorito. Pero unos hombres serios no podían tener en cuenta las habladurías de los campesinos, ya que los supersticiosos labradores dicen y creen cualquier cosa. Ese fue el veredicto de los profesores acerca de los extraños días. Sólo uno de ellos, encargado de analizar dos redomas de polvo en el curso de una investigación policíaca, año y medio más tarde, recordó que el extraño color de la hierba fétida era muy parecido al de las insólitas bandas de luz que reveló el fragmento del meteoro en el espectroscopio de la Universidad, y al del glóbulo que encontraran en el interior de la piedra. En el análisis que el mencionado profesor llevó a cabo, las muestras revelaron al principio las mismas insólitas bandas, aunque más tarde perdieran la propiedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los árboles florecieron prematuramente alrededor de la casa de Nahum, y por la noche se mecían ominosamente al viento. El segundo hijo de Nahum, Thaddeus, un muchacho de quince años, juraba que los árboles se mecían también cuando no hacía viento; pero ni siquiera los más charlatanes prestaron crédito a esto. Desde luego, en el ambiente había algo raro. Toda la familia Gardner desarrolló la costumbre de quedarse escuchando, aunque no esperaban oír ningún sonido al cual pudieran dar nombre. La escucha era en realidad resultado de momentos en que la conciencia parecía haberse desvanecido en ellos. Desgraciadamente, esos momentos eran más frecuentes a medida que pasaban las semanas, hasta que la gente empezó a murmurar que toda la familia Nahum estaba mal de la cabeza. Cuando salió la primera saxífraga2, su color era también muy extraño; no completamente igual al de la hierba fétida, pero indudablemente afín a él e igualmente desconocido para cualquiera que lo viera. Nahum cogió algunos capullos y se los llevó a Arkham para enseñarlos al editor de la Gazette, pero aquel dignatario se limitó a escribir un artículo humorístico acerca de ellos, ridiculizando los temores y las supersticiones de los campesinos. Fue un error de Nahum contarle a un estólido ciudadano la conducta que observaban las mariposas -también de gran tamaño- en relación con aquellas saxífragas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abril aportó una especie de locura a las gentes de la comarca y empezaron a dejar de utilizar el camino que pasaba por los terrenos de Nahum, hasta abandonarlo por completo. Era la vegetación. Los renuevos de los árboles tenían unos extraños colores, y a través del suelo de piedra del patio y en los prados contiguos crecían unas plantas que solamente un botánico podía relacionar con la flora de la región. Pero lo más raro de todo era el colorido, que no correspondía a ninguno de los matices que el ojo humano había visto hasta entonces. Plantas y arbustos se convirtieron en una siniestra amenaza, creciendo insolentemente en su cromática perversión. Ammi y los Gardner opinaron que los colores tenían para ellos una especie de inquietante familiaridad, y llegaron a la conclusión de que les recordaban el glóbulo que había sido descubierto dentro del meteoro. Nahum labró y sembró los diez acres de terreno que poseía en la parte alta, sin tocar los terrenos que rodeaban su casa. Sabía que sería trabajo perdido y tenía la esperanza de que aquellas extrañas hierbas que estaban creciendo arrancarían toda la ponzoña del suelo. Ahora estaba preparado para cualquier cosa, por inesperada que pudiera parecer, y se había acostumbrado a la sensación de que cerca de él había algo que esperaba ser oído. El ver que los vecinos no se acercaban por su casa le molestó, desde luego; pero afectó todavía más a su esposa. Los chicos no lo notaron tanto porque iban a la escuela todos los días; pero no pudieron evitar el enterarse de las habladurías, las cuales los asustaron un poco, especialmente a Thaddeus, que era un muchacho muy sensible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En mayo llegaron los insectos y la hacienda de Gardner se convirtió en un lugar de pesadilla, lleno de zumbidos y de serpenteos. La mayoría de aquellos animales tenían un aspecto insólito y se movían de un modo muy raro, y sus costumbres nocturnas contradecían todas las anteriores experiencias. Los Gardner adquirieron el hábito de mantenerse vigilantes durante la noche. Miraban en todas direcciones en busca de algo..., aunque no podían decir de qué. Fue entonces cuando comprobaron que Thaddeus había estado en lo cierto al hablar de lo que ocurría con los árboles. La señora Gardner fue la primera en comprobarlo una noche que se encontraba en la ventana del cuarto contemplando la silueta de un arce que se recortaba contra un cielo iluminado por la luna. Las ramas del arce se estaban moviendo y no corría el menor soplo de viento. Cosa de la savia, seguramente. Las cosas más extrañas resultaban ahora normales. Sin embargo, el siguiente descubrimiento no fue obra de ningún miembro de la familia Gardner. Se habían familiarizado con lo anormal hasta el punto de no darse cuenta de muchos detalles. Y lo que ellos no fueron capaces de ver fue observado por un viajante de comercio de Boston, que pasó por allí una noche, ignorante de las leyendas que corrían por la región. Lo que contó en Arkham apareció en un breve artículo publicado por la Gazette; y aquel articulo fue lo que todos los granjeros, incluido Nahum, se echaron primero a los ojos. La noche había sido oscura, pero alrededor de una granja del valle -que todo el mundo supo que se trataba de la granja de Nahum- la oscuridad había sido menos intensa. Una leve aunque visible fosforescencia parecía surgir de toda la vegetación, y en un momento determinado un trozo de aquella fosforescencia se deslizó furtivamente por el patio que había cerca del granero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pastos no parecían haber sufrido los efectos de aquella insólita situación, y las vacas pacían libremente cerca de la casa, pero hacia finales de mayo la leche empezó a ser mala. Entonces Nahum llevó a las vacas a pacer a las tierras altas y la leche volvió a ser buena. Poco después el cambio en la hierba y en las hojas, que hasta entonces se habían mantenido normalmente verdes, pudo apreciarse a simple vista. Todas las hortalizas adquirieron un color grisáceo y un aspecto quebradizo. Ammi era ahora la única persona que visitaba a los Gardner, y sus visitas fueron espaciándose más y más. Cuando cerraron la escuela, por ser época de vacaciones, los Gardner quedaron virtualmente aislados del mundo, y a veces encargaban a Ammi que les hiciera sus compras en el pueblo. Continuaban desmejorando física y mentalmente, y nadie quedó sorprendido cuando circuló la noticia de que la señora Gardner se había vuelto loca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto ocurrió en junio, alrededor del aniversario de la caída del meteoro, y la pobre mujer empezó a gritar que veía cosas en el aire, cosas que no podía describir. En su desvarío no pronunciaba ningún nombre propio, sino solamente verbos y pronombres. Las cosas se movían, y cambiaban, y revoloteaban, y los oídos reaccionaban a impulsos que no eran del todo sonidos. Nahum no la envió al manicomio del condado, sino que dejó que vagabundeara por la casa mientras fuera inofensiva para sí misma y para los demás. Cuando su estado empeoró no hizo nada. Pero cuando los chicos empezaron a asustarse y Thaddeus casi se desmayó al ver la expresión del rostro de su madre al mirarlo, Nahum decidió encerrarla en el ático. En julio, la señora Gardner dejó de hablar y empezó a arrastrarse a cuatro patas, y antes de terminar el mes, Nahum se dio cuenta de que su esposa era ligeramente luminosa en la oscuridad, tal como ocurría con la vegetación de los alrededores de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto sucedió un poco antes de que los caballos se dieran a la fuga. Algo los había despertado durante la noche, y sus relinchos y su cocear habían sido algo terrible. A la mañana siguiente, cuando Nahum abrió la puerta del establo, los animales salieron disparados como alma que lleva el diablo. Nahum tardó una semana en localizar a los cuatro, y cuando los encontró se vio obligado a matarlos porque se habían vuelto locos y no había quién los manejara. Nahum le pidió prestado un caballo a Ammi para acarrear el heno, pero el animal no quiso acercarse al granero. Respingó, se encabritó y relinchó, y al final tuvieron que dejarlo en el patio, mientras los hombres arrastraban el carro hasta situarlo junto al granero. Entretanto, la vegetación iba tomándose gris y quebradiza. Incluso las flores, cuyos colores habían sido tan extraños, se volvían grises ahora, y la fruta era gris y enana e insípida. Las jarillas y el trébol dorado dieron flores grises y deformes, y las rosas, las rascamoños y las malvarrosas del patio delantero tenían un aspecto tan horrendo, que Zenas, el mayor de los hijos de Nahum, las cortó todas. Al mismo tiempo fueron muriéndose todos los insectos, incluso las abejas que habían abandonado sus colmenas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En septiembre toda la vegetación se había desmenuzado, convirtiéndose en un polvillo grisáceo, y Nahum temió que los árboles murieran antes de que la ponzoña se hubiera desvanecido del suelo. Su esposa tenía ahora accesos de furia, durante los cuales profería unos gritos terribles, y Nahum y sus hijos vivían en un estado de perpetua tensión nerviosa. No se trataban ya con nadie, y cuando la escuela volvió a abrir sus puertas los chicos no acudieron a ella. Fue Ammi, en una de sus raras visitas, quien descubrió que el agua del pozo ya no era buena. Tenía un gusto endiablado, que no era exactamente fétido ni exactamente salobre, y Ammi aconsejó a su amigo que excavara otro pozo en las tierras altas para utilizarlo hasta que el suelo volviera a ser bueno. Sin embargo, Nahum no hizo el menor caso de aquel consejo, ya que había llegado a impermeabilizarse contra las cosas raras y desagradables. Él y sus hijos siguieron utilizando la teñida agua del pozo, bebiéndola con la misma indiferencia con que comían sus escasos y mal cocidos alimentos y conque realizaban sus improductivas y monótonas tareas a través de unos días sin objetivo. Había algo de estólida resignación en todos ellos, como si anduvieran en otro mundo entre hileras de anónimos guardianes hacia un lugar familiar y seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Thaddeus se volvió loco en septiembre, después de una visita al pozo. Había ido allí con un cubo y había regresado con las manos vacías, encogiendo y agitando los brazos y murmurando algo acerca de "los colores movibles que había allí abajo". Dos locos en una familia representaban un grave problema, pero Nahum se portó valientemente. Dejó que el muchacho se moviera a su antojo durante una semana, hasta que empezó a portarse peligrosamente, y entonces lo encerró en el ático, enfrente de la habitación ocupada por su madre. El modo como se gritaban el uno al otro desde detrás de sus cerradas puertas era algo terrible, especialmente para el pequeño Merwin, que imaginaba que su madre y su hermano hablaban en algún terrible lenguaje que no era de este mundo. Merwin se estaba convirtiendo en un chiquillo peligrosamente imaginativo, y su estado empeoró desde que encerraron al hermano que había sido su mejor compañero de juegos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi al mismo tiempo empezó la mortalidad entre el ganado. Las aves de corral adquirieron un color gris y murieron rápidamente. Los cerdos engordaron desordenadamente y luego empezaron a experimentar repugnantes cambios que nadie podía explicar. Su carne era desaprovechable, desde luego, y Nahum no sabía qué pensar ni qué hacer. Ningún veterinario rural quiso acercarse a su casa, y el veterinario de Arkham quedó francamente desconcertado. La cosa resultaba tanto más inexplicable por cuanto aquellos animales no habían sido alimentados con la vegetación emponzoñada. Luego les llegó el turno a las vacas. Ciertas zonas, y a veces el cuerpo entero, aparecieron anormalmente hinchadas o comprimidas, y aquellos síntomas fueron seguidos de atroces colapsos o desintegraciones. En las últimas fases -que terminaban siempre con la muerte- adquirían un color grisáceo y un aspecto quebradizo, tal como había ocurrido con los cerdos. En el caso de las vacas no podía hablarse de veneno, ya que estaban encerradas en mi establo. Ninguna mordedura de un animal salvaje podía haber inoculado el virus, ya que no hay ningún animal terrestre que pueda pasar a través de obstáculos sólidos. Debía tratarse de una enfermedad natural..., aunque resultaba imposible conjeturar qué clase de enfermedad producía aquellos terribles resultados. En la época de la cosecha no quedaba ningún animal vivo en la casa, ya que el ganado y las aves de corral habían muerto y los perros habían huido. Los perros, en número de tres, habían desaparecido una noche y no volvieron a aparecer. Los cinco gatos se habían marchado un poco antes, pero su desaparición apenas fue notada, ya que en la casa no había ahora ratones y únicamente la señora Gardner sentía cierto afecto por los graciosos felinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 19 de octubre Nahum se presentó en casa de Ammi con espantosas noticias. La muerte había sorprendido al pobre Thaddeus en su habitación del ático, y lo habla sorprendido de un modo que no podía ser contado. Nahum había excavado una tumba en la parte trasera de la granja y había metido allí lo que encontró en la habitación. En la habitación no podía haber entrado nadie, ya que la pequeña ventana enrejada y la cerradura de la puerta estaban intactas; pero lo sucedido tenía muchos puntos de contacto con lo ocurrido en el establo. Ammi y su esposa consolaron al atribulado granjero lo mejor que pudieron, aunque no consiguieron evitar un estremecimiento. El horror parecía rondar alrededor de los Gardner y de todo lo que tocaban, y la sola presencia de uno de ellos en la casa era como un soplo de regiones innominadas e innominables. Ammi acompañó a Nahum a su hogar de muy mala gana e hizo lo que pudo para calmar los histéricos sollozos del pequeño Merwin. Zenas no necesitaba ser calmado. Se encontraba en un estado de completo atontamiento y se limitaba a mirar fijamente un punto indeterminado del espacio y a obedecer lo que su padre le ordenaba. Y Ammi pensó que ese estado de abulia era lo mejor que podía ocurrirle. De cuando en cuando los gritos de Merwin eran contestados desde el ático, y en respuesta a una mirada interrogadora Nahum dijo que su esposa estaba muy débil. Cuando se acercaba la noche, Ammi se las arregló para marcharse, ya que ningún sentimiento de amistad podía hacerle permanecer en aquel lugar cuando la vegetación empezaba a brillar débilmente y los árboles podían o no moverse sin que soplara el viento. Era una verdadera suerte para Ammi el hecho de que no fuese una persona imaginativa. De haberlo sido, de haber podido relacionar y reflexionar sobre todos los portentos que lo rodeaban, no cabe duda de que hubiese perdido la chaveta. A la hora del crepúsculo regresó apresuradamente a su casa, sintiendo resonar terriblemente en sus oídos los gritos de la loca y del pequeño Merwin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres días más tarde Nahum se presentó en casa de Ammi muy de mañana, y en ausencia de su huésped le contó a la señora Pierce una horrible historia que ella escuchó temblando de miedo. Esta vez se trataba del pequeño Merwin. Había desaparecido. Había salido de la casa cuando ya era de noche con un farol y un cubo para traer agua, y no había regresado. Hacía días que su estado no era normal y se asustaba de todo. El padre oyó un frenético grito en el patio, pero cuando abrió la puerta y se asomó el muchacho había desaparecido. No se veía ni rastro de él, y en ninguna parte brillaba el farol que se había llevado. En aquel momento, Nahum creyó que el farol y el cubo habían desaparecido también; pero al hacerse de día, y al regreso de su búsqueda de toda la noche por campos y bosques, Nahum había descubierto unas cosas muy raras cerca del pozo: una retorcida y semifundida masa de hierro, que había sido indudablemente el farol; y junto a ella un asa doblada junto a otra masa de hierro, asimismo retorcida y semifundida, que correspondía al cubo. Eso fue todo. Nahum imaginaba lo inimaginable. La señora Pierce estaba como atontada, y Ammi, cuando llegó a casa y oyó la historia, no pudo dar ninguna opinión. Merwin había desaparecido y sería inútil decírselo a la gente que vivía en aquellos alrededores y que huían de los Gardner como de la peste. Tan inútil como decírselo a los ciudadanos de Arkham que se reían de todo. Thad había desaparecido, y ahora había desaparecido Merwin. Algo estaba arrastrándose y arrastrándose, esperando ser visto y oído. Nahum no tardaría en morirse, y deseaba que Ammi velara por su esposa y por Zenas, si es que lo sobrevivían. Todo aquello era un castigo de alguna clase, aunque Nahum no podía adivinar a qué se debía, ya que siempre había vivido en el santo temor de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante más de dos semanas, Ammi no tuvo ninguna noticia de Nahum; y entonces, preocupado por lo que pudiera haber ocurrido, dominó sus temores y efectuó una visita a la casa de los Gardner. De la chimenea no salía humo y por unos instantes el visitante temió lo peor. El aspecto de la granja era impresionante: hierba y hojas grisáceas en el suelo, parras cayéndose a pedazos de arcaicas paredes y aleros, y enormes árboles desnudos silueteándose malignamente contra el gris cielo de noviembre. Ammi no pudo dejar de notar que se habla producido un sutil cambio en la inclinación de las ramas. Pero Nahum estaba vivo, después de todo. Estaba muy débil y reposaba en un catre en la cocina de techo bajo, pero conservaba la lucidez y seguía dando órdenes a Zenas. La estancia estaba mortalmente fría; y al ver que Ammi se estremecía, Nahum le gritó a Zenas que trajera más leña. La leña, en realidad, era muy necesaria, ya que el cavernoso hogar estaba apagado y vacío, y el viento que se filtraba chimenea abajo era helado. De pronto, Nahum le preguntó si la leña que había traído su hijo lo hacía sentirse más cómodo, y entonces Ammi se dio cuenta de lo que había ocurrido. Finalmente, la mente del granjero había dejado de resistir a la intensa presión de los acontecimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Interrogando discretamente a su vecino, Ammi no consiguió poner en claro lo que le había sucedido a Zenas. "En el pozo... vive en el pozo...", fue todo lo que su padre dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego el visitante recordó súbitamente a la esposa loca y cambió de tema. "¿Nabby? Está aquí, desde luego...", fue la sorprendida respuesta del pobre Nahum, y Ammi no tardó en darse cuenta de que tendría que investigar por sí mismo. Dejando al inofensivo granjero en su catre, cogió las llaves que estaban colgadas detrás de la puerta y subió los chirriantes escalones que conducían al ático. La parte alta de la casa estaba completamente silenciosa y no se oía el menor ruido en ninguna dirección. De las cuatro puertas a la vista, sólo una estaba cerrada, y en ella probó Ammi varias llaves del manojo que había cogido. A la tercera tentativa la cerradura giró, y Ammi empujó la puerta pintada de blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El interior de la habitación estaba completamente a oscuras, ya que la ventana era muy pequeña y estaba medio tapada por las rejas de hierro; y Ammi no pudo ver absolutamente nada. El aire estaba muy viciado, y antes de seguir adelante tuvo que entrar en otra habitación y llenarse los pulmones de aire respirable. Cuando volvió a entrar vio algo oscuro en un rincón, y al acercarse no pudo evitar un grito de espanto. Mientras gritaba creyó que una nube momentánea había tapado la escasa claridad que penetraba por la ventana, y un segundo después se sintió rozado por una espantosa corriente de vapor. Unos extraños colores danzaron ante sus ojos; y si el horror que experimentaba en aquellos momentos no le hubiera impedido coordinar sus ideas hubiera recordado el glóbulo que el martillo de geólogo había aplastado en el interior del meteorito, y la malsana vegetación que habla crecido durante la primavera. Pero, en el estado en que se hallaba, sólo pudo pensar en la horrible monstruosidad que tenía enfrente, y que sin duda alguna había compartido la desconocida suerte del joven Thaddeus y del ganado. Pero lo más terrible de todo era que aquel horror se movía lenta y visiblemente mientras continuaba desmenuzándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ammi no me dio más detalles de aquella escena, pero la forma del rincón no reapareció en su relato como un objeto movible. Hay cosas que no pueden ser mencionadas, y lo que se hace por humanidad es a veces cruelmente juzgado por la ley. Comprendí que en aquella habitación del ático no quedó nada que se moviera, y que no dejar allí nada capaz de moverse debió de ser algo horripilante y capaz de acarrear un tormento eterno. Cualquiera, no tratándose de un estólido granjero, se hubiera desmayado o enloquecido, pero Ammi volvió a cruzar el umbral de la puerta pintada de blanco y encerró el espantoso secreto detrás de él. Ahora debía ocuparse de Nahum; éste tenía que ser alimentado y atendido, y trasladado a algún lugar donde pudieran cuidarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando empezaba a bajar la oscura escalera, Ammi oyó un estrépito debajo de él. Incluso le pareció haber oído un grito, y recordó nerviosamente la corriente de vapor que lo había rozado mientras se hallaba en la habitación del ático. Oprimido por un vago temor, oyó más ruidos debajo suyo. Indudablemente estaban arrastrando algo pesado, y al mismo tiempo se oía un sonido todavía más desagradable, como el que produciría una fuerte succión. Sintiendo aumentar su terror, pensó en lo que había visto en el ático. ¡Santo cielo! ¿En qué fantástico mundo de pesadilla había penetrado? No se atrevió a avanzar ni a retroceder, y permaneció inmóvil, temblando, en la negra curva del rellano de la escalera. Cada detalle de la escena estallaba de nuevo en su cerebro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente se oyó un frenético relincho proferido por el caballo de Ammi, seguido inmediatamente por un ruido de cascos que hablaba de una precipitada fuga. Al cabo de un instante, caballo y calesa estaban fuera del alcance del oído, dejando al asustado Ammi, inmóvil en la oscura escalera, la tarea de conjeturar qué podía haberlos impulsado a desaparecer tan repentinamente. Pero aquello no fue todo. Se produjo otro ruido fuera de la casa. Una especie de chapoteo en el agua..., debió de haber sido en el pozo. Ammi había dejado a Hero desatado cerca del pozo, y algún animalito debió meterse entre sus patas, asustándolo, y dejándose caer después en el pozo. Y la casa seguía brillando con una pálida fosforescencia. ¡Dios mío! ¡Qué antigua era la casa! La mayor parte de ella edificada antes de 1670, y el tejado holandés más tarde de 1730.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel momento se oyó el ruido de algo que se arrastraba por el suelo de la planta baja, y Ammi aferró con fuerza el palo que había cogido en el ático sin ningún propósito determinado. Procurando dominar sus nervios, terminó su descenso y se dirigió a la cocina. Pero no llegó a ella, ya que lo que buscaba no estaba ya allí. Había salido a su encuentro, y hasta cierto punto estaba aún vivo. Si se había arrastrado o si había sido arrastrado por fuerzas externas, es cosa que Ammi no hubiera podido decir; pero la muerte había tomado parte en ello. Todo había ocurrido durante la última media hora, pero el proceso de desintegración estaba ya muy avanzado. Había allí una horrible fragilidad, debida a lo quebradizo de la materia, y del cuerpo se desprendían fragmentos secos. Ammi no pudo tocarlo, limitándose a contemplar horrorizado la retorcida caricatura de lo que había sido un rostro. "¿Qué ha pasado, Nahum..., qué ha pasado?", susurró, y los agrietados y tumefactos labios apenas pudieron murmurar una respuesta final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Nada..., nada...; el color... quema...; frío y húmedo, pero quema...; vive en el pozo..., lo he visto..., una especie de humo... igual que las flores de la pasada primavera...; el pozo brilla por la noche... Se llevó a Thad, y a Merwin, y a Zenas..., todas las cosas vivas...; sorbe la vida de todas las cosas...; en aquella piedra tuvo que llegar en aquella piedra...; la aplastaron...; era el mismo color..., el mismo, como las flores y las plantas...; tiene que haber más...; crecieron..., lo he visto esta semana...; tuvo que darle fuerte a Zenas...; era un chico fuerte, lleno de vida...; le golpea a uno la mente y luego se apodera de él...; quema mucho...; en el agua del pozo...; no pueden sacarlo de allí..., ahogarlo... Se ha llevado también a Zenas...; tenías razón...; el agua está embrujada... ¿Cómo está Nabby, Ammi?... Mi cabeza no funciona...; no sé cuánto hace que no le he subido comida...; la cosa la atacó también a ella...; el color...; su rostro tiene el mismo color por las noches..., y el color quema y sorbe; procede de algún lugar donde las cosas no son como aquí...; uno de los profesores lo dijo...; tenía razón, mira, Ammi, está sorbiendo más..., sorbiendo la vida..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso fue todo. La cosa que había hablado no podía hablar más porque se había encogido completamente. Ammi lo cubrió con un mantel a cuadros blancos y rojos y salió de la casa por la puerta trasera. Trepó por la ladera que conducía a las tierras altas y regresó a su hogar por el camino del Norte y los bosques. No pudo pasar junto al pozo desde el cual había huido su caballo. Miró hacia el pozo a través de una ventana y recordó el chapoteo que había oído..., el chapoteo de algo que se había sumergido en el pozo después de lo que había hecho con el desdichado Nahum...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Ammi llegó a su casa se encontró con que el caballo y la calesa lo habían precedido; su esposa lo aguardaba llena de ansiedad. Después de tranquilizarla, sin darle ninguna explicación, se dirigió a Arkham y notificó a las autoridades que la familia Gardner ya no existía. No entró en detalles, limitándose a hablar de las muertes de Nahum y de Nabby; la de Thaddeus era ya conocida, y dijo que la causa de la muerte parecía ser la misma extraña dolencia que había atacado al ganado. También dijo que Merwin y Zenas habían desaparecido. En la jefatura de policía lo interrogaron ampliamente, y al final se vio obligado a acompañar a tres agentes a la granja de Gardner, juntamente con el fiscal, el médico forense y el veterinario que había atendido a los animales enfermos. Ammi fue con ellos de muy mala gana, ya que la tarde estaba muy avanzada y temía que la noche lo cogiera en aquel lugar maldito, aunque era un consuelo saber que iba a estar acompañado de tantos hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los seis hombres montaron en un carro, siguiendo a la calesa de Ammi, y llegaron a la granja alrededor de las cuatro. A pesar de que los agentes estaban acostumbrados a presenciar espectáculos horripilantes, todos se estremecieron a la vista de lo que fue encontrado debajo del mantel a cuadros rojos y blancos, y en la habitación del ático. El aspecto de la granja, con su desolación gris, era ya bastante terrible, pero aquellos dos retorcidos objetos sobrepasaban toda medida de horror. Nadie pudo contemplarlos más allá de un par de segundos, e incluso el médico forense admitió que allí había muy poco que examinar. Podían analizarse unas muestras, desde luego, de modo que él mismo se encargó de agenciárselas..., y al parecer aquellas muestras provocaron el más inextricable rompecabezas con que se enfrentara nunca el laboratorio de la Universidad. Bajo el espectroscopio, las muestras revelaron un espectro desconocido, muchas de cuyas bandas eran iguales que las que había revelado el extraño meteoro al ser analizado. La propiedad de emitir aquel espectro se desvaneció en un mes, y el polvo consistía principalmente en fosfatos y carbonatos alcalinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ammi no les hubiera hablado del pozo de haber sabido que iban a actuar inmediatamente. Se acercaba la puesta de sol y estaba ansioso por marcharse de allí. Pero no pudo evitar el dirigir miradas nerviosas al pozo, cosa que fue observada por uno de los policías, el cual lo interrogó. Ammi admitió que Nahum había temido a algo que estaba escondido en el pozo... hasta el punto de que no se había atrevido a comprobar si Merwin o Zenas se habían caído dentro. La policía decidió vaciar el pozo y explorarlo inmediatamente, de modo que Ammi tuvo que esperar, temblando, mientras el pozo era vaciado cubo a cubo. El agua hedía de un modo insoportable, y los hombres tuvieron que taparse las narices con sus pañuelos para poder terminar la tarea. Menos mal que el trabajo no fue tan largo como habían creído, ya que el nivel del agua era sorprendentemente bajo. No es necesario hablar con demasiados detalles de lo que encontraron. Merwin y Zenas estaban allí los dos, aunque sus restos eran principalmente esqueléticos. Había también un pequeño cordero y un perro grande en el mismo estado de descomposición, aproximadamente, y cierta cantidad de huesos de animales más pequeños. El limo del fondo parecía inexplicablemente poroso y burbujeante, y un hombre que bajó atado a una cuerda y provisto de una larga pértiga se encontró con que podía hundir la pértiga en el fango en toda su longitud sin encontrar ningún obstáculo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche se estaba echando encima y entraron en la casa en busca de faroles. Luego, cuando vieron que no podían sacar nada más del pozo, volvieron a entrar en la casa y conferenciaron en la antigua sala de estar mientras la intermitente claridad de una espectral media luna iluminaba a intervalos la gris desolación del exterior. Los hombres estaban francamente perplejos ante aquel caso y no podían encontrar ningún elemento convincente que relacionara las extrañas condiciones de los vegetales, la desconocida enfermedad del ganado y de las personas, y las inexplicables muertes de Merwin y Zenas en el pozo. Habían oído los comentarios y las habladurías de la gente, desde luego; pero no podían creer que hubiese ocurrido algo contrario a las leyes naturales. Era evidente que el meteoro había emponzoñado el suelo pero la enfermedad de personas y animales que no habían comido nada crecido en aquel suelo era harina de otro costal. ¿Se trataba del agua del pozo? Posiblemente. No sería mala idea analizarla. Pero ¿por qué singular locura se habían arrojado los dos muchachos al pozo? Habían actuado de un modo muy similar... y sus restos demostraban que los dos habían padecido a causa de la muerte quebradiza y gris. ¿Por qué todas las cosas se volvían grises y quebradizas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fiscal, sentado junto a una ventana que daba al patio, fue el primero en darse cuenta de la fosforescencia que había alrededor del pozo. La noche había caído del todo, y los terrenos que rodeaban la granja parecían brillar débilmente con una luminosidad que no era la de los rayos de la luna; pero aquella nueva fosforescencia era algo definido y distinto, y parecía surgir del negro agujero como la claridad apagada de un faro, reflejándose amortiguadamente en las pequeñas charcas que el agua vaciada del pozo había formado en el suelo. La fosforescencia tenía un color muy raro, y mientras todos los hombres se acercaban a la ventana para contemplar el fenómeno, Ammi lanzó una violenta exclamación. El color de aquella fantasmal fosforescencia le resultaba familiar. Lo había visto antes, y se sintió lleno de temor ante lo que podía significar. Lo había visto en aquel horrendo glóbulo quebradizo hacía dos veranos, lo había visto en la vegetación durante la primavera, y había creído verlo por un instante aquella misma mañana contra la pequeña ventana enrejada de la horrible habitación del ático donde habían ocurrido cosas que no tenían explicación. Había brillado allí por espacio de un segundo, y una espantosa corriente de vapor lo había rozado..., y luego el pobre Nahum habla sido arrastrado por algo de aquel color. Nahum lo había dicho al final..., había dicho que era como el glóbulo y las plantas. Después se había producido la fuga en el patio y el chapoteo en el pozo..., y ahora aquel pozo estaba proyectando a la noche un pálido e insidioso reflejo del mismo diabólico color.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una prueba fehaciente de la viveza mental de Ammi es que en aquel momento de suprema tensión se sintió intrigado por algo que era fundamentalmente científico. Se preguntó cómo era posible recibir la misma impresión de una corriente de vapor deslizándose en pleno día por una ventana abierta al cielo matinal, y de una fosforescencia nocturna proyectándose contra el negro y desolado paisaje. No era lógico..., resultaba antinatural... Y entonces recordó las últimas palabras pronunciadas por su desdichado amigo: "Procede de algún lugar donde las cosas no son como aquí..., uno de los profesores lo dijo..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres caballos que se encontraban en el exterior de la casa, atados a unos árboles junto al camino, estaban ahora relinchando y coceando frenéticamente. El conductor del carro se dirigió hacia la puerta para ver qué sucedía, pero Ammi apoyó una mano en su hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No salga usted -susurró-. No sabemos lo que sucede ahí afuera. Nahum dijo que en el pozo vivía algo que sorbía la vida. Dijo que era algo que había surgido de una bola redonda como la que vimos dentro del meteorito que cayó aquí hace más de un año. Dijo que quemaba y sorbía, y que era una nube de color como la fosforescencia que ahora sale del pozo, y que nadie puede saber lo que es. Nahum creía que se alimentaba de todo lo viviente y afirmó que lo había visto la pasada semana. Tiene que ser algo caído del cielo, igual que el meteorito, tal como dijeron los profesores de la Universidad. Su forma y sus actos no tienen nada que ver con el mundo de Dios. Es algo que procede del más allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que el hombre se detuvo, indeciso, mientras la fosforescencia que salía del pozo se hacía más intensa y los caballos coceaban y relinchaban con creciente frenesí. Fue realmente un espantoso momento; con los restos monstruosos de cuatro personas -dos en la misma casa y dos en el pozo-, y aquella desconocida iridiscencia que surgía de las fangosas profundidades. Ammi había cerrado el paso al conductor del carro llevado por un repentino impulso, olvidando que a él mismo no le había sucedido nada después de ser rozado por aquella horrible columna de vapor en la habitación del ático, pero no se arrepentía de haberlo hecho. Nadie podía saber lo que había aquella noche en el exterior; nadie podía conocer la índole de los peligros que podían acechar a un hombre enfrentado con una amenaza completamente desconocida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, uno de los policías que estaba en la ventana profirió una exclamación. Los demás se le quedaron mirando, y luego siguieron la dirección de los ojos de su compañero. No había necesidad de palabras. Lo que había de discutible en las habladurías de los campesinos ya no podría ser discutido en adelante porque allí había seis testigos de excepción, media docena de hombres que, por la índole de sus profesiones, no creían más que lo que veían con sus propios ojos. Ante todo es necesario dejar sentado que a aquella hora de la noche no soplaba ningún viento. Poco después empezó a soplar, pero en aquel momento el aire estaba completamente inmóvil. Y, sin embargo, en medio de aquella tensa y absoluta calma, los árboles del patio estaban moviéndose. Se movían morbosa y espasmódicamente, agitando sus desnudas ramas, en convulsivas y epilépticas sacudidas, hacia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando con impotencia el aire inmóvil, como empujados por una misteriosa fuerza subterránea que ascendiera desde debajo de las negras raíces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por espacio de unos segundos todos los hombres reunidos en la granja de Gardner contuvieron el aliento. Luego, una nube más oscura que las demás veló la luna, y la silueta de las agitadas ramas se disipó momentáneamente. En aquel instante un grito de espanto se escapó de todas las gargantas, ya que el horror no se había desvanecido con la silueta, y en un pavoroso momento de oscuridad más profunda los hombres vieron retorcerse en la copa del más alto de los árboles un millar de diminutos puntos fosforescentes, brillando como el fuego de San Telmo o como las lenguas de fuego que descendieron sobre las cabezas de los Apóstoles el día de Pentecostés. Era una monstruosa constelación de luces sobrenaturales, como un enjambre de luciérnagas necrófagas bailando una infernal zarabanda sobre una ciénaga maldita; y su color era el mismo que Ammi había llegado a reconocer y a temer. Entretanto, la fosforescencia del pozo se hacía cada vez más brillante, infundiendo en los hombres reunidos en la granja una sensación de anormalidad que anulaba cualquier imagen que sus mentes conscientes pudieran formar. Ya no brillaba: estaba vertiéndose hacia afuera. Y mientras la informe corriente de indescriptible color abandonaba el pozo, parecía flotar directamente hacia el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El veterinario se estremeció y se acercó a la puerta para echar la doble barra. Ammi estaba también muy impresionado y tuvo que limitarse a señalar con la mano, por falta de voz, cuando quiso llamar la atención de los demás sobre la creciente luminosidad de los árboles. Los relinchos de los caballos se habían convertido en algo espantoso, pero ni uno solo de aquellos hombres se hubiese aventurado a salir por nada del mundo. El brillo de los árboles fue en aumento, mientras sus inquietas ramas parecían extenderse más y más hacia la verticalidad. De pronto se produjo una intensa conmoción en el camino, y cuando Ammi alzó la lámpara para que proyectara un poco más de claridad al exterior, comprobaron que los frenéticos caballos habían roto sus ataduras y huían enloquecidos con el carro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La impresión sirvió para soltar varias lenguas y se intercambiaron inquietos susurros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se extiende sobre todas las cosas orgánicas que hay por aquí -murmuró el médico forense.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie contestó, pero el hombre que había bajado al pozo aventuró la opinión de que su pértiga debió de haber removido algo intangible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Fue algo terrible -añadió-. No había fondo de ninguna clase. Únicamente fango, y burbujas, y la sensación de algo oculto debajo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caballo de Ammi seguía coceando y relinchando desesperadamente en el camino exterior y casi ahogó el débil sonido de la voz de su dueño mientras éste murmuraba sus deshilvanadas reflexiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Salió de aquella piedra..., fue creciendo y alimentándose de todas las cosas vivas...; se alimentaba de ellas, alma y cuerpo... Thad y Merwin, Zenas y Nabby... Nahum fue el último... Todos bebieron agua del... Se apoderó de ellos... Llegó del más allá, donde las cosas no son como aquí..., y ahora regresa al lugar de donde procede...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel momento, mientras la columna de desconocido color brillaba con repentina intensidad y empezaba a entrelazase, con fantásticas sugerencias de forma que cada uno de los espectadores describió más tarde de un modo distinto, el desdichado Hello profirió un aullido que ningún hombre había oído nunca salir de la garganta de un caballo. Todos los que estaban en la casa se taparon los oídos, y Ammi se apartó de la ventana horrorizado. Cuando miró de nuevo hacia el exterior, el pobre animal yacía inerte en el suelo bañado por la luz de la luna entre las astilladas varas de la calesa. Y allí se quedó hasta que lo enterraron al día siguiente. Pero el momento presente no permitía entregarse a lamentaciones, ya que casi en el mismo instante uno de los policías les llamó silenciosamente la atención sobre algo terrible que estaba sucediendo en el interior de la habitación donde se encontraban. Donde no alcanzaba la claridad de la lámpara podía verse una débil fosforescencia que había empezado a invadir toda la estancia. Brillaba en el suelo de tablas y en la raída alfombra, y resplandecía débilmente en los marcos de las pequeñas ventanas. Corría de un lado para otro, llenando puertas y muebles. A cada momento se hacía más intensa, y al final se hizo evidente que las cosas vivientes debían abandonar enseguida aquella casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ammi les mostró la puerta trasera y el camino que conducía a las tierras altas. Avanzaron con paso inseguro, como sonámbulos, y no se atrevieron a mirar atrás hasta que llegaron al camino del Norte. Ninguno de ellos hubiera osado pasar por el camino que discurría junto al pozo... Cuando miraron atrás, hacia el valle y la distante granja de Gardner, contemplaron un horrible espectáculo. Toda la granja brillaba con el espantoso y desconocido color; árboles, edificaciones e incluso la hierba que no había sido transformada aún en quebradiza y gris. Las ramas estaban todas extendidas hacia el cielo, coronadas con lenguas de fuego, y radiantes goterones del mismo monstruoso fuego ardían encima de la casa, del granero y de los cobertizos. Era una escena de una visión de Fusell, y sobre todo el resto reinaba aquella borrachera de luminoso amorfismo, aquel extraño arco iris de misterioso veneno del pozo..., hirviendo, saltando, centelleando y burbujeando malignamente en su cósmico e irreconocible cromatismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, súbitamente, la horrible cosa salió disparada verticalmente hacia el cielo, como un cohete o un meteoro, sin dejar ningún rastro detrás de ella y desapareciendo a través de un redondo y curiosamente simétrico agujero abierto en las nubes, antes de que ninguno de los hombres pudiera expresar su asombro. Ningún espectador podría olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando estúpidamente el camino que habla seguido el color hasta mezclarse con las estrellas de la Vía Láctea. Pero su mirada fue atraída inmediatamente hacia la tierra por el estrépito que acababa de producirse en el valle. Había sido un estrépito, y no una explosión, como afirmaron algunos de los componentes del grupo. Pero el resultado fue el mismo, ya que en un caleidoscópico instante la granja y sus alrededores parecieron estallar, enviando hacia el cenit una nube de coloreados y fantásticos fragmentos. Los fragmentos se desvanecieron en el aire, dejando una nube de vapor que al cabo de un segundo se había desvanecido también. Los asombrados espectadores decidieron que no valía la pena esperar a que volviera a salir la luna para comprobar los efectos de aquel cataclismo en la granja de Nahum.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Demasiado asustados incluso para aventurar alguna teoría, los siete hombres regresaron a Arkham por el camino del Norte. Ammi estaba peor que sus compañeros y les suplicó que lo acompañaran hasta su casa en vez de dirigirse directamente al pueblo. Por nada del mundo hubiera cruzado el bosque solo a aquella hora de la noche. Estaba más asustado que los demás porque había sufrido una impresión que los otros se habían ahorrado, y se sentía oprimido por un temor que por espacio de muchos años no se atrevió a mencionar. Mientras el resto de los espectadores en aquella tempestuosa colina había vuelto estólidamente sus rostros al camino, Ammi había mirado hacia atrás por un instante para contemplar el sombrío valle de desolación al que tantas veces había acudido. Y había visto algo que se alzaba débilmente para hundirse de nuevo en el lugar desde el cual el informe horror había salido disparado hacia el cielo. Era solamente un color..., aunque no era ningún color de nuestra tierra ni de los cielos. Y porque Ammi reconoció aquel color, y supo que sus últimos y débiles restos debían seguir ocultos en el pozo, nunca ha estado completamente cuerdo desde entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ammi no se acercaría a aquel lugar por nada del mundo. Hace cuarenta y cuatro años que sucedieron los hechos que acabo de narrar, pero Ammi no ha vuelto a pisar aquellas tierras y le alegra saber que pronto quedarán enterradas debajo de las aguas. También a mí me alegra la idea, ya que no me gustó nada ver cómo cambiaba de color la luz del sol al reflejarse en aquel abandonado pozo. Espero que el agua será siempre muy profunda, pero aunque así sea nunca la beberé. No creo que regrese a la región de Arkham. Tres de los hombres que habían estado con Ammi volvieron al día siguiente para ver las ruinas a la luz del día, pero en realidad no había ruinas. Únicamente los ladrillos de la chimenea, las piedras de la bodega, algunos restos minerales y metálicos, y el brocal de aquel nefando pozo. A excepción del caballo de Ammi, que enterraron aquella misma mañana, y de la calesa, que no tardaron en devolver a su dueño, todas las cosas que habían tenido vida habían desaparecido. Sólo quedaban cinco acres de desierto polvoriento y grisáceo, y desde entonces no ha crecido en aquellos terrenos ni una brizna de hierba. En la actualidad aparece como una gran mancha comida por el ácido en medio de los bosques y campos, y los pocos que se han atrevido a acercarse por allí a pesar de las leyendas campesinas le han dado el nombre de "erial maldito".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las leyendas campesinas son muy extrañas. Y podrían ser incluso más extrañas si los hombres de la ciudad y los químicos universitarios tuvieran el interés suficiente para analizar el agua de aquel pozo olvidado, o el polvo gris que ningún viento parece dispersar. Los botánicos podrían estudiar también la sorprendente flora que crece en los límites de aquellos terrenos, ya que de este modo podrían confirmar o refutar lo que dice la gente: que la zona emponzoñada está extendiéndose poco a poco, quizás una pulgada al año... La gente dice que el color de la hierba que crece en aquellos alrededores no es el que le corresponde y que los animales salvajes dejan extrañas huellas en la nieve cuando llega el invierno. La nieve no parece cuajar tanto en el erial maldito como en otros lugares. Los caballos -los pocos que quedan en esta época motorizada- se ponen nerviosos en el silencioso valle; y los cazadores no pueden acercarse con sus perros a las inmediaciones del erial maldito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicen también que las influencias mentales son muy malas, y que todos los que han tratado de establecerse allí, extranjeros en su inmensa mayoría, han tenido que marcharse acosados por extrañas fantasías y sueños. Ningún viajero ha dejado de experimentar una sensación de extrañeza en aquellas profundas hondonadas, y los artistas tiemblan mientras pintan unos bosques cuyo misterio es tanto de la mente como de la vista. Y yo mismo estoy sorprendido de la sensación que me produjo mi único paseo solitario por aquellos lugares antes de que Ammi me contara su historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me pregunten mi opinión. No sé: esto es todo. La única persona que podía ser interrogada acerca de los extraños días es Ammi, ya que la gente de Arkham no quiere hablar de este asunto, y los tres profesores que vieron el meteorito y su coloreado glóbulo están muertos. ¿Había otros glóbulos? Probablemente. Uno de ellos consiguió alimentarse y escapar, en tanto que otro no había podido alimentarse suficientemente y continuaba en el pozo... Los campesinos dicen que la zona emponzoñada se ensancha una pulgada cada año, de modo que tal vez existe algún tipo de crecimiento o de alimentación incluso ahora. Pero, sea lo que sea lo que haya allí, tiene que verse trabado por algo, ya que de no ser así se extendería rápidamente. ¿Está atado a las raíces de aquellos árboles que arañan el aire?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que es, sólo Dios lo sabe. En términos de materia, supongo que la cosa que Ammi describió puede ser llamada un gas, pero aquel gas obedecía a unas leyes que no son de nuestro cosmos. No era fruto de los planetas y soles que brillan en los telescopios y en las placas fotográficas de nuestros observatorios. No era ningún soplo de los cielos cuyos movimientos y dimensiones miden nuestros astrónomos o consideran demasiado vastos para ser medidos. No era más que un color surgido del espacio..., un pavoroso mensajero de unos reinos del infinito situados más allá de la Naturaleza que nosotros conocemos; de unos reinos cuya simple existencia aturde el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas que ofrece a nuestra imaginación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dudo mucho de que Ammi me mintiera de un modo consciente, y no creo que su historia sea el relato de una mente desquiciada, como supone la gente de la ciudad. Algo terrible llegó a las colinas y valles con aquel meteoro, y algo terrible -aunque ignoro en qué medida- sigue estando allí. Me alegra pensar que todos aquellos terrenos quedarán inundados por las aguas. Entretanto, espero que no le suceda nada a Ammi. Vio tanto de la cosa..., y su influencia era tan insidiosa... ¿Por qué no ha sido capaz de marcharse a vivir a otra parte? Ammi es un anciano muy simpático y muy buena persona, y cuando la brigada de trabajadores empiece su tarea tengo que escribir al ingeniero jefe para que no lo pierda de vista. Me disgustaría recordarlo como una gris, retorcida y quebradiza monstruosidad de las que turban cada día más mi sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-1232266370646336422?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/1232266370646336422/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=1232266370646336422' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/1232266370646336422'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/1232266370646336422'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2008/10/el-color-que-cay-del-cielo.html' title='El color que cayó del cielo'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-3972289895870609282</id><published>2008-10-15T00:23:00.002Z</published><updated>2008-10-15T00:26:58.514Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Medium (Pio Baroja)'/><title type='text'>MediuM</title><content type='html'>Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué tienes? -le pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, en voz baja, murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ha sido mi hermana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ah! Ella...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida... ; llamaban..., nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-3972289895870609282?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/3972289895870609282/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=3972289895870609282' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/3972289895870609282'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/3972289895870609282'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2008/10/medium.html' title='MediuM'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-4418935086262831844</id><published>2007-12-29T03:04:00.000Z</published><updated>2007-12-29T03:05:58.017Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Demonio de la Perversidad (E.A. Poe)'/><title type='text'>El Demonio de la Perversidad</title><content type='html'>En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma&lt;br /&gt;humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe&lt;br /&gt;como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron&lt;br /&gt;también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos&lt;br /&gt;pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan&lt;br /&gt;sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos&lt;br /&gt;ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia&lt;br /&gt;tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos&lt;br /&gt;entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí&lt;br /&gt;misma, no podíamos entender de qué modo eta capaz de actuar para mover las cosas&lt;br /&gt;humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran&lt;br /&gt;medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que&lt;br /&gt;el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictare&lt;br /&gt;propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová,&lt;br /&gt;construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de&lt;br /&gt;frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural&lt;br /&gt;hacerlo), que, entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera.&lt;br /&gt;Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es&lt;br /&gt;el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo&lt;br /&gt;lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la&lt;br /&gt;especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos&lt;br /&gt;con la combatividad, la ídealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con&lt;br /&gt;todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad&lt;br /&gt;del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los&lt;br /&gt;spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han' hecho sino seguir&lt;br /&gt;en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir&lt;br /&gt;del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su&lt;br /&gt;Creador.&lt;br /&gt;Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación&lt;br /&gt;(puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en&lt;br /&gt;lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que&lt;br /&gt;Dios pretende obligarle a hacer: Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles,&lt;br /&gt;¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras?&lt;br /&gt;Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en&lt;br /&gt;sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?&lt;br /&gt;La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como&lt;br /&gt;principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar&lt;br /&gt;perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en&lt;br /&gt;realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos&lt;br /&gt;sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos,&lt;br /&gt;podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por&lt;br /&gt;la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable;&lt;br /&gt;pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones&lt;br /&gt;llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad&lt;br /&gt;de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza&lt;br /&gt;irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el&lt;br /&gt;mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un&lt;br /&gt;impulso radical, primitivo, elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros&lt;br /&gt;actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una&lt;br /&gt;modificación de la que comúnmente provoca la combatividad de la frenología. Pero una&lt;br /&gt;mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a la cual se refiere la frenología,&lt;br /&gt;tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño.&lt;br /&gt;Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al&lt;br /&gt;mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al&lt;br /&gt;mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad,&lt;br /&gt;pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se&lt;br /&gt;manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.&lt;br /&gt;Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la&lt;br /&gt;sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta&lt;br /&gt;a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical.&lt;br /&gt;No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún&lt;br /&gt;período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su&lt;br /&gt;interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la&lt;br /&gt;intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y&lt;br /&gt;más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y&lt;br /&gt;lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que&lt;br /&gt;puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento&lt;br /&gt;es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un&lt;br /&gt;ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando&lt;br /&gt;todas las consecuencias) es consentida.&lt;br /&gt;Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que&lt;br /&gt;la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces,&lt;br /&gt;energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la&lt;br /&gt;tarea, y en la anticipación de su magnifico resultado nuestra alma se enardece. Debe,&lt;br /&gt;tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y por qué? No hay&lt;br /&gt;respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del&lt;br /&gt;principio. El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con&lt;br /&gt;nuestro deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible&lt;br /&gt;anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas&lt;br /&gt;a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra&lt;br /&gt;mano. Nos estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido,&lt;br /&gt;de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la&lt;br /&gt;que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al&lt;br /&gt;mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela,&lt;br /&gt;desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es&lt;br /&gt;demasiado tarde!&lt;br /&gt;Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y&lt;br /&gt;vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos&lt;br /&gt;quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una&lt;br /&gt;nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra&lt;br /&gt;forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches.&lt;br /&gt;Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho&lt;br /&gt;más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un&lt;br /&gt;pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la&lt;br /&gt;feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones&lt;br /&gt;durante la veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación,&lt;br /&gt;por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más&lt;br /&gt;espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan&lt;br /&gt;presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y&lt;br /&gt;porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él&lt;br /&gt;con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como&lt;br /&gt;la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un&lt;br /&gt;instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la&lt;br /&gt;reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo,&lt;br /&gt;no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el&lt;br /&gt;súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.&lt;br /&gt;Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del&lt;br /&gt;espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no&lt;br /&gt;deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible; y podríamos&lt;br /&gt;en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio sí no&lt;br /&gt;supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.&lt;br /&gt;He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo&lt;br /&gt;explicaron por qué estoy aquí, puedo mostraron algo que tendrá, por lo menos, una débil&lt;br /&gt;apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no&lt;br /&gt;hubiera sido tan prolijo, o no me hubiérais comprendido, o, como la chusma, me&lt;br /&gt;hubiérais considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables&lt;br /&gt;víctimas del demonio de la perversidad.&lt;br /&gt;Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta&lt;br /&gt;deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil&lt;br /&gt;planes porque su realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo&lt;br /&gt;algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida&lt;br /&gt;a madame Pilau por obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó&lt;br /&gt;de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la&lt;br /&gt;cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito&lt;br /&gt;fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante&lt;br /&gt;los cuales sustituí, en el candelero de, su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de&lt;br /&gt;mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del&lt;br /&gt;coroner fue: «Muerto por la voluntad de Dios.»&lt;br /&gt;Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó&lt;br /&gt;por mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la&lt;br /&gt;bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera&lt;br /&gt;hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción&lt;br /&gt;que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período&lt;br /&gt;muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer&lt;br /&gt;más real que las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le&lt;br /&gt;sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi&lt;br /&gt;imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva.&lt;br /&gt;Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o&lt;br /&gt;más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases&lt;br /&gt;triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena e&lt;br /&gt;el cría de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando&lt;br /&gt;en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».&lt;br /&gt;Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de&lt;br /&gt;murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di&lt;br /&gt;esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar&lt;br /&gt;abiertamente.»&lt;br /&gt;No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi&lt;br /&gt;corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he&lt;br /&gt;explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito&lt;br /&gt;sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para&lt;br /&gt;confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera&lt;br /&gt;sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.&lt;br /&gt;Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé&lt;br /&gt;vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un&lt;br /&gt;deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento&lt;br /&gt;me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi&lt;br /&gt;situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles&lt;br /&gt;atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación&lt;br /&gt;de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua lo habría hecho, pero una voz ruda&lt;br /&gt;resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca&lt;br /&gt;para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego,&lt;br /&gt;sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible -pensé- me golpeó con su ancha&lt;br /&gt;palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.&lt;br /&gt;Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y&lt;br /&gt;apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero&lt;br /&gt;densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.&lt;br /&gt;Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra&lt;br /&gt;desmayado.&lt;br /&gt;Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré&lt;br /&gt;libre! Pero, ¿dónde?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-4418935086262831844?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/4418935086262831844/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=4418935086262831844' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/4418935086262831844'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/4418935086262831844'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/12/el-demonio-de-la-perversidad.html' title='El Demonio de la Perversidad'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-1358940769239010379</id><published>2007-12-29T02:47:00.000Z</published><updated>2007-12-29T02:48:34.273Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Cuervo (Edgar Allan Poe)'/><title type='text'>El Cuervo</title><content type='html'>Cierta noche aciaga, cuando, con la mentecansada,&lt;br /&gt;meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral&lt;br /&gt;y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,&lt;br /&gt;como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.&lt;br /&gt;"Es un visitante -me dige-, que está llamando al portal;&lt;br /&gt;sólo eso y nada más."&lt;br /&gt;¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!&lt;br /&gt;Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.&lt;br /&gt;Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma&lt;br /&gt;en mis libros,ni consuelo a la perdida abismal&lt;br /&gt;de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar&lt;br /&gt;y aquí nadie nombrará.&lt;br /&gt;Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas&lt;br /&gt;me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal&lt;br /&gt;que, para calmarr mi angustia repetí con voz mustia:&lt;br /&gt;"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;&lt;br /&gt;un tardío visitante esperando en mi portal.&lt;br /&gt;Sólo eso y nada más".&lt;br /&gt;Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:&lt;br /&gt;"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar&lt;br /&gt;pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido&lt;br /&gt;y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal&lt;br /&gt;que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:&lt;br /&gt;sólo sombras, nada más.&lt;br /&gt;La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,&lt;br /&gt;y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;&lt;br /&gt;pero en este silencio atroz, superior a toda voz,&lt;br /&gt;sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...&lt;br /&gt;sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.&lt;br /&gt;Sólo eso y nada más.&lt;br /&gt;Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos&lt;br /&gt;pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.&lt;br /&gt;"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;&lt;br /&gt;veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.&lt;br /&gt;Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.&lt;br /&gt;¡Es el viento y nada más!".&lt;br /&gt;Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,&lt;br /&gt;agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.&lt;br /&gt;Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,&lt;br /&gt;con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,&lt;br /&gt;en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;&lt;br /&gt;fue, posóse y nada más.&lt;br /&gt;Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,&lt;br /&gt;en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.&lt;br /&gt;"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser&lt;br /&gt;osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;&lt;br /&gt;¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"&lt;br /&gt;Dijo el cuervo: "Nunca más".&lt;br /&gt;Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa&lt;br /&gt;sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,&lt;br /&gt;pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido&lt;br /&gt;ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.&lt;br /&gt;Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal&lt;br /&gt;que se llamara "Nunca más".&lt;br /&gt;Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,&lt;br /&gt;como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.&lt;br /&gt;No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna&lt;br /&gt;hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;&lt;br /&gt;por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".&lt;br /&gt;Dijo entonces :"Nunca más".&lt;br /&gt;Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;&lt;br /&gt;"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar&lt;br /&gt;del repertorio olvidado de algún amo desgraciado&lt;br /&gt;que en su caída redujo sus canciones a un refrán:&lt;br /&gt;"Nunca, nunca más".&lt;br /&gt;Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía&lt;br /&gt;planté una silla mullida frente al avi y el portal;&lt;br /&gt;y hundido en el terciopelo me afané con recelo&lt;br /&gt;en descubrir que quería la funesta ave ancestral&lt;br /&gt;al repetir: "Nunca más".&lt;br /&gt;Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra&lt;br /&gt;al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;&lt;br /&gt;eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada&lt;br /&gt;sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.&lt;br /&gt;¡ Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,&lt;br /&gt;y ya no usará nunca más!.&lt;br /&gt;Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso&lt;br /&gt;mecido por serafines de leve andar musical.&lt;br /&gt;"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Diós estos ángeles dirige&lt;br /&gt;hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!&lt;br /&gt;¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".&lt;br /&gt;Dijo el cuervo: "Nunca más".&lt;br /&gt;"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!&lt;br /&gt;¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad&lt;br /&gt;trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,&lt;br /&gt;a esta morada espectral? ¡Mas t e imploro, dime ya,&lt;br /&gt;dime, te imploro, si existe algun bálsamo en Galaad!"&lt;br /&gt;Dijo el cuervo: "Nunca más".&lt;br /&gt;"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!&lt;br /&gt;Por el Diós que veneramos, por el manto celestial,&lt;br /&gt;dile a este desventurado si en el Edén lejano&lt;br /&gt;a Leonor , ahora entre ánngeles, un día podré abrazar".&lt;br /&gt;Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".&lt;br /&gt;"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;&lt;br /&gt;¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!&lt;br /&gt;¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje&lt;br /&gt;quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!&lt;br /&gt;¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"&lt;br /&gt;Dijo el cuervo: "Nunca más".&lt;br /&gt;Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,&lt;br /&gt;en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;&lt;br /&gt;y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,&lt;br /&gt;cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;&lt;br /&gt;y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,&lt;br /&gt;no se alzará...¡nunca más!.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-1358940769239010379?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/1358940769239010379/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=1358940769239010379' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/1358940769239010379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/1358940769239010379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/12/el-cuervo.html' title='El Cuervo'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-5453427128489833539</id><published>2007-12-29T02:37:00.000Z</published><updated>2007-12-29T02:38:35.932Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Miserere (G.A. Bécquer)'/><title type='text'>El Miserere</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:TimelessTLig;" &gt;Hace algunos meses que visitando  la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su  abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de  música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los  ratones.&lt;/span&gt;&lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Era un Miserere.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que,  aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las  horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos  apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de  etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar  maldito el provecho.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo  primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta  palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el  Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo  versículo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Esto fue sin duda lo que me llamó la atención  primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó  más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas,  como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones  escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para  advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y  de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda  aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no  se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original  de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son  huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía...  ¡fuerza!... fuerza y dulzura.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me  acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases  escritas por un loco.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;El anciano me contó entonces la leyenda que voy a  referiros.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura,  llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre  para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un  albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su  camino.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido  hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante,  al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del  objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido  muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud  hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me  arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que  he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Como las enigmáticas palabras del desconocido no  pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad  a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor  prosiguió de este modo:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había  cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras  para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos  por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas  encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que  comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas,  mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime,  que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he  encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo  confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan  maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan  desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo,  cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el  Señor la tendrá de su pobre criatura.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;El romero, al llegar a este punto de su narración,  calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de  su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres  pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar,  le escuchaban en un profundo silencio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda  Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he  oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que  puedo decir que los he oído todos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole uno de los  rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con  aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es ése? &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego prosiguió con  una entonación misteriosa-. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que  como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda  una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer  increíble. Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas  que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía,  hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio  famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los  bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus  maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo  que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo  diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos,  y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos  bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar  la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se  hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían  comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a  éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida. Después de esta  atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se  sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros;  de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace  la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que  viene a bañar los muros de esta abadía.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el  Miserere?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que  todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Las gentes de los contornos se escandalizaron del  crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las  largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos  los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de  las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y  unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas  del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados  para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del  purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras  de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la  narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿Y decís que ese portento se repite aún?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna,  porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho  en el reloj de la abadía.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis?  ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios!  -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el  bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el  grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después  de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado  lego y de los no menos atónitos pastores.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si  una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en  turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de  un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se  descubría.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¡Está loco!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron de  nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);" align="center"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Después de una o dos horas de camino, el misterioso  personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del  riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se  levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras  bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz  pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los  desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada  sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido  más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un  castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y  cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Las gotas de agua que se filtraban por entre las  grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como  el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo  el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de  los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus  disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los  jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las  lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños  y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban  perceptibles al oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una  tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió;  aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras  distintas, pero siempre los mismos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel  instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el  que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas  que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se  dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada...,  dos..., tres..., hasta once.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni  torre ya siquiera.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la  última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando  los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los  altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los  festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el  pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente,  sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella  insólita claridad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se  desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz  azulada, inquieta y medrosa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Todo pareció animarse, pero con ese movimiento  galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento  instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su  desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos  fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si  acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara  se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e  inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí,  formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde  lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto  de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse  elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su  miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado  por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por  entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y  espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas  las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas  mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus  calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el  pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y  agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las  peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral,  pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de  David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se  ordenaron en dos hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro,  donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del  salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor  distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el  zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de  la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el  grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la  música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que  parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno  de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus  palabras terribles.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba,  absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región  fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y  fenomenales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel  estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron  al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un  temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Los monjes pronunciaban en aquel instante estas  espantosas palabras del Miserere:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit  me mater mea.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos  retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un  grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus  maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de  todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad;  concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron  concebidos en la iniquidad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora  semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo  suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a  una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las  osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló  en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el  cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las  jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces  al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de  sonoro incienso:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;&lt;i&gt;Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt  ossa humiliata.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos  del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin  conocimiento por tierra, y nada más oyó.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);" align="center"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de  Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la  noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al  desconocido romero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta  mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a  sus superiores.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Sí -respondió el músico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¿Y qué tal os ha parecido?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa  -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo y pan por algunos meses, y voy a  dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos  de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que  accediese a su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió  al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad  de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su  imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;-¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía  escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que  admirar a los que le observaban sin ser vistos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Escribió los primeros versículos y los siguientes, y  hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al último que había oído en la montaña,  le fue imposible proseguir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo  inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de  sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se  volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una  cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el  archivo de la abadía.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia,  no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del  Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;&lt;i&gt;In peccatis concepit me mater mea&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi  vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos  ininteligibles para los legos en la música.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);"&gt;&lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;¿Quién sabe si no serán una locura?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(204, 204, 204);" align="center"&gt; &lt;span style="font-family:TimelessTLig;"&gt;FIN&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-5453427128489833539?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/5453427128489833539/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=5453427128489833539' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5453427128489833539'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5453427128489833539'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/12/el-miserere.html' title='El Miserere'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-240425996851618674</id><published>2007-12-29T02:34:00.000Z</published><updated>2007-12-29T02:35:24.958Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Extraño (Lovecraft)'/><title type='text'>El Extraño</title><content type='html'>&lt;span style="color:#800000;"&gt;Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo  traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas  solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes  hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles  descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en  las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a  mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento  extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos  cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. &lt;/span&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;No sé dónde nací, salvo que el castillo era  infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos  donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados  corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor  maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz,  por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de  alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se  elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba  el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y  sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de  escalar. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo  medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin  embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa  viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que,  quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto  que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo  semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí  no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las  criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía  asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las  figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos  libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo  haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que,  si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en  voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había  espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de  las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía  conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles  tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en  los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de  la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que  me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más  impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por  el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y  esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de  luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos  suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la  arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la  torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y  perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños  de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante,  trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa  ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños;  negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados  murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más  que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo,  como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba  por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia  abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé  con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar  hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;De pronto, al cabo de una interminable y espantosa  ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la  cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o,  cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé  un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal  rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera  ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde  la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con  la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no  apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por  el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura  que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la  torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de  observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa  no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto  sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la  esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima  de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en  busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa  luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me  decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol  cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más  reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto  recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto  mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual  colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas  incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo  esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me  invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de  hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la  puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la  luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas  visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Seguro ahora de que había alcanzado la cima del  castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero  en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que  avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja,  que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor  a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a  salir la luna. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;De todos los impactos imaginables, ninguno tan  demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo  soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las  extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era  tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una  impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente,  se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra  firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y  columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel  brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Medio inconsciente, abrí la verja y avancé  bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones.  Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético  anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía  detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación  o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa.  No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis  circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se  insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no  del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de  vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por  praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en  tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a  nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un  puente mucho tiempo atrás desaparecido. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo  que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras,  enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para  mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido  rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al  mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo  que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas,  inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más  alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré al interior y  vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran  jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente  lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí  remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Salté por la ventana y me introduje en la habitación,  brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de  esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya  que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera  podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre  todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que  distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más  espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios  sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se  taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante,  derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de  ganar alguna de las numerosas puertas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los  ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar  pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera  vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí  detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado  que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba  a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el  primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi  tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el  inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera  aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes  fugitivos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se  parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado,  anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y  desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo  que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no  era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme  horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se  entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus  enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más  aún. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no  hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo  romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis  ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente,  se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se  veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero  estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin  embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y,  bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de  pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda  respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no  obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más  y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el  monstruo extendía por debajo del arco dorado. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;No chillé, pero todos los satánicos vampiros que  cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer  en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé  hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en  el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se  erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos  manchados. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la  amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante  olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un  caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal  y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando  retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía  mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el  viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y  cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de  Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé  que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de  Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de  Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad  agradezco casi la amargura de la alienación. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso  ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son  hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa  abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y  toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="center"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;FIN&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-240425996851618674?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/240425996851618674/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=240425996851618674' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/240425996851618674'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/240425996851618674'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/12/el-extrao.html' title='El Extraño'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-8655668737482543088</id><published>2007-10-23T00:16:00.000Z</published><updated>2007-10-23T00:18:14.918Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Horla (Guy de Maupassant)'/><title type='text'>El Horla (Guy de Maupassant)</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;8 de mayo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Qué hermosa mañana!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;11 de mayo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;16 de mayo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;18 de mayo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;25 de mayo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo... ¿de qué?... Hasta ahora nunca sentía temor por nada... abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho... escucho... ¿qué?... ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mí, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo... lo comprendo y lo sé... y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta el amanecer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;2 de junio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas, vertía una sangre nueva en mis venas y nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque, atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el recto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado se extendía también hasta perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;3 de junio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;2 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel, que no conocía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¡Qué bien se debe estar aquí, padre!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Es un lugar muy ventoso, señor —me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—No sé —me contestó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Yo proseguí:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Acaso vemos —me respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;3 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Qué tiene, Jean?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;4 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;5 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed; bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me acosté en seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces... yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;6 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;10 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido —o he bebido— toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Por último, el 9 de julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción . ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Partiré inmediatamente hacia París.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;12 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;En lugar de concluir con estas simples palabras: "Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas", nos imaginamos en seguida impresionantes misterios y poderes sobrenaturales.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;14 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: "Diviértete". Y se divierte. Se le dice: "Ve a combatir con tu vecino". Y va a combatir. Se le dice: "Vota por el emperador". Y vota por el emperador. Después: "Vota por la República". Y vota por la República.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;16 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza —decía el doctor Parent—, es decir, uno de sus más importantes secretos aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: "Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él".&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;"Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes resultados."&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Quiere que la hipnotice, señora?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Sí; me parece bien.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Al cabo de diez minutos dormía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Póngase detrás de ella —me dijo el médico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: "Esto es un espejo; ¿qué ve en él?"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Veo a mi primo —respondió.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Qué hace?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Se atusa el bigote.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Y ahora ?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Saca una fotografía del bolsillo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Quién aparece en la fotografía?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Él, mi primo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Cómo aparece en ese retrato?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Se halla de pie, con el sombrero en la mano. Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Las damas decían espantadas: "¡Basta! ¡Basta, por favor!"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pero el médico ordenó: "Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje". Luego la despertó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;No bien regresé, me acosté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi sirviente y me dijo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me vestí de prisa y la hice pasar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿De qué se trata, prima?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Pero cómo, ¿tan luego usted?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Sabía que era muy rica y le dije:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Sí... sí... estoy segura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Le ha escrito?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a mentir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Sí, me escribió.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Recibí su carta esta mañana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Puede enseñármela?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—No, no... contenía cosas íntimas... demasiado personales... y la he... la he quemado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Así que su marido tiene deudas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Vaciló una vez más y luego murmuró:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—No lo sé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Bruscamente le dije:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Dio una especie de grito de desesperación:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había recibido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¡Ay! Le suplico... si supiera cómo sufro... los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted !&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? —le pregunté entonces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Sí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;— Sí..&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Pero es mi esposo quien me los pide.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¿Se ha convencido ahora?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Sí, no hay más remedio que creer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Vamos a ver a su prima.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;—Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana .&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se enojase.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;19 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: "Quizá".&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;21 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo del desatino... pero ¿no es así en la cima del monte Saint-Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;30 de julio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ayer he regresado a casa. Todo está bien.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;2 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;4 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El sirviente acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;6 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Esta vez no estoy loco. Lo he visto... ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda... ¡lo he visto! Aún siento frío hasta en las uñas... el miedo me penetra hasta la médula... ¡Lo he visto!...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que comienzan a florecer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga semejantes alucinaciones .&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;7 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama "demencia".&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un placer para mis oídos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Sin embargo, paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos una agravación del mal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;8 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Sin embargo he podido dormir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;9 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Nada ha sucedido. pero tengo miedo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;10 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Nada: ¿qué sucederá mañana?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;11 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;12 de agosto, 10 de la noche&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan fácil y sencillo —salir, subir en mi coche para dirigirme a Ruán— y no he podido. ¿Por qué?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;13 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;14 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;15 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;16 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: "¡Vamos a Ruán!"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: "¡A la estación!" y grité —no dije, grité— con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: "A casa", y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;17 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él —su sucesor en el mundo— y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho. No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos que una nueva página se levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido... la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Entonces, mañana... pasado mañana o cualquiera de estos... podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;18 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el momento...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;19 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Ya sé... ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: "Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;"El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores."&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh, Dios mío!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión... ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el... el... ¿cómo se llama?... el... parece que me gritara su nombre y no lo oyese... el... sí... grita... Escucho... ¿cómo?... repite... el... Horla... He oído... el Horla... es él... ¡el Horla... ha llegado!...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica... yo también quiero... yo podría hacer lo mismo... pero primero hay que conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros... Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: "¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y ruge. ¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio. . . Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿ Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo... va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo... Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados y maravillados...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;19 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!... Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Pues bien... se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Por último, pude distinguirme completamente como todos los días.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;20 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No... no... decididamente no. Pero entonces... ¿qué haré entonces?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;21 de agosto&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja, para evitar los robos. Me haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;10 de septiembre&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido... ha sucedido... pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!" Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 204, 255);"&gt;No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto. . . Entonces, tendré que suicidarme...&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-8655668737482543088?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/8655668737482543088/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=8655668737482543088' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/8655668737482543088'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/8655668737482543088'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/10/el-horla-guy-de-maupassant.html' title='El Horla (Guy de Maupassant)'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-5904200131263375149</id><published>2007-09-28T04:19:00.001Z</published><updated>2007-09-28T04:24:48.697Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Vinum Sabbati (Arthur Machen)'/><title type='text'>Vinum Sabbati</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Mi nombre            es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester, distinguido oficial            de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja            enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año            después, Francis, mi único hermano, regresó a casa después            de una carrera excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se            quedó, resuelto como un ermitaño a dominar lo que con razón            se ha llamado el gran mito del Derecho. Era un hombre que parecía sentir            una total indiferencia hacia todo lo que se llama placer; aunque era más            guapo que la mayoría de los hombres y hablaba con la alegría y            el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se encerraba en la gran habitación            de la parte alta de la casa para convertirse en abogado. Al principio, estudiaba            tenazmente durante diez horas diarias; desde que el primer rayo de luz aparecía            en el este hasta bien avanzada la tarde permanecía encerrado con sus            libros. Sólo dedicaba media hora a comer apresuradamente conmigo, como            si lamentara el tiempo que perdía en ello, y después salía            a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo pensaba que tanta            dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo suavemente            de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más            bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias            de estudio. Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente            tomara un descanso, aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo            una novela fácil; pero él se rió y dijo que, cuando tenía            ganas de distraerse, leía acerca del régimen de propiedad feudal            y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire libre.            Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo,            pero sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me            equivocaba. Una expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía            débil, hasta que finalmente confesó que no se encontraba bien            de salud. Dijo que se sentía inquieto, con sensación de vértigo,            y que por las noches se despertaba, aterrorizado y bañado en sudor frío,            a causa de unas espantosas pesadillas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Me cuidaré -dijo-, así que no te preocupes. Ayer pasé            toda la tarde sin hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que            tú me regalaste, y garabateando tonterías en una hoja de papel.            No, no; no me cargaré de trabajo. Me pondré bien en una o dos            semanas, ya verás.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba, sino            empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión            de abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba.            Me parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces,            me asustaba la nerviosa irritación de sus gestos y su extraña            y enigmática mirada. Muy en contra suya, lo convencí de que accediera            a dejarse examinar por un médico, y por fin llamó, de muy mala            gana, a nuestro viejo doctor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        El doctor Haberden me animó, después de la consulta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No es nada grave -me dijo-. Sin duda lee demasiado, come de prisa y vuelve            a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es            que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del            sistema nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo.            Ya le he recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así            que no se preocupe.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara            la receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de            la estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los            escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía            mucha simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas            en la escrupulosa pureza de sus drogas. La medicina fue enviada a su debido            tiempo, y observé que mi hermano la tomaba regularmente después            de la comida y la cena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco            en un vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y            desaparecía dejando el agua limpia e incolora. Al principio, Francis            pareció mejorar notablemente; el cansancio desapareció de su rostro,            y se volvió más alegre incluso que cuando salió de la universidad;            hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que había perdido            el tiempo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho -decía riéndose-;            creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré            canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París,            nos divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca            Nacional.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        He de confesar que me sentí encantada con el proyecto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¿Cuándo nos vamos? -pregunté-. Podríamos salir            pasado mañana, si te parece.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía,            y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su propio            país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu            francés. Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me            temo que eso no nos servirá de nada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador,            como, si fuera un vino de la cava más selecta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¿Tiene algún sabor especial? -pregunté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No; es como si fuera sólo agua-. Se levantó de la silla y empezó            a pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¿Vamos al salón a tomar café? -le pregunté-. ¿0            prefieres fumar?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable. Mira            ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las            casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré            de vuelta, pero me llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo            más tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente            por la calle, balanceando su bastón-, y me sentí agradecida con            el doctor Haberden por esta mejoría.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la            mañana siguiente se encontraba de muy buen humor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Caminé sin pensar adónde iba -dijo gozando de la frescura del            aire, y vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más            transitados. Después, en medio de la gente, me encontré con Orford,            un antiguo compañero de la universidad, y después... bueno, nos            fuimos por ahí a divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre.            He descubierto que tengo sangre en las venas como los demás. Me he citado            con Orford para esta noche; algunos amigos nos reuniremos en el restaurante.            Sí, me divertiré durante una semana o dos, y todas las noches            oiré las campanadas de las doce. Y después tú y yo haremos            nuestro pequeño viaje.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días            se convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de            los barrios alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un            excelente crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya            de París, pues claramente había encontrado su paraíso en            Londres. Yo me alegré, pero no dejaba de sorprenderme, porque en su alegría            encontraba algo que me desagradaba, aunque no podía definir la sensación.            El cambio le sobrevino poco a poco. Seguía regresando en las frías            madrugadas; pero yo ya no le oía hablar de sus diversiones, y, una mañana,            cuando desayunábamos juntos, lo miré de pronto a los ojos y vi            a un extraño frente a mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¡Oh, Francis! --exclamé- ¡Francis, Francis! ¿Qué            has hecho?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré            llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía            todo, y por un extraño juego del pensamiento, recordé la noche            en que salió por primera vez, y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba            el cielo ante mí: las nubes, como una ciudad en llamas, y la lluvia de            sangre. Sin embargo, luché contra esos pensamientos, y consideré            que tal vez, después de todo, no había pasado nada malo. Por la            tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día            de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando            tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había            suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras desaparecieron            de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado e intolerable            oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran encerrado            viva en un ataúd.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había            pasado de la penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían            entre sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver            la calle, y cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó            a enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba;            y en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció            el horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes retorcidas,            enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se desprende de una            ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas con las lenguas del            más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago de sangre. Volví            los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en mis labios, cuando            vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía una            marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques            y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible,            supe que no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas,            y si la llama fuese negra como la noche... sin pensamiento ni palabras, el horror            me invadió al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí            que era un estigma. Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo            se oscureció como si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió,            me encontraba sola en la silenciosa habitación. Poco después,            pude oír cómo salía mi hermano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor Haberden,            y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el doctor trajo consigo,            con labios trémulos y voz vacilante pese a mi determinación, le            conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi            hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había            descubierto hacía apenas media hora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una expresión            de gran compasión en su rostro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Mi querida señorita Leicester -dijo- usted se ha angustiado por su hermano;            se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sí, me tiene preocupada -dije Desde hace una o dos semanas no he estado            tranquila.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He visto con            mis propios ojos todo lo que acabo de decirle.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando            ese extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación.            Mañana lo comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero            recuerde que siempre estoy a su disposición para prestarle cualquier            ayuda que esté a mi alcance. No dude en acudir a mí o mandarme            llamar si se encuentra en un apuro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor,            y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente,            le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón            oprimido, que llevaba la mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano            en la que había visto aquella mancha de fuego negro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¿Qué tienes en la mano, Francis? -le pregunté con firmeza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre.            Me lo vendé lo mejor que pude.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Yo te lo curaré bien, si quieres.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si            desayunamos? Tengo mucha hambre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba            la comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión            en sus ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea            de que aquella expresión no era humana. Estaba firmemente convencida            de que, por espantoso e increíble que fuese lo que había visto            la noche anterior, no era una ilusión, ni era ningún engaño            de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de la mañana, fui de nuevo            a la casa del médico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y            pareció reflexionar durante unos minutos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por            qué? Según tengo entendido, todos los síntomas de que se            quejaba desaparecieron hace tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese            brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a propósito, ¿dónde            encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca envío            a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo            que no tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría            hablar con él.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden,            y estaba dispuesto a darle cualquier clase de información.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta receta            mía al señor Leicester -dijo el doctor, entregándole al            anciano un pedazo de papel.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sí -dijo-, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común,            y la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor            Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        - Por favor, déjeme ver el preparado -dijo Haberden.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón,            olió el contenido y miró con extrañeza al anciano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¿De dónde sacó esto? -dijo-. ¿Qué es? Además,            señor Sayce, esto no es lo que yo prescribí. Sí, sí,            ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que ésta no es            la medicina correcta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -La he tenido mucho tiempo --dijo el anciano, aterrado-. Se la compré            a Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido            desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sería mejor que me lo diera -dijo Haberden-. Me temo que ha habido una            equivocación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo            el frasco envuelto en papel.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Doctor Haberden -dije, cuando ya llevábamos un rato caminando-, doctor            Haberden.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sí -dijo él, mirándome sobriamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al            día durante poco más de un mes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto            cuando lleguemos a mi casa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que llegamos            a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un extremo            al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada comunes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Bueno -dijo al fin-. Todo esto es muy extraño. Es natural que se sienta            alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo. Dejemos            a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana,            aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor            Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente desconocido            para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante,            está por ver qué contiene realmente este frasco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo            blanco en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sí -dijo-. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma escamitas.            Pero huélalo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño,            empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Lo mandaré analizar -dijo Haberden-. Tengo un amigo 1 que se dedica            a la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me            diga nada sobre la otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga            mi consejo y procure no pensar más en eso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la            comida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Ya me he divertido lo suficiente -dijo con una risa extraña- y debo            volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado,            tras una dosis tan sobrecargada de placer -sonrió para sí mismo.            Poco después subió a su habitación. Su mano seguía            vendada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No tengo ninguna noticia especial para usted -dijo-. Chambers está fuera            de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia.            Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Está en su habitación -dije-. Le diré que está            usted aquí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad.            Me atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa.            Al fin y al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado            bien.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a            la puerta, abrirse ésta, y cerrarse después. Estuve esperando            en el silencio de la casa durante más de una, hora, y la quietud se volvía            cada vez más intensa, mientras las manecillas del reloj caminaban lentamente.            Oí arriba el ruido de una puerta que se abría vigorosamente, y            el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor y se detuvieron            ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara, en un            espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba            en la puerta. Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una            mano en el respaldo de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo;            tragó saliva y tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles,            antes de hablar.&lt;/span&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" align="justify"&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);font-family:Arial,Helvetica,sans-serif;font-size:100%;"  &gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;-He visto            a ese hombre -comenzó, en un áspero susurro-. Acabo de pasar una            hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo            que me he enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra            fortaleza... ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! -y se cubrió            el rostro con las manos para apartar de sí alguna horrible visión.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No me mande llamar otra vez, señorita Leicester -dijo, recobrando un            poco la compostura-. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección            a su casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años            desde la mañana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas            reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su            comida afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel            día, me pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo            había desaparecido para mí. Vivía con la continua sensación            de horror, llevando a cabo mecánicamente la rutina de la casa, y hablando            sólo lo imprescindible con los criados. De vez en cuando salía            a pasear una hora o dos y luego volvía a casa. Pero tanto dentro como            fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de la habitación            de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que debieron transcurrir            un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden, cuando un día,            después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una sensación            de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las hojas verdes            flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores hechizaba mis sentidos.            me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a cruzar la calle            para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que pasara un carro y miré            por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se llenaron mis oídos            de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el corazón me dio            un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé sobrecogida            de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en la oscuridad            para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies, perdían            consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la ventana            de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó            a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo semejante;            era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron desde el centro            de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de todo el mal            y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil,            sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la            puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano,            y lo llamé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¡Francis, Francis! -grité-. Por el amor de Dios, contéstame.            ¿Qué es esa bestia espantosa que tienes en la habitación?            ¡Sácala, Francis, arrójala fuera de aquí!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un            sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido            de una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Aquí no hay nada -dijo la voz-. Por favor, no me molestes. No me encuentro            bien hoy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me            habría mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera            por un momento, la aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme.            Me senté en silencio, consciente de que había sido algo más,            algo que había visto en el primer instante de terror antes de que aquellos            ojos llameantes se fijaran en mí. Y, súbitamente, lo recordé.            Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban cerrando, pero tuve tiempo de            ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí que la imagen no se            borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no había            dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la empujaba.            El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en mis            sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me horroricé            al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con mi            hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me            contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó            con cierto recelo que hacía tres días que colocaba regularmente            la comida junto a la puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta            había tocado, pero sin obtener respuesta; sólo oyó los            mismos pies arrastrándose que yo había oído. Pasaron los            días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las comidas            delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé repetidamente            a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La servidumbre            quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan alarmados como yo. La            cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por vez primera en su            habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y deambular            por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del            recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no            oía ruido alguno. Por último, la crisis se desencadenó;            fue en la penumbra del atardecer. El salón donde me encontraba se fue            poblando de tinieblas, cuando un alarido terrible desgarró el silencio            y oí unos precipitados pasos escabullirse por la escalera. Aguardé,            y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se quedó            delante de mí, pálida y temblorosa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¡Oh, señorita Helen! -murmuró-. ¡Por Dios, señorita            Helen! ¿Qué ha pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire            esta mano!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su mano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -No te comprendo -dije-. ¿Quieres explicarte?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Estaba arreglando su habitación hace un momento --comenzó-. Estaba            cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado;            miré hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo            encima de mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Ven conmigo -dije-. Trae tu vela.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano,            y al entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo;            en él había una mancha negra y húmeda, que goteaba persistente            sobre un charco horrible que empapaba la blanca ropa de mi cama.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un vómito,            pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había            sucedido, y él me escuchó con una expresión de dureza en            el semblante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -En recuerdo de su padre --dijo finalmente-, iré con usted, aunque nada            puedo hacer por él.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el calor            y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del doctor            se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara            y él llamó con voz fuerte y decidida:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o            me veré obligado a echarla abajo -dijo. Y llamó una tercera vez,            con una voz que hizo eco por todo el edificio-: ¡Señor Leicester!            Por última vez, le ordeno abrir la puerta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -¡Ah! -exclamó, después de unos pesados momentos de silencio-,            estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme            un atizador o algo parecido?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos            las cosas viejas y encontré una especie de azadón que me pareció            le serviría al doctor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Muy bien --dijo-, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento,            señor Leicester -gritó por el ojo de la cerradura-, que voy a            destrozar la puerta!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar            la madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso            de una voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente            en la oscuridad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Sostenga la lámpara -dijo entonces el doctor. Entramos y miramos rápidamente            por toda la habitación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -Ahí está -dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro-.            Mire, en ese rincón.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había            una masa oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa            podredumbre, ni líquida ni sólida, que se derretía y se            transformaba ante nuestros ojos con un gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en            el centro brillaban dos puntos llameantes, como dos ojos. Y vi, también,            cómo se sacudió aquella masa en una contorsión temblorosa,            y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser un brazo.            El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe            sobre los dos puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido.            Finalmente reinó el silencio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la            terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        -He traspasado mi consultorio -comenzó-. Mañana emprendo un largo            viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día;            es muy probable que compre un pequeño terreno en California y me quede            allí el resto de mi vida. Le he traído este sobre, que usted podrá            abrir y leer cuando se sienta con fuerza y valor para ello. Contiene el informe            del doctor Chambers sobre la muestra que le remití. Adiós, señorita,            adiós.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;        En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No            podía esperar. Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten,            les leeré la asombrosa historia que narra:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;"Mi querido Haberden -comenzaba la carta-: Le pido mil perdones por haberme            retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me envió.            A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar,            pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en            la teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la            verdad, podría ofender prejuicios que alguna vez me fueron caros. No            obstante, he decidido ser sincero con usted, así que, en primer lugar,            permítame entrar en una breve aclaración personal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;"Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un escrupuloso            hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de nuestras profesiones,            y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los pies de quienes creen            alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía ordinaria de            la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén            con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado            un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después            de todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo conocimiento,            el inmutable límite, más allá del cual ningún ser            humano ha llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo            que con razón, de las tonterías del 'ocultismo' actual, disfrazado            bajo nombres diversos: mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías,            y toda la complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y            conjuros, que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las            calles londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle            que no soy materialista, tomando este término en su acepción más            común. Hace muchos años me convencí -me he convencido a            pesar de mi anterior escepticismo-, de que mi vieja teoría de la limitación            es absoluta y totalmente falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda            en la misma medida en que le hubiera sorprendido hace veinte años, pues            estoy seguro de que *no habrá dejado de observar que, desde hace algún            tiempo, ciertas hipótesis han sido superadas por hombres de ciencia que            no son nada menos que trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos            químicos y biólogos famosos no dudarían en suscribir el            díctum de la vieja escolástica, Omnía exeunt ín            mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si nos remontamos a            sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el misterio. No tengo            por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los dolorosos            pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos experimentos de            lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio punto de vista,            el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias relativamente            paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del            universo se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño            y temible como las interminables olas del océano a los ojos de quien            lo contempla por primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites            de los sentidos, que resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse            en el cielo y hundirse en unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son            las barreras tan inexorablemente herméticas que habíamos pensado,            sino velos finísimos y etéreos que se deshacen ante el investigador            y se disipan como la neblina matinal de los riachuelos. Sé que usted            no adoptó jamás una postura extremadamente materialista; usted            no trató de establecer una negación universal, pues su sentido            común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy convencido de que encontrará            lo que digo extraño y repugnante a su habitual for&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;ma&lt;/span&gt; de pensar. No obstante,            Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro lenguaje común, se trata            de la verdad única y científica, probada por la experiencia. Y            el universo es más espléndido y más terrible de lo que            imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento,            una fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma            exterior de la materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas,            la flor, y la yerba, y el cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son            tanto materiales como espirituales y están sujetos a una actividad interior.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;        Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo            esto; pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo.            Usted comprenderá que, desde semejante punto de vista, cambia la concepción            entera de todas las cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo            podría ser posible. En resumen, debemos mirar con otros ojos la leyenda            y las creencias, y estar preparados para aceptar hechos que se habían            convertido en fábulas. En verdad, esta exigencia no es excesiva. Al fin            y al cabo, la ciencia moderna admite hipócritamente muchas cosas. Es            cierto que no se trata de creer en la brujería, pero ha de concederse            cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están pasados de moda,            pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la telepatía.            Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y            será casi un proverbio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;"Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me            envió un frasco tapado y sellado, que contenía una pequeña            cantidad de un polvo blanco y escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó            a uno de sus pacientes. No me sorprende que usted no haya conseguido ningún            resultado en sus análisis. Es una sustancia que hace muchos cientos de            años cayó en el olvido y que es prácticamente desconocida            hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara de una farmacia            moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la veracidad            del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un almacén            las sales que usted prescribió; y es muy posible también que permanecieran            en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí            comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos            años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones            periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre            los cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales            alteraciones,, repetidas año tras año durante periodos irregulares,            con distinta intensidad y duración, han provocado un proceso tan complejo            y delicado que no sé si un moderno aparato científico, manejado            con la máxima precisión, podría producir el mismo resultado.            El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy diferente del medicamento            que usted recetó; es el polvo con que se preparaba el Vino Sabático,            el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre            los aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos            que hacían temblar a nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones            formuladas contra la vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la            verdad, he pensado a menudo que, en general, es una gran suerte que se crea            en todas estas supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras            cosas que es preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer            el apéndice a la monografía de Payne Knight encontrará            que el verdadero sabbath era algo muy diferente, aunque el escritor haya felizmente            callado ciertos aspectos que conocía muy bien. Los secretos del verdadero            sabbath datan de tiempos muy remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son            los secretos de una ciencia maligna que existía muchísimo antes            de que los arios entraran en Europa. Hombres y mujeres, seducidos y sacados            de sus hogares con pretextos diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente            calificados para asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres            y estas mujeres eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario            y despoblado, tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para            el resto del mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y            barrido por el viento, o a un recóndito lugar, en algún bosque            inmenso. Y allí se celebraba el sabbath. Allí, a la hora más            oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se llenaba el cáliz            diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos,            quienes participaban de un sacramento infernal; sumentes caficem principis inferorum,            como lo expresa muy bien un autor antiguo. Y de pronto, cada uno de los que            habían bebido se veía atraído por un acompañante            (mezcla de hechizo y tentación ultraterrena) que lo llevaba aparte para            proporcionarle goces más intensos y más vivos que los del ensueño,            mediante la consumación de las nupcias sabáticas. Es difícil            escribir sobre estas cosas, principalmente porque esa forma que atraía            con sus encantos no era una alucinación sino, por espantoso que parezca,            el hombre mismo. Debido al poder del vino sabático -unos pocos granos            de polvo blanco disueltos en un vaso de agua-, la morada de la vida se abría            en dos, disolviéndose la humana trinidad, y el gusano que nunca muere,            el que duerme en el interior de todos nosotros, se transformaba en un ser tangible            y externo, y se vestía con el ropaje de la carne. Y entonces, a la medianoche,            se repetía y representaba la caída original, y el ser espantoso            oculto bajo el mito del Árbol del Bien y del Mal era nuevamente engendrado.            Tales eran las nuptiae sabbatí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;"Prefiero no decir más. Usted, Haberden, sabe, tan bien como yo            que no pueden infringirse impunemente las leyes más triviales de la vida,            y que un acto tan terrible como éste, en el que se abría y profanaba            el santuario más íntimo del hombre, era seguido de una venganza            feroz. Lo que comenzaba con la corrupción, terminaba también con            la corrupción."&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;        Debajo está lo siguiente, escrito por el doctor Haberden:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;"Por desgracia, todo esto es estricta y totalmente cierto. Su hermano me            lo confesó todo la mañana en que estuve con él. Lo primero            que me llamó la atención fue su mano vendada, Y lo obligué            a que me la enseñara. Lo que vi yo, un hombre de ciencia, me puso enfermo            de odio. Y la historia que me vi obligado a escuchar fue infinitamente más            espantosa de lo que habría sido capaz de imaginar. Hasta me sentí            tentado a dudar de la Bondad Eterna, que permite que la naturaleza ofrezca tan            abominables posibilidades. Y si no hubiera visto usted el desenlace con sus            propios ojos, le habría pedido que no diera crédito a nada de            todo esto. A mí no me quedan más que unas semanas de vida, pero            usted es joven, y quizá pueda olvidarlo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" align="justify"&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);font-family:Arial,Helvetica,sans-serif;font-size:100%;"  &gt;&lt;span style="color: rgb(102, 255, 255);"&gt;Dr. Joseph            Haberden&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-5904200131263375149?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/5904200131263375149/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=5904200131263375149' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5904200131263375149'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/5904200131263375149'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/09/vinum-sabbati.html' title='Vinum Sabbati'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-7089177889270856751</id><published>2007-08-27T01:49:00.001Z</published><updated>2007-08-27T01:49:46.024Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Enemigo (Chejov)'/><title type='text'>El Enemigo</title><content type='html'>Es de noche. La criadita Varka, una chiquilla de trece años, mece en la cuna al niño y le canturrea:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Duerme, duerme, niño lindo, que viene el coco...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una lamparilla verde encendida ante el icono alumbra con luz débil e incierta. Colgados a una cuerda que atraviesa la habitación se ven unos pañales y un pantalón negro. La lamparilla proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidas por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La atmósfera es densa. Huele a piel y a sopa de col.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño llora. Está afónico hace tiempo de tanto llorar, pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Diríase que su llanto no va a acabar nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka está muerta de sueño. A pesar de todos sus esfuerzos, sus ojitos se cierran y, por más que intente evitarlo, da cabezadas. Apenas puede mover los labios; siente su cara como de madera y su cabeza pequeñita como la de un alfiler.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Duerme, duerme, niño lindo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;balbucea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanasy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosamente. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la musiquilla la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir; si se durmiese, los amos le pegarían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lamparilla verde está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos entrecerrados de Varka, en cuyo cerebro medio dormido nacen vagos recuerdos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha ve correr por el cielo nubes negras que lloran a gritos, como niños de pecho. Pero el viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la niebla, hay bosques. De pronto, las sombras y los caminantes de los talegos se tienden en el lodo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué hacéis eso?-les pregunta Varka.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Para dormir!-contestan-. Queremos dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se duermen como lirones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, ponen gran empeño en despertarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Duerme, duerme, niño lindo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;canturrea Varka entre sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y oscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo. Ella no lo ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre mucho-de no se sabe qué enfermedad-; no puede hablar. Jadea y rechina los dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bu-bu-bu-bu...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre de Varka corre a la casa señorial a decir que su marido está muriéndose. Pero ¿por qué tarda tanto en volver? Hace largo rato que se ha ido y debía estar de vuelta ya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka, recostada en la estufa, sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar los dientes a su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye trotar de caballos. Los señores han enviado al joven médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la obscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Encended alguna luz!-dice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bu-bu-bu!-responde Efim, rechinando los dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre de Varka va y viene por el cuarto buscando cerillas. Reina el silencio durante unos instantes. El doctor saca del bolsillo una cerilla y la enciende.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Espere un instante, señor doctor!-dice la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sale corriendo y vuelve en seguida con un cabo de vela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el doctor, en las paredes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué te pasa, muchacho?-le pregunta el médico, inclinándose sobre él-. ¿Hace mucho que estás enfermo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Estoy en las últimas, excelencia!-contesta, con mucho trabajo, Efim-. No me hago ilusiones...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vamos, no digas sandeces! Ya verás cómo te curas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay remedio... Cuando la muerte llama a la puerta, es inútil luchar contra ella...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no puedo hacer nada. Hay que llevarle al hospital para que le operen. Pero sin pérdida de tiempo. Aunque es ya muy tarde, no importa; te daré cuatro letras para el doctor y te recibirá. ¡Pero en seguida, en seguida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Señor doctor, ¿y cómo lo llevaremos?-dice la madre-. No tenemos caballo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No importa; hablaré a los señores y para que os dejen uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El médico se va, la vela se apaga y de nuevo se oye el rechinar de dientes del moribundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bu-bu-bu-bu...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Media hora después se detiene un coche ante la casa; lo envían los señores para llevar a Efim al hospital. A poco momentos el coche se aleja, conduciendo al enfermo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasa, al cabo, la noche y sale el Sol. La mañana es hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se oye llorar a un niño. Se oye también una canción:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Duerme niño bonito...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Varka le parece que la voz que canta es su propia voz. Su madre no tarda en volver. Se persigna y dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Acaban de operarlo, pero ha muerto! ¡Que Dios lo tenga en su gloria !... El doctor dice que ha sido operado demasiado tarde; que debía haberse hecho hace mucho tiempo antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero, de pronto, siente un tremendo manotazo en la nuca. Se despierta y ve con horror a su amo, que le grita:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ah, sinvergüenza! ¡El niño llorando y tú durmiendo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza, como para ahuyentar el sueño irresistible y empieza de nuevo a balancear la cuna, canturreando con voz ahogada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto adormecedor sobre Varka, que, cuando su amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ve de nuevo el camino enlodado. Infinidad de gente, cargada con talegos, yace dormida en tierra. Varka quiere acostarse también; pero su madre, que camina con ella, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en busca de trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Una limosnita, por el amor de Dios!-implora la madre a los caminantes-. ¡Tened compasión de nosotros, buenos cristianos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dame el niño!-grita de pronto una voz que le es muy conocida-. ¡Ya te has dormido otra vez dormida, sinvergüenza!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y se da cuenta de la realidad: no hay camino, ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama, que ha venido a darle el pecho al niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras el niño mama, Varka, de pie, espera que acabe. El aire empieza a azulear tras los cristales; el círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche le cede paso a la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Toma el niño!-ordena a los pocos minutos el ama, abotonándose la camisa-. Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y empieza otra vez a mecerlo. El círculo verde y las sombras, menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya influjo sobre su cerebro. Pero, sin embargo, tiene sueño. Su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el borde de la cuna, y balancea el cuerpo al mismo ritmo del el mueble, para despabilarse; pero los ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmbeo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, enciende la estufa!-grita el ama, al otro lado de la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es de día. Hay que comenzar el trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka deja la cuna y corre por leña a la porchada. Se anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando que sentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, prepara el samovar!-grita el ama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka empieza a encender astillas, pero su ama la interrumpe con una nueva orden:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, límpiale los chanclos al amo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se infla, llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la cabeza y abre los ojos cuanto puede, para evitar que los trastos alrededor sigan moviéndose y creciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, ve a lavar la escalera!-ordena el ama, a voces-. Está tan sucia que cuando sube un parroquiano se me cae la cara de vergüenza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka friega la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, va varias veces a la tienda. Son tantos sus quehaceres, que no tiene un momento libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que más esfuerzo le cuesta es permanecer de pie, inmóvil, ante la mesa de la cocina, mondando patatas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las patatas cobran formas fantásticas; su mano no puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es preciso no dejarse vencer por el sueño, pues allí está el ama, gorda, malévola, chillona. Hay momentos en que le acomete a la pobre muchacha una violenta tentación de tenderse en el suelo y dormir, dormir, dormir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka, mirando cómo las tinieblas enlutan las ventanas, se aprieta las sienes, que se siente como de madera, y sonríe de un modo estúpido, sin ningún motivo. Las tinieblas acarician sus ojos y hacen renacer en su alma la esperanza de poder dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche hay visitas en la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, enciende el samovar!-grita el ama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El samovar es muy pequeño, y para que todos puedan tomar té hay que encenderlo cinco veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos en los visitantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, ve por vodka! Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin las visitas se marchan. Se apagan las luces. Los amos se acuestan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Varka, mece al niño!-es la última orden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El grillo canta en la estufa. El círculo verde del techo y las sombras vuelven a agitarse ante los ojos medio cerrados de Varka y a envolverle el cerebro en una niebla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Duerme, niño bonito...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;canturrea la muchacha con voz soñolienta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño berrea tanto que está a dos dedos de encanarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino enlodado, con los caminantes de las talegas, con su madre, con su padre moribundo. No puede darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Sólo sabe que algo la paraliza, pesa sobre ella, le impide vivir. Abre los ojos, tratando de inquirir qué fuerza, qué potencia es ésa, y no saca nada en limpio. Agotada, mira el círculo verde, las sombras... En este momento oye gritar al niño y se dice: «Ese es el enemigo que me impide vivir.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El enemigo es el niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le ha ocurrido hasta ahora una idea tan sencilla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Completamente absorbida por tal idea, se levanta y, sonriendo, da algunos pasos por la estancia. La llena de gozo pensar que va a librarse al punto del niño enemigo. Lo matará y podrá dormir todo lo que quiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Riendo, guiñando los ojos, se acerca con pasos sigilosos a la cuna y se inclina sobre el niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con las dos manos le atenaza el cuello. El niño se pone azul, y a los pocos instantes muere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varka, entonces, alegre, feliz, se tiende en el suelo y se queda dormida al instante, en un sueño muy profundo...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5549533451446924777-7089177889270856751?l=cuentosdemiedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/feeds/7089177889270856751/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5549533451446924777&amp;postID=7089177889270856751' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/7089177889270856751'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5549533451446924777/posts/default/7089177889270856751'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdemiedo.blogspot.com/2007/08/el-enemigo.html' title='El Enemigo'/><author><name>b10</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10901356590010643914</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='30' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_NotiFjS2XME/SyLwmUlxz0I/AAAAAAAAAQQ/vdBnWjTgOr8/S220/menu_02.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5549533451446924777.post-1853468346557477141</id><published>2007-08-27T01:42:00.000Z</published><updated>2007-08-27T01:44:26.799Z</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La Balsa (Stephen King)'/><title type='text'>La Balsa</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;La distancia entre la universidad de Horlicks y Cascade Lake era de setenta kilómetros, y aunque en octubre oscurece pronto en esa parte del mundo y ellos no se pusieron en marcha hasta las seis, aún había un poco de luz cuando llegaron allí. Habían ido en el Camaro de Deke, el cual no perdía nunca el tiempo cuando estaba sobrio. Después de tomar un par de cervezas hacía que aquel Camaro anduviera al paso y hasta conversara.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Apenas había detenido el coche junto a la valla de estacas entre el aparcamiento y la playa, cuando ya estaba fuera del Camaro, quitándose la camisa. Sus ojos exploraron el agua en busca de la balsa. Randy, que viajaba al lado del conductor, bajó del coche un poco a regañadientes. La idea había sido suya, era cierto, pero no había creído que Deke lo tomara en serio. Las chicas se agitaban en el asiento trasero, preparándose para bajar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;La mirada de Deke exploró el agua incansablemente, de un lado a otro (ojos de francotirador, se dijo Randy, incómodo), y entonces se fijó en un punto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Ahí está ! —gritó, golpeando el capó del Camaro— ¡Es tal como dijiste, Randy! ¡El último es un gallina!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Deke... —empezó a decir Randy, colocándose bien las gafas en el puente de la nariz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Pero no pudo continuar, porque Deke ya había saltado la valla y corría por la playa, sin volver la cabeza para mirar a Randy, Rachel o LaVerne; interesado sólo en la balsa que estaba anclada en el lago, a unos cincuenta metros de la orilla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Randy miró a su alrededor, como si quisiera pedir disculpas a las chicas por haberlas metido en aquello, pero ellas sólo tenían ojos para Deke. Que Rachel le mirase estaba bien, no había nada que objetar, puesto que era su novia..., pero también LaVerne le miraba, y Randy sintió una momentánea punzada de celos que le hizo ponerse en movimiento. Se quitó la camiseta de entrenamiento, la dejó caer al lado de la de Deke y salto por encima de la valla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Randy! —gritó LaVerne, y él se limitó a agitar el brazo en la gris atmósfera crepuscular de octubre, en un gesto invitador para que ella le siguiera, detestándose un poco por hacerlo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Ahora ella estaba insegura, quizás a punto de expresar su negativa a gritos. La idea de un baño en pleno mes de octubre en el lago desierto no formaba parte de la agradable y bien iluminada velada en el apartamento que compartían él y Deke. El muchacho le gustaba, pero Deke era más fuerte. Y vaya si se sentía intensamente atraída por Deke, lo cual hacía irritante aquella condenada situación.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Los colores empezaron a adquirir forma y girar. Esta vez Randy no desvió la vista. En algún lugar, al otro extremo del lago desierto, gritó un somorgujo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Deke entró en el agua y gritó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Qué fría está, María Santísima!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Randy titubeó, pero sólo mentalmente, allá donde se consideran los pros y los contras. «El agua está a unos siete grados, diez como máximo», le decía su mente. «Podrías sufrir un síncope.» Estudiaba el curso preparatorio para ingresar en la facultad de medicina, y sabía que era cierto. Pero en el mundo físico no lo dudó ni un momento. Se lanzó al agua y por un momento su corazón se paró realmente, o así se lo pareció. La respiración se atascó en su garganta, y con esfuerzo tuvo que aspirar una bocanada de aire, mientras su piel sumergida se insensibilizaba. «Esto es una locura», pensó, y a continuación: «Pero ha sido idea tuya, Pancho». Empezó a nadar en pos de Deke.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Las dos muchachas se miraron. LaVerne se encogió de hombros y sonrió.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Si ellos pueden, nosotras también —dijo al tiempo que se quitaba su camisa Lacoste, revelando un sostén casi transparente— ¿No dicen que las mujeres tenemos una capa extra de grasa?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Entonces saltó por encima de la valla y corrió hacia el agua, desabrochándose los pantalones de pana. Al cabo de un momento Rachel la siguió, igual que Randy había seguido a Deke.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Las chicas habían ido al apartamento a media tarde, pues los martes la última clase finalizaba a la una. Deke había recibido su asignación mensual —uno de los ex–alumnos, forofo del fútbol (los jugadores los llamaban ángeles) le daba doscientos dólares al mes—y había una caja de cervezas en el frigorífico y un nuevo álbum de Triumph en el desvencijado estéreo de Randy. Los cuatro se acomodaron y empezaron a achisparse plácidamente. Al cabo de un rato, la conversación giró en torno al final del largo veranillo de San Martín que habían disfrutado. La radio predecía tormentas para el miércoles. (LaVerne había dicho que a los hombres del tiempo que predicen tormentas de nieve en octubre habría que fusilarlos, y los otros no disintieron).&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Rachel dijo que los veranos parecían eternos cuando era pequeña. pero ahora que era adulta («una decrépita y senil vieja de diecinueve años», bromeó Deke, y ella le dio un puntapié en el tobillo), los veranos eran cada vez más cortos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Tenía la impresión de que me había pasado la vida entera en Cascade Lake —comentó, mientras cruzaba el destrozado suelo de linóleo de la cocina para ir a la nevera. Echó un vistazo al interior. Encontró una Iron City Light escondida detrás de unas cajas de plástico para guardar la comida (la del medio contenía unas guindas casi prehistóricas, que ahora estaban festoneadas por un moho espeso; Randy era un buen estudiante y Deke un buen jugador de fútbol, pero, en cuanto a las labores domésticas, los dos valían menos que un pimiento) y se la apropió— Todavía puedo recordar la primera vez que logré ir nadando hasta la balsa. Estuve allí sentada casi dos horas, asustada porque tenía que regresar a nado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Se sentó junto a Deke, el cual la rodeó con un brazo. Ella sonrió, entregada a sus recuerdos, y Randy pensó de súbito que la muchacha se parecía a alguien famoso, o semifamoso, aunque no conseguía dar con quién era. Ya se le ocurriría más tarde, en unas circunstancias menos agradables.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Finalmente, mi hermano tuvo que ir a buscarme y remolcarme en una cámara de neumático. ¡Dios mío, qué furioso estaba! Y yo estaba increíblemente quemada por el sol.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—La balsa sigue ahí —dijo Randy, sobre todo por decir algo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Era consciente de que LaVerne había vuelto a mirar a Deke; últimamente parecía mirarle demasiado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Pero ahora la muchacha le miró a él.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Estamos cerca del Día de Difuntos, Randy. Cascade Beach está cerrado desde el primero de mayo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Pues la balsa sigue ahí —insistió Randy— Hace unas tres semanas hicimos una excursión geológica por el otro lado del lago, y vi la balsa. Parecía como... —se encogió de hombros— Era como un pedacito de verano que alguien se hubiera olvidado de limpiar y guardar en el armario hasta el próximo año.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Creyó que los otros se reirían de esta ocurrencia, pero ninguno lo hizo..., ni siquiera Deke.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—El hecho de que estuviera ahí el año pasado no significa que esté todavía —dijo LaVerne.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Lo comenté con un amigo —dijo Randy, apurando su cerveza— con Billy DeLois. ¿Te acuerdas de él, Deke?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;El aludido asintió.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Jugaba en el equipo hasta que se lesionó.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Sí, el mismo. Bueno, pues él vive por ahí y dice que los propietarios de la playa nunca retiran la balsa hasta que el lago está casi a punto de helarse. Son así de perezosos..., por lo menos, eso es lo que dice. Me dijo que algún año esperarán demasiado tiempo para retirarla y quedará bloqueada por el hielo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Quedó en silencio, recordando el aspecto que había tenido la balsa, anclada en medio del lago: un cuadrado de madera de un blanco brillante en aquellas aguas otoñales de un azul intenso. Recordó cómo había llegado hasta ellos el sonido de los bidones que servían de flotadores, aquel nítido clanc-clanc, un sonido muy suave, pero audible porque la quieta atmósfera alrededor del lago era muy buena transmisora de sonidos. Además de aquel ruido se oían los graznidos de los cuervos que se disputaban los restos de la recolección de algún campo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Mañana nevará —dijo Rachel, levantándose en el momento en que la mano de Deke se deslizaba casi distraídamente hasta la protuberancia de un seno. Se acercó a la ventana y miró al exterior— ¡Qué fastidio!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Os diré lo que podemos hacer —dijo Randy— Vayamos a Cascade Lake. Nadaremos hasta la balsa, nos despediremos del verano, y regresaremos a nado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;De no haber estado medio bebido, nunca habría sugerido semejante cosa, y desde luego no esperaba que nadie se lo tomara en serio. Pero Deke se apresuró a aceptar la proposición.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡De acuerdo! —exclamó, haciendo que LaVerne se sobresaltara y derramara la cerveza; pero sonrió, y aquella sonrisa intranquilizó un poco a Randy.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Sí, hagámoslo!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Estás loco, Deke —dijo Rachel, también sonriente, pero su sonrisa parecía algo incierta, un poco preocupada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—No, yo voy a hacerlo —dijo Deke, yendo en busca de su chaqueta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Y, con una mezcla de consternación y excitación, Randy observó la sonrisa de Deke, su rictus temerario y un poco demencial. Los dos muchachos compartían la vivienda desde hacía ya tres años, eran como uña y carne, como Cisco y Pancho o Batman y Robin, por lo que Randy reconoció aquella sonrisa. Deke no bromeaba: tenía intención de hacerlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;«Olvídalo, Cisco... yo no voy.» Las palabras afloraron a sus labios pero, antes de que pudiera pronunciarlas, LaVerne se había levantado, con la misma expresión alegre y lunática en sus ojos (o tal vez era el efecto de un exceso de cerveza).&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Me apunto! —exclamó.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Entonces vayamos! —dijo Deke mirando a Randy— ¿Y tú qué dices, Pancho?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;El había mirado un momento a Rachel y vio algo casi frenético en sus ojos... Por lo que a él respectaba, Deke y LaVerne podían irse juntos a Cascade Lake y pasarse toda la noche recorriendo penosamente los sesenta kilómetros de regreso. No le encantaría saber que estaban locos el uno por el otro, pero tampoco le sorprendería. Sin embargo, la expresión de los ojos de la muchacha, aquella mirada inquieta...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡De acuerdo, Cisco! —gritó, y entrechocó su palma con la de Deke.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Randy había recorrido la mitad de la distancia hasta la balsa cuando vio la mancha negra en el agua. Estaba más allá de la balsa, a la izquierda, y más hacia el centro del lago. Cinco minutos después la visibilidad se habría reducido demasiado para poder decir si era algo más que una sombra, si había visto algo en realidad. Se preguntó si sería una mancha aceitosa, mientras nadaba todavía vigorosamente oía débilmente el chapoteo de las muchachas a sus espaldas. Pero, ¿qué haría una mancha aceitosa en un lago desierto en pleno octubre? Y además tenia una extraña forma circular y era pequeña, no tendría más de metro y medio de diámetro...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Venga! —gritó Deke de nuevo, y Deke miró en su dirección. Deke subía por la escalera colocada a un lado de la balsa, sacudiéndose el agua como un perro— ¿Qué tal estás, Pancho?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Muy bien! —replicó Randy, redoblando sus esfuerzos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;En realidad, aquello no era tan malo como había creído que sería. por lo menos una vez que uno se ponía en movimiento. El calorcillo del ejercicio cosquilleaba su cuerpo, y ahora avanzaba como un automóvil con el motor en sobremarcha. Notaba las rápidas revoluciones del corazón calentándole por dentro. Su familia poseía una casa en el cabo Cod, y allí el agua estaba más fría a mediados de julio que la del lago en aquel momento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Si ahora te parece fría, Pancho, ya verás cuando salgas! —gritó Deke alegremente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Daba unos saltos que hacían oscilar la balsa y se frotaba el cuerpo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Randy se olvidó de la mancha aceitosa hasta que sus manos aferraron la escalera de madera pintada de blanco, en el lado que daba a la orilla. Entonces la vio de nuevo: estaba un poco más cerca. Era un parche redondo y oscuro en el agua, como un gran lunar que subía y bajaba con las suaves olas. La primera vez que la vio, la mancha debía de estar a unos cuarenta metros de la balsa. Ahora sólo estaba a la mitad de esa distancia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;«¿Cómo es posible?», se preguntó Randy. «¿Cómo. ..?»&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Entonces salió del agua y el frío le mordió la piel, incluso más fuerte que el agua al zambullirse.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Qué frío de mierda! —gritó, riendo y tiritando bajo sus pantalones cortos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Pancho, eres un pedazo de alcornoque —dijo Deke, risueño, y le ayudó a subir a la balsa— ¿Está lo bastante fría para ti? ¿Todavía no estás sobrio?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Sí, estoy completamente sobrio!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Empezó a dar saltos sobre la balsa, como Deke había hecho, cruzando los brazos en forma de equis sobre el pecho y el estómago. Se volvieron para mirar a las chicas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Rachel había rebasado a LaVerne, la cual nadaba de un modo parecido al chapoteo de un perro con malos instintos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¿Están bien las señoras? —preguntó Deke a gritos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Vete al infierno, machista! —exclamó LaVerne, y Deke se echó a reír.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Randy miró de soslayo y vio que la extraña mancha circular estaba aún más cerca, ahora a unos diez metros, y seguía aproximándose. Flotaba en el agua, redonda y lisa, como la superficie de un gran tonel de acero; pero la elasticidad con que se adaptaba a las olas evidenciaba que no era la superficie de un objeto sólido. Un temor repentino, inconcreto pero poderoso, se apoderó de él.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Nadad! —gritó a las chicas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Se agachó para coger la mano de Rachel cuando ésta llegó a la escalera. Al alzarla hasta la plataforma, la muchacha se dio un fuerte golpe en la rodilla. Randy oyó el ruido de la carne delgada contra la madera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Huy! ¡Eh! ¿Qué es...?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;LaVerne estaba todavía a tres metros de distancia. Randy miró de nuevo hacia el costado y vio que la mancha redonda rozaba la balsa. Era tan oscura como una mancha de petróleo, pero él estaba seguro de que no se trataba de petróleo: era demasiado oscura, demasiado espesa, demasiado lisa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Me has hecho daño, Randy! ¿Qué broma es ésta...?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Nada, LaVerne, nada!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Ahora no sólo sentía miedo, sino también terror.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;LaVerne alzó la vista. Quizá no percibía el terror en la voz de Randy, pero notaba el apremio. Parecía perpleja, pero imprimió más velocidad a su chapoteo canino, cubriendo la distancia hasta la balsa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¿Qué te pasa, Randy? —preguntó Deke.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Randy miró de nuevo al lado y vio que aquella cosa se doblaba alrededor del ángulo de la balsa. Por un momento se pareció a la imagen de Pac Man, con la boca abierta para comer galletas electrónicas. Entonces se deslizó alrededor del ángulo y empezó a avanzar a lo largo de la balsas con uno de sus bordes ahora recto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Ayúdame a subirla! —increpó Randy a Deke, y se agachó para coger la mano de la muchacha — ¡Rápido!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Deke se encogió de hombros, con buen humor, y extendió el brazo para cogerle la otra mano. Izaron a la muchacha y ella se sentó en la superficie de tablas apenas unos segundos antes de que la cosa negra pasara rozando la escalera, sus lados ahuecándose al deslizarse junto a los montantes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¿Es que te has vuelto loco, Randy?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;LaVerne estaba sin aliento y un poco asustada. Sus pezones eran claramente visibles a través del sostén. Resaltaban como dos puntos fríos y duros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Esa cosa —dijo Randy, señalándola— ¿Qué es eso, Deke?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Deke localizó la mancha, que ya había llegado al ángulo izquierdo de la balsa. Se deslizó un poco a un lado, adoptando su forma circular limitándose a flotar allí.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Supongo que es una mancha aceitosa —dijo Deke.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Me has rasgado de veras la rodilla —dijo Rachel, mirando la cosa oscura sobre el agua y luego nuevamente a Randy — Eres un...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—No es una mancha aceitosa —le interrumpió Randy — ¿Has visto alguna vez una mancha aceitosa circular? Esa cosa parece más bien una ficha de damas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Jamás he visto una mancha aceitosa —replicó Deke. Aunque hablaba con Randy, miraba a LaVerne, cuyas bragas eran casi tan transparentes como los sostenes, el delta de su sexo esculpido nítidamente en seda, y cada nalga como una tensa medialuna — Ni siquiera creo que existan. Soy de Missouri.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Me va a salir un morado —dijo Rachel.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Pero el enojo había desaparecido de su voz. Había visto que Deke miraba a LaVerne.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¡Dios mío qué frío tengo! —dijo ésta, estremeciéndose intensamente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Iba a por las chicas —dijo Randy.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Vamos, Pancho. Creía haberte oído decir que estabas sobrio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Iba a por las chicas —repitió tercamente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Y pensó: «Nadie sabe que estamos aquí. Nadie en absoluto».&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¿Has visto alguna vez una mancha aceitosa en el agua, Pancho?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Deke había deslizado un brazo sobre los hombros desnudos de LaVerne, de la misma manera casi distraída con que había tocado el pecho de Rachel unas horas antes. No tocaba el pecho de LaVerne —por lo menos todavía no —pero tenia la mano muy cerca. Randy descubrió que eso no le importaba gran cosa, que le daba igual lo que hiciera. Aquella mancha negra y circular en el agua..., eso era lo que le preocupaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Vi una en el cabo hace cuatro años —respondió Randy— Todos sacamos pájaros que estaban en el agua, sin poder levantar el vuelo, y tratamos de limpiarlos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Pancho el Ecologista —dijo Deke, en tono aprobatorio— Si, creo que lo tuyo es la ecología.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Toda el agua estaba impregnada de aquella sustancia pegajosa, en franjas y grandes manchas. No tenia el aspecto de esa cosa. No era, ¿cómo diría?, compacta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Quería decir: «Parecía un accidente, pero eso es muy distinto; eso parece hecho a propósito».&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Quiero regresar ahora mismo —dijo Rachel.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Todavía miraba a Deke y LaVerne, y por su expresión Randy percibió que estaba dolida. Dudaba de que ella supiera que era algo tan evidente. Pensándolo mejor, dudaba incluso de que ella misma supiera que tenía aquella expresión.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Entonces vámonos —dijo LaVerne.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;También su rostro reflejaba algo; y Randy se dijo que era la claridad del triunfo absoluto. Si la idea parecía pretenciosa, también parecía exacta. No era una expresión dirigida precisamente a Rachel.... pero LaVerne tampoco trataba de ocultarla a la otra muchacha.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;Se acercó a Deke; no tuvo que dar más que un paso. Ahora sus caderas se tocaban ligeramente. Por un instante, la atención de Randy pasó de la cosa que flotaba en el agua a LaVerne, concentrándose en ella con un odio casi exquisito. Aunque nunca había abofeteado a una chica, en aquel momento podría haberla golpeado con auténtico placer, no porque la quisiera (había estado un poco enamorado de ella, era cierto, y se había puesto algo más que un poco caliente por ella, sí, y muy celoso cuando empezó a rondar a Deke en el apartamento, ¡oh, sí!, pero no habría llevado a una chica a la que realmente quisiera a menos de veinticinco kilómetros de donde estaba Deke), sino porque conocía aquella expresión en el rostro de Rachel..., el sentimiento interno que traslucía aquella expresión.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—Tengo miedo —dijo Rachel.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: TimelessTLig;" lang="ES"&gt;—¿De una mancha aceitosa? —inquirió incrédula LaVerne, y se echaron a reír.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="
